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Roberto Zucco

Domingo, 27 de marzo de 2005

El infierno eran ya los demás (y 2)

“Donde quiera que vayamos, siempre llevamos a cuestas con nosotros la totalidad de nuestras vidas”.
Peter Brook.



Al cabo del tiempo, comencé ya a elaborar un estilo de dibujar propio, desprovisto lógicamente de la más elemental de las técnicas, y cuyos temas favoritos fueron soldados romanos, caballos furiosos cabalgando por espacios abiertos con las crines al aire, castillos encima de un montículo, y veleros que surcaban mares y océanos, en un paisaje marino en donde gaviotas y nubes no podían faltar poniendo artístico contrapunto.
No carecía de utensilios para mi afición: en casa de mi abuela hubo siempre abundante munición de lápices de todos los colores, y, sobre todo, toneladas de papel de barba, de extrema calidad, que provenían de las instancias oficiales en donde trabajaba todavía mi tía M, aunque creo que su procedencia era anterior. Al trasluz, además de no se exactamente qué sellos y membretes, en aquellos papeles fuertes podía leerse la palabra Guarro, lo que me hacía una gracia inmensa, aunque no se trataba propiamente de ningún insulto, sino de la marca del fabricante. Sería imposible hacer un cálculo aproximado del número de pliegos dobles que me sirvieron para distraer mis tardes... Y, por supuesto, son incalculables los dibujos que realicé durante esos años y las horas muertas que dediqué a esta faena. Los resultados me parecían francamente buenos, de hecho me lo siguen pareciendo, y no es presunción creer todavía que en ese terreno del dibujo y de la pintura hubiera podido tener un cierto futuro si no hubiera sido, sobre todo, por la gran decepción que me produjo el comentario posterior de una profesora del primer centro en el que fui escolarizado y víctima.
De momento, en mi rincón infantil, el dibujo me reencontraba conmigo mismo y ejercitaba mi imaginación, y era frecuente oírme hablar con los personajes que mi cerebro iba creando a falta de hermanos o amigos de carne y hueso.
Hace unos años mantuve con MG, gran amigo y compañero de trabajo, una conversación en el Café de la Opera, un bar cercano al Mercado Central, al que solíamos acudir fundamentalmente para ver a la hija de la dueña que poseía una belleza deslumbrante. (Belleza que no sé si le costó la vida, puesto que poco más tarde moriría de Sida, enfermedad de la que fue pionera en esta ciudad para su desgracia.) Era de noche, claro, y estábamos solos. La conversación fue derivando sobre la manera cómo nuestra infancia se ha ido adentrando en nuestras vidas posteriores. Lo cierto es que llegamos a hablar de la manera cómo escuchaba yo la música de niño... El me lo preguntó a bocajarro y yo le contesté enseguida que la oía... ¡como si entonces fuera ya un adulto!.
Me sigue pareciendo acertada esa respuesta irreflexiva y espontánea: escuchaba música con el oído de un adulto.... Acertada e inquietante. En efecto, de niño, recuerdo hacer ciertas cosas con la madurez de una persona mayor, tenía una extraña sensibilidad de adulto para sentir, percibir, asimilar... No para todo, claro está, ni mucho menos, pero sí para las cosas importantes, para esas que precisamente no cambian tan fácilmente y nos acompañan el resto de nuestra vida. Me sentía un adulto con cuerpo de niño y por eso a veces me parecía injusto que me tratasen como si mi aspecto fuera lo único importante y no el fondo de mi conciencia. Estoy seguro de que afirmando esto de una manera taxativa caería en una especie de simplificación ingenua de la que trato de huir ya de entrada, y, además me situaría al lado de los que defienden fanáticamente que la infancia marca de tal manera a la persona que ya nada puede hacer para desviar el camino que la suerte, las circunstancias, la familia, etc., han trazado para ella. Esto tampoco lo creo, porque prefiero creer en la capacidad de uno mismo para sobreponerse, para luchar y vencer contra las circunstancias dadas y contra toda suerte de determinismo, sea genético, cultural, etc., por lo menos hasta un cierto punto. Pero saco a colación esta conversación nocturna, con todos los matices y reservas, porque expreso así una curiosa paradoja del espíritu en la que he estado inmerso casi siempre: al revés de lo que me sucedía en mi infancia, de mayor he creído muchas veces seguir siendo un niño. La vida al revés. "Un adulto, para serlo, siempre ha tenido que matar a un niño", dice Mercedes Monmany.
En mi caso no ha sido así en absoluto. Niño y adulto comparten aventuras desde el principio de sus días, se toleran, se consultan, y también, cuando las cosas se ponen feas, se acurrucan el uno contra el otro y se ofrecen el calor de sus cuerpos en un abrazo al que uno y otro están plenamente acostumbrados. El resultado de ese abrazo soy yo.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (11) | Referencias (0)

