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Roberto Zucco

Viernes, 29 de abril de 2005

El colegio como desarraigo (3)



Pasó aquel verano y llegó el primer día de colegio. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Llegué tarde a clase y todos los niños estaban sentados en sus pupitres en el interior de un aula de grandes ventanales. Desconozco la razón de ese retraso pero de esta manera sufrí la primera humillación escolar al verme como blanco de las miradas de todos aquellos desconocidos que, en el momento en que yo aparecí con mi cartera repleta de material pedagógico -plumier, cuadernos, lápices, reglas y goma de borrar-, estaban enfrascados en un misterioso ejercicio de Matemáticas. La hermana Pilar, que era una monja diminuta, catalana, y de un carácter muy autoritario, me indicó que me sentara nada menos que en la primera fila. En esa posición de peligro yo esperaba que en cualquier momento se produjera lo peor, es decir, que me sacara a la amenazadora e inmensa pizarra que se expandía ante mis ojos, o simplemente que me preguntara algo, como así ocurrió al poco rato.

No sé qué hacían los demás ni en qué consistía el ejercicio porque nadie me lo dijo. No sé si sumaban, restaban, multiplicaban o dividían, y por eso, cuando la monja dijo dirigiéndose a mí un par de números, yo, en lugar de quedarme callado o preguntar qué tenía que hacer con ellos, los relacioné de una manera absurda e incoherente y dije lo primero que me vino a la cabeza: “¡treinta y seis!”. Es evidente que mi respuesta no tenía nada que ver con la correcta pues todavía recuerdo su gesto de contrariedad y algunas risitas procedentes de los pupitres más próximos. Tal vez de haber sabido lo que me estaban preguntando hubiera podido acertar o equivocarme más levemente, pero debí decir una estupidez de campeonato y sentí la sensación de fracaso y de vergüenza más claras de mi vida, por lo menos hasta ese momento. Muy pronto iba a sentir otras todavía más radicales. Aquello no había hecho más que empezar.

El aula era amplia y despejada. En realidad estaba dividida en dos mitades. Unos cristales separaban "la clase pequeña" de la grande, que es donde nos reuníamos de vez en cuando todos los niños en una especie de asamblea general. Ya en esa primera mañana conocí algunos arbustos del paisaje urbano que componíamos párvulos de entre cinco y ocho años, en una especie de reserva masculina en el interior de un colegio mayoritaria y específicamente femenino. Entre todos los niños, el rey era Quique, un niño discapacitado, tal vez como consecuencia de una poliomielitis o algún tipo de enfermedad similar.

Quique era rubio y bastante grandote y hacía lo que le daba verdaderamente la gana en todo momento pues parecía tener un permiso especial para hacerlo. Sólo muy de tarde en tarde le caía alguna bronca. Dedicaba su tiempo a beberse los tinteros y comerse la tiza de la pizarra, componiendo un exótico menú que no parecía sentarle nada mal a juzgar por su fuerza y vitalidad. Era muy frecuente verle con los labios pintados de azul o de blanco, según hubiera predominado la bebida o el alimento en la reciente ingestión. La monja sólo le reñía por esa costumbre cuando no podíamos escribir los demás por ausencia de material para hacerlo, es decir, cuando su apetito había sido desmedido y había dejado sin provisiones su despensa particular, o sea, el aula. A pesar de su minusvalía era más listo que un gamo, y, como tantas veces me ha demostrado posteriormente, poseía una memoria de elefante. No terminaba nunca las operaciones matemáticas porque le daba la risa y se escapaba gritando por los pasillos arrastrando a su paso cuanto se le ponía por delante. No sé qué hacía allí pero lo cierto es que si hubiera que buscar la persona más popular y más querida de esa clase seguro que todos coincidiríamos en él. Tengo la sensación de que llevaba ya un tiempo en ese colegio por lo que se conocía todos los recovecos y daba la impresión de estar como pez en el agua, inmune a las grandes reprimendas, ebrio de felicidad y poseedor de una energía desbordante, no exenta, como digo, de peligros para los demás.

Han pasado muchos años, pero yo diría que el buenazo de Quique está igual. Te lo puedes encontrar en mitad de la calle, siempre apoyado en una especie de caña, en una actitud patriarcal y surrealista. A veces te interpela, te pide alguna explicación. Pero cuando vas a responderle se echa a reír, y, levantando con su deforme corpulencia un auténtico vendaval a su paso, se pierde por las calles, riendo y corriendo como un loco feliz.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (9) | Referencias (0)

Comentarios

¡Qué bueno, Roberto! Un placer leer estos fragmentos de infancia. Sigo atento a nuevas entregas.
Un abrazo.

Ángel | 29-04-2005 12:10:46

Feliz a pesar de todo. Me encanta ese tipo de gente.

Calamity | 29-04-2005 13:18:06

excelente. Lo de los 5 latinos me ha llegado al alma.
un abrazo
jua re
retratodel infierno

juan re | 29-04-2005 17:18:19

Ais que duro era volver al cole después de todo el verano :s
Yo daría lo que fuera por ver a cara de algunos de mi escuela ;)
Interesante post que te traslada al pasado...
Un beso :)

Grial | 29-04-2005 19:10:52

Siempre me ha interesado, ese tipo de gente diferente, en realidad son los únicos que son ellos mismos, a los demás nos van domando.

Chusbg | 29-04-2005 21:12:04

Por lo que sé, el colegio es un sitio al que, de momento no voy a ir. Aunque oigo voces, como cantos de sirena, que dicen que más pronto o más tarde (espero que sea tarde) tendré que ir a uno. Que además quieren que sea bilingue, que no se si es lo mismo que bisexual o que bifrontal. Leyéndote, sólo espero que ese momento no llegue nunca.

Sebastian | 29-04-2005 21:12:26

Olores a lápices y tacto de tizas me trae tu precioso post.

Gracias por visitar mi casa que es la tuya.
Muchos besos.

Susana | 29-04-2005 21:15:49

¡¡¡ Fantástico!!!. Menos mal que no se acaba. Todavía puedo disfrutar un rato más.
Segundo abrazo.
P.D. Al deficiente de mi clase le llamábamos "El Gámez". Se comía los mocos.

cyránobix | 05-05-2005 15:39:42

También mi primera escuela fue de monjas y mayoritariamente femenina y también recuerdo a esa primera monja, aunque en mi caso son dos, que tenían el mismo nombre y para diferenciarlas les decíamos la Hermana Rita, la pequeña y la Hermana Rita, la mayor. La primera apenas la recuerdo pero de la mayor me acuerdo que era una mujer grande, inmensa y frondosa, que con aquellos amplios hábitos parecía una gallina clueca entre una multitud de polluelos.

Raddle | 07-05-2005 00:09:09

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