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Roberto Zucco

Miércoles, 27 de abril de 2005

El colegio como desarraigo (2)




Encoloniado, pulcro, preparado para la ocasión, me presenté junto a mis padres una tarde de primavera, con mis cinco años recién cumplidos, en el despacho de la hermana superiora de las Madres Carmelitas. Aquello me lo tomé como un examen, pues ante la monja debí de mostrar mis habilidades intelectuales, no tanto porque ella me lo solicitase expresamente, sino porque, por si las moscas, mis anfitriones me habían preparado convenientemente y yo no desaproveché la ocasión para soltar de carrerilla uno de esos rezos que mi madre me había enseñado. Lo que debió de ser un simple trámite de inscripción lo debí asimilar como un triunfo en el preámbulo de mi escolaridad y en la recta de salida para ser un ciudadano español con todos los derechos, es decir, casi ninguno, y todas las obligaciones, es decir, casi todas.

A aquella entrevista acudió un niño que había nacido algunos años después del final de la guerra civil española y de la segunda guerra mundial... Un niño que había vivido su primer lustro entre algodones de cariño exclusivo y soledad de otros niños como él. Que no se había enterado de que en esos cinco años habían vuelto a su país los derrotados más absurdos de toda la historia de las guerras contemporáneas: los componentes de la llamada División Azul. Que no sabía que jamás escribirían ni una línea más aquellos a los que más tarde leería en sus noches de insomnio juvenil: Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Jacinto Benavente o José Ortega y Gasset, pues todos ellos habían ido muriendo en tardes a las que él le ponían el termómetro entre las piernas, o le explicaban que la letra p cuando se junto con la letra a componen la sílaba Pa, o le preparaban para dar un paseo por las calles de su ciudad. Un niño a quien los éxitos de Bahamontes y de Timoner, de Fred Galiana, del Real Madrid en la Copa de Europa, o la inauguración del Camp Nou le dejaban absolutamente indiferente, concentrado como estaba en dibujar sus máquinas de vapor, sus caballos por las praderas, sus casitas bucólicas y humeantes. Un niño que, por supuesto, ni tenía oídos para escuchar el silencio de los perdedores en la posguerra, ni el estruendo de los últimos fusilamientos en las siniestras cárceles de Franco. Que tampoco tenía ojos para leer en los periódicos que el dictador acababa de promulgar los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, o que Valencia había sido arrasada por lluvias torrenciales, o que en Estados Unidos había sido botado el "Nautilius", o que una perrita llamada Laika había traspasado los espacios siderales montada en el Sputnik 2 y buscando a su amo desesperadamente entre las estrellas del cielo. Todas esas cosas habían pasado en los primeros años de su vida a pesar de que él no se había enterado de ninguna. A lo sumo, se había reído alguna vez con las cosas de Pepe Iglesias, el Zorro, un señor al que no entendía muy bien pero que a los mayores les gustaba tanto, o había conseguido imaginarse a Pinito del Oro volando por los aires en un circo lejano y misterioso, como un adelanto o una tarjeta de visita de lo que serían los sueños eróticos de su adolescencia, mientras tarareaba alguna canción de Los Cinco Latinos...

De aquella entrevista con la monja regresó a casa otro niño. Ese nuevo niño había por fin intuido que allá fuera existía un mundo difícil y hermoso, una ciudad que albergaba algo más que la casa de sus abuelos, la suya propia y el itinerario reducido de sus paseos, aquellos que daba bien asido a la mano de su padre o de su madre, seguro de estar protegido de cualquier contratiempo. Esa nueva ciudad no podía serle indiferente ni un minuto más, aunque el precio fuese ir perdiendo poco a poco la inocencia. Aunque para conocerla y transitarla tuviera que exponerse a unos peligros mayúsculos, a unas situaciones inesperadas y seguramente terribles.

Y es que allá fuera estaban los demás.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (19) | Referencias (0)

Comentarios

Que te decía (me da error al intentar enviar el comentario, así que cabe la posibilidad de que esté repetido quince veces) que va a resultar que eres mayor que yo... ;)

albanta | 27-04-2005 13:21:17

Maravillosa recreación de esas sensaciones pre-escolares. Vuelves a desatar mis recuerdos, aquel examen para ingresar en los Salesianos, con apenas cinco años, los curas, el mundo que se abría ante mí...
Me ha encantado leerte.

Ángel | 27-04-2005 13:51:24

Es increíble recordar como de pequeños se abría un nuevo mundo ante nosotros tan lleno de cosas nuevas y a veces desconcertantes.
Un beso

Anuski | 27-04-2005 17:45:19

Y qué es mejor, querido Zucco, esa inocencia infantil o empezar a saber de qué material está hecho el mundo...

Muchos besos y de nuevo gracias por tus palabras, Calamity.

Calamity | 27-04-2005 19:39:13

El mundo se abre a los ojos de los niños cuando van al cole, antes solo existe sus papis, su casa y la familia más cercana. Y de repente, un mundo entero...
¡QUé miedo! ¡Y qué interesanteee!
Un besito.

Meriel | 27-04-2005 20:27:27

Ay, Zucco, qué rojillo que eres, peasso de polvorón. La verdad es que te ha quedao bonito y he de reconocer que incontestable. Rellenable, o mejor, completable, tal vez, pero bonito, un huevo.
Yo no fui a colegio de monjas.
Era el 6º de 7 hermanos y me pasaba el día entero en la calle, creo que con mis padres no empecé a pasear hasta que me casé. Antes de eso no había tiempo.
El mundo me lo decubrió Germán, el hijo de mi portero, dos años mayor que yo y un pieza. Mucho peor que tú... de aquí a Lima.
Un abrazo, hombre.

Wolffo | 27-04-2005 20:28:27

He recordado mis cinco años, en un pueblo de Burgos, y lo mucho que me gustó la experiencia de mi entrada en el colegio, pero hace tanto tiempo que sólo me acuerdo de anecdotas puntuales. Lo expresas muy bien, es un post que de tan preciso induce a la nostalgia.

Chusbg | 27-04-2005 21:06:27

Yo recuerdo que al despertarme el mundo olia a una mezcla entre colonia, cafe y tostadas.
Ahi empezaba el día
Saludos benedictinos
Jacinto

jacinto | 27-04-2005 23:18:47

Una auténtica maravilla este paseo por ese Zucco niño descubriendo palabras, personas, mundo.
Para mí el colegio fue siempre un mundo al que quería regresar al día siguiente y al otro. Jamás fui a un colegio religioso y para mí el colegio siempre fue una ventana desde la que podía ver y descubrir la línea del horizonte.
Escribes maravillosamente y me encanta decírtelo.
Besos, muchos.

Iris | 27-04-2005 23:48:32

Los microcosmos, aunque sean de patio de colegio, son peligrosos...

Marcel·lí | 28-04-2005 02:22:35

Roberto nos tienes en ascuas con la historia de tus aventuras escolares, por favor que no se demore la tercera parte. Nos despiertas recuerdos muy entrañables, Yo recuerdo la furgoneta del Padre Alejo (años después asistí a su boda) en la que iba al colegio cada mañana y donde siempre me olvidaba la cartera............ Gracias.
Un abrazo desde mi convento

Fray Barriga | 28-04-2005 10:19:47

Sin palabras me han dejado las tuyas...:)
Me he sentido transportada hasta esa época gracias a tu historia.
un abrazo

María Guilherme | 28-04-2005 12:06:25

Aunque nunca sé qué comentar en tu página, te leo a diario siempre que tengo un ratito. Me gusta mucho como escribes y que seas de mi tierra me da más ganas para entrar a leerte ;)

Has vivido bastante más que yo, cuando tu padre te digo que Franco había muerto todavía no había nacido, pero sí viví la Recopa, aunque era pequeñito, me acuerdo de Nayim y eso que no me gusta el fútbol.

Un saludo

amuchamu | 28-04-2005 14:28:02

Mare meva, cuanta sabiduría con 5 añitos!! Bonita edad de descubrimiento ;)

big | 28-04-2005 14:42:07

Qué recuerdos me trae tu post...
Impagables, un beso :)

Grial | 28-04-2005 19:17:53

Entrañable, muy entrañable casi diria que emocionante. Me trae recuerdos no exactamente iguales, pero parecidos con mi padre. En un ambiente muy distinto, rural. Mi padre escuchaba por aquellos tiempos, "Radio Pirenaica", era maestro pero no ejercia.
Gracias por hacerme recordar.
Un abrazo

rosa | 28-04-2005 22:52:47

Veo que somos de la "quinta". La crónica de ese desarraigo me ha transportado al mío en los Escolapios, con los mismos sonidos al fondo (por la radio), los mismos estruendos inaudibles, la misma España en blanco y negro y, probablemente, la misma empalagosa colonia. Qué raro era sentirse solo, tan pequeño, en mitad de un mundo inexplicable (y sin "manual de instrucciones"), ¿verdad?. Ahora pienso que, tal vez, no hemos aprendido tanto como nos creemos. O puede ser que casi todo lo importante que sabemos lo aprendiésemos entonces: poca cosa, apenas "poner un pie delante de otro", desasidos de la mano del padre, "en laderas de poca pendiente". Y mirar, entre asombrados y felices, "el gran teatro del mundo". A veces, como en tu caso, con una mirada milagrosamente limpia.

Ernesto | 29-04-2005 01:01:34

Estoy recuperando el tiempo perdido y disfrutando lentamente de leerte mientras degusto una cervecita. Ojalá la pudiese compartir contigo.
Voy a por el siguiente. Hoy toca Roberto Zucco.
Espera que se me ha acabado la cerveza. Voy por otra.
Primer abrazo.
P.D. ¿Dónde has conseguido la foto del ciclista?. YO TENÍA UN MONTÓN DE ESOS Y MONTABA CARRERAS DE LA VUELTA A ESPAÑA.

cyránobix | 05-05-2005 15:34:32

Creo que el dibujar casitas humeantes es un tema recurrente que atraviesa generaciones. Tú, yo, y otros muchos las hemos pintado, sólo que ahora, como hace mi pequeño sobrino las pinta con antenas de televisión y parabólicas.

Raddle | 07-05-2005 00:02:49

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