Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Roberto Zucco

Lunes, 02 de mayo de 2005

El colegio como desarraigo (y 5)



He pensado muchas veces en el suceso protagonizado por aquella a profesora, la desdichada “Cara-caballo”, cuyos detalles más mínimos recuerdo a la perfección todavía. Aún sigo sintiendo la esperanzada emoción que me embargaba cuando acompañaba a la comitiva de niños en busca de un veredicto que todos pensábamos que sería no sólo favorable sino incluso entusiasta a mis capacidades como dibujante. Todavía recuerdo más nítidamente el estado de tristeza y decepción que me invadía en el viaje de regreso al pupitre, derrotado y humillado... Para mí está muy claro que, independientemente de la calidad de mi dibujo, lo que la señora en cuestión debería haber valorado era mi actitud, mi ilusión, mis ganas de crear y de inventar. Debería haberme invitado a seguir, a mejorar, a asistir a lecciones en academias especializadas, etc., estimulando esa incipiente habilidad y nunca castrándola de raíz, de una manera tan brutal. Supongo que esta mujer no era más que uno de esos personajes ignorantes y patéticos que poblaban los colegios de la época, incapaces de entender nada de la vida interior de los niños que el destino le había puesto bajo su responsabilidad, y desconocedores también de cualquier principio pedagógico sensato y capaz de fomentar la creatividad y el desarrollo intelectual. De ese tipo de maestros he tenido que vérmelas con bastantes, aunque la singularidad de esta mujer estriba en que fue la primera de una larga lista de ineptos, incompetentes y caraduras que he tenido que aguantar a lo largo de mi vida escolar y universitaria. Lista que preferiría olvidar, dicho sea de paso, para recordar sólo otra, desgraciadamente más pequeña, integrada por los nombres de aquellas personas de las que he aprendido algo, de la que he recibido algún estímulo para mejorar, para saber más sobre la vida, sobre la cultura y sobre los seres humanos.

Muchos años después me asalta una duda que pudiera, tal vez, arrojar luz sobre el asunto, que significaría, a su vez, un cierto atenuante en su conducta, aunque nunca un eximente: ¿Y si mi memoria me falla y aquel dibujo no tenía como tema central la gesta grandiosa de un soldado romano, sino que se trataba de un... humilde caballo, uno de aquellos inmensos y felices caballos que tanto me gustaba repetir, y esa pobre mujer se sintió retratada de una manera ofensiva, sabedora del cruel apodo con que la conocíamos y que le acompañaba fatalmente año tras año y generación tras generación? ¿Y si la pobre estaba consumiendo los últimos años de su juventud, sumergida en una angustia terrible, mirándose de reojo en cuantos espejos o escaparates se ponían a su alcance, buscando en su cara los rasgos equinos que nosotros le achacábamos de una manera no menos cruel y despótica?

Cuando esta mujer, que, dicho sea de paso y después de esta reflexión ahora empieza a darme un poco de lástima, se ausentaba del aula, bien porque era llamada por la Hermana Pilar, o, sencillamente, porque algún esfínter le apretaba más de la cuenta, siempre dejaba a algún niño en la pizarra, debajo de una B y una M mayúsculas que dejaba escritas con la tiza que había sobrado tras comerse Quique la ración del desayuno. El traidor elegido debía apuntar a los buenos bajo la primera y a los malos bajo la segunda. No creo recordar que lo primero llegara a suceder en ninguna ocasión, porque en cuanto se ausentaba la maestra, toda la clase se convertía en un clamor solidario y unánime que tenía su expresión en una cancioncilla cuya letra habíamos heredado igualmente de generaciones anteriores. Entonábamos un himno entre absurdo y surrealista que iba de menos a más intensidad, y que sólo se interrumpía cuando la veíamos reaparecer en la puerta. Hasta ese momento gritábamos: ¡¡¡A la señorita irééééis!!!. En ese "iréeeeis" colectivo, totalizador, cada uno incluía a todos los demás excluyéndose uno mismo siempre.