Comentarios

sólo puedo decirte que estas reflexiones me remueven los posos. No puedo resumir o contar una pequeña anécdota.Mi infancia es uno de los cabos de una trenza que se está haciendo con los de la adolescencia y madurez, y sale constantemente para volver a retorcerse y ocultarse.Pero vuelve a salir.
Gracias por escribir

zipi | 27-03-2005 10:57:21

Posts como estos dos realmente hacen que merezca la pena pasarse la semana leyendo blogs.

Enhorabuena y muchas gracias Zucco.

Sonny | 27-03-2005 11:19:05

sólo una puntualización: la belleza o la fealdad no matan de sida.En los 80 mataba de sida la desinformación y la mala suerte, ya que desinformados estabamos todos, y algunos tuvimos mas suerte que otros...¿o no?
besos afortunados

zipi | 27-03-2005 16:18:37

No estoy de acuerdo en que para ser adulto haya que matar al niño. Creo que ese niño debe vivir con nosotros hasta el final de nuestros días y conservar su curiosidad y hasta mucho de su inocencia y confianza en un mundo lleno de cosas hermosas.
Besos. Muralla.

muralla | 27-03-2005 17:22:31

Me encanta este Zucco de los dos últimos posts. NO es que no me guste el de los otros, pero ... éste me resulta tan entrañable, tan cercano, y creo que incluso escribe mejor, si cabe.
Me gusta este Zucco adulto y estoy segura que me hubiera encantado el Zucco niño y sus dibujos.
Besos de colores

Iris | 27-03-2005 17:45:19

Bueno, una cosa es tener una "madurez" concreta en la infancia y otra es realmente interpretar el mundo de otra manera...
Creo que eso de lo "adulto" es una mera etiqueta, una definición sin más...
Creo que en definitiva se trata de ser coherente con una especie de línea contínua que va desde el nacimiento hasta la muerte.
La etiqueta más importante de la vida es la que tú decidas ponerte...
Por cierto, qué placer el dibujar con lápices variados y sin límite.
Me acuerdo de mis plastidecor, carioca joy, staedler, etc... Hace tanto que no los veo... dónde estarán?

Marcel·lí | 27-03-2005 18:07:41

El niño vive denntro de nosotros, a veces ahí escondido, o no lo sacamos o el no quiere salir porque no le gusta lo que presiente, pero está ahí dentro.
Yo te puedo asegurar que soy más niña a los 45 años de lo que lo fui a los 15.

Me alegro de que te gusten mis palabras, me encanta pasear los ojos por el diccionario y recopilo las que llaman mi atención.

Un saludo y un placer que visites mi casa

Trini | 27-03-2005 18:26:33

Antes de decir cualquier pamplina, me quito el sombrero por tus dos post, con ese título tan sartriano. Hablando en plata, cojonudos.
Coincidencias:
Somos hijos únicos
Dibujamos desde pequeños.
Usábamos papel de barba "guarro"
Nuestros padres son (en mi caso era) buenos dibujantes, con una letra maravillosa.
Un más que sentido saludo, desde mi pequeña agonía.

cyránobix | 27-03-2005 23:18:01

Es curioso, al leerte, me he reconocido un poquito en algunos aspectos, aunque yo sí tenía otros niños alrededor, a partir de mi primer año, y era infinitamente menos precoz. Pero los libros y el dibujo fueron desde muy pronto un vicio más que un pasatiempo; claro que el dibujo lo abandoné pronto, no tenía dotes para él. Creo que la niña que yo fui tampoco ha desaparecido del todo.
Me han encantado estos dos artículos a mí también, Roberto Zucco ;)) Un beso.

PrincesadelGuisante | 28-03-2005 00:35:29

Pues el resultado de ese abrazo a mí me gusta, al igual que me ha encantado saber un poquito de ti, de tu infancia y de lo que temías, amabas o inventabas.

Un placer leer estos dos post de ti mismo.

Un besito ;)

Perlanegra | 28-03-2005 20:29:08

Me han gustado estos 2 post, primero por como lo cuentas y segundo porque me he sentido identificada con lo que he leido yo también he sido una niña adulta cargada de exceso de sensibilidad y a pesar de que nunca dibujé bien siempre me gustó inventar personajes y jugar sola,acompañada de mi imaginación, claro.
saludos.

Aliana | 28-03-2005 22:29:17

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