Jueves, 17 de febrero de 2005
A lo largo de mi vida he asistido con mayor o menor conciencia a la muerte de varios Papas. Es toda una experiencia que, por su alto valor educativo, recomiendo vivir atentamente a las jóvenes generaciones. Al lado de ella, todos los “realitys shows” que imaginarse puedan se quedan muy pero que muy pequeños.
Cuando estuve en San Pedro del Vaticano en Julio de 1995 contemplé entre horrorizado y estupefacto los cuadros que se exponen en una de sus alas, y que son los retratos de los pontífices fallecidos. En concreto, el retrato de Pío XII me retrotrajo a mis fantasmas y pesadillas infantiles.
Ya había entonces sitio preparado para cuando el actual Papa dejara de serlo, a pesar de que entonces todavía estaba en buenas condiciones físicas y mentales, dentro de lo que cabe. Supongo que estos días, en donde todos asistimos a través de los medios al espectáculo de la decrepitud y la descomposición en vida de un ser humano, que a todos nos debe conmover con independencia de nuestras creencias, los preparativos para poner el siguiente cuadro serán discretos, pero intensos. Alguien ya habrá elegido la escarpia, la pared habrá sido dispuesta de manera conveniente, y el cuadro habrá sido examinado e incluso retocado por su creador, o por algún artista de guardia de total confianza. Me imagino que de estas maniobras se debe encargar personalmente Joaquín Navarro Valls, nuestro compatriota, que suele servir de portavoz de la Santa Sede. Le pegan bastante.
Ajeno a todo este trasiego, el pobre Papa polaco y viajero bastante tiene con atragantarse cruelmente y observar el vuelo de algunas palomas que regresan tozudamente a su ventana en vez de irse, delante de miles de fieles, de indiferentes y hasta de enemigos de todo el mundo; ir de su casa al hospital y del hospital a casa, en ese monstruoso carricoche conocido como “Papamóvil” y que él, tal vez de manera involuntaria, ha puesto tan de moda. Juan Pablo II será más recordado, seguro que a su pesar, por la manera de desplazarse por la tierra que por el cielo, es decir, por sus encíclicas y aportaciones piadosas.
Lo que se avecina tiene su interés antropológico, espectacular, político, sociológico, mediático, sobre todo si nos atenemos a las últimas veces que un Papa ha muerto. Si hay algo más parecido a los históricos enredos y depuraciones de la mafia debe ser ver a los cardenales reunidos nombrando al sucesor de San Pedro. Eso de la fumata es sublime, una de las últimas fiestas verdaderamente ancestrales conservadas tal cual a lo largo de los tiempos.
Lo que yo daría por disfrazarme de Cardenal y ver de cerca el espectáculo de la ambición humana, de los intereses más mezquinos y secretos, de la lucha pura y dura por el poder material, disfrazado, a su vez, de religiosa espiritualidad y de total ausencia de intenciones perversas.
Aunque, si yo fuera candidato al cargo, estaría a la vez inquieto y expectante. Expectante y activo, naturalmente. Haciendo campaña, vaya. Hablando, por ejemplo, con cardenales africanos y tercermundistas, prometiéndoles cosas, escuchando sus requiebros, lamentos y peticiones.
Pero también inquieto, mirando recelosamente a derecha e izquierda, escuchando temeroso el rumor de pasos a mis espaldas, en un decorado de paredes marmóreas y lienzos del renacimiento. Porque el riesgo de ser envenenado estos días no es ninguna paranoia sin fundamento.
Atención, señoras y señores. En poco tiempo vamos a asistir a un momento de cruda competencia humana presentada como liturgia de la fe y del amor. ¿Puede imaginarse mayor impostura?.
Por: Roberto Zucco | Política internacional. | Comentarios (0) | Referencias (0)
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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