Enseguida empezaron de verdad mis problemas. Las mañanas y las tardes transcurrían en un permanente estado de angustia ante la constatación de que el tiempo pasaba increíblemente despacio en ese colegio y entre aquella fauna agresiva y salvaje. Cuando el final del tormento estaba a punto de llegar, el corazón siempre me latía con más fuerza pues pronto iba a ver a mi madre en persona. Una mañana, estando junto a los demás en las filas que nos conducían hacia la puerta, no sé porqué razón, empecé a leerle a otro niño la página de un libro de los que se utilizaban en la clase mayor. Acertó a pasar por allí la hermana Pilar y debió oírme, se paró junto a nosotros y secamente me ordenó que continuara. Debió de sorprenderse favorablemente, y en ese mismo instante me anunció que esa tarde entraría a formar parte de la clase de los niños más avanzados. Fue un ascenso fulgurante e inesperado que me llenó de orgullo y, al mismo tiempo, me dejó paralizado por el terror.

La nueva situación escolar tenía una gran ventaja: desde ese instante dejaría de ver a la "Cara-Caballo", o la vería solamente a través de los cristales, lo cual no era ninguna cosa despreciable. Pero yo creí entender que los inconvenientes iban a ser mayores. Volví a sentir pavor ante lo desconocido, a esa intemperie en donde los niños parecían saber extraordinarias operaciones matemáticas, inalcanzables para mí, y en las que seguro que fracasaría lamentablemente, provocando la risa y el desprecio de todos; en donde seguirían reinando esas mafias incontroladas e implacables a las que yo no tenía acceso, al estilo de la de Subías y Paniza, aquellos gangsters que controlaban el negocio de la especulación de pupitres. Un mundo nuevo, en suma, lleno de todo tipo de peligros físicos y mentales se aproximaba inexorablemente.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (8) | Referencias (0)

Comentarios

Yo creo que más o menos todos hemos pasado por cosas similares en la escuela. Es curioso que algunas de tus "aventuras" se parezcan a las mías en detalles... me hace sonreír ver que aún siendo de otro lugar, las cosas se asemejan.

Un besito ;)

Perlanegra | 02-05-2005 01:53:26

Alucino cuando se habla de la feliz infancia.En mi caso, sin motivos mayores como la extrema pobreza, malos tratos,abandono, fué una etapa que deseaba pasar, y cuando la pasé, nunca la he añorado.Me ha hecho "gracia" tus post, porque me he visto reflejada.Yo llegué al colegio de monjas desde otra ciudad(punto de marginación).Llevaba gafas, era gordita y tenía pecas(triple marginación).Mi madre aparecía a bucarme fumando y conduciendo un 2 caballos(...)Y otras muchos motivos que me hicieron sentir fuera de hábitat.Y también dibujaba bien y eso era lo único que me proporcionaba contacto con mis "compañeras", que me decían que les hiciera los dibujos que tenían que entregar a sor pretecnología.
Pero a diferecia tuya, mi "caracaballo" lo tenía en casa...y dejé de dibujar.
Creo que aquella época hizo que me dejaran de gustar los seres humanos de corta edad, con los que me he reconciliado hace bien poco.
Unos post terapeuticos los tuyos, zucco

zipi | 02-05-2005 10:43:42

Es curioso, cuando leí la primera parte de estas crónicas no recordaba nada de mis primeros años de colegio. Poco a poco he ido esforzándome y ya tengo una pequeña idea de la época de párvula (yo empecé en el cole a los tres añitos, al mismo tiempo que mi hermana mayor) y creo que aprendí pronto y bien, y que, incluso, me agradaban las monjas. Leía y escribía, nunca he dibujado, y, como lo hacía bien y era tan pequeña, me convertí en una especie de ejemplo para las otras niñas. Ahí se acaba el recuerdo. No sigas con esto, por favor, porque estoy casi segura de que si continúo con la terapia va a dejar de ser idílico.
Un beso grande, mi Zucco.

amanda | 02-05-2005 11:22:11

Me gusta leer estas historias, bien escritas y con ganas de ser leídas.
Mis venturas colegiales algo parecen ser las tuyas.. aunque muchas monjas no creo que fueran tu escenario...
besitossssssssssss

elisa de cremona | 03-05-2005 15:18:55

Una preciosa serie la que nos has mostrado en estos posts tan evocadores. Me ha encantado tu capacidad narrativa y lo agradable que resulta leerte.
Un abrazo.

Ángel | 03-05-2005 15:41:26

Pues yo digo lo mismo, recuerdo cosas parecidas y recuerdo mi perdida de confianza en el ser humano poco a poco, pero lo que no sabría es desarrollarlo como lo haces.

Chusbg | 03-05-2005 20:31:07

¡¡¡Cojonudoooo!!!. Yo tuve en mi colegio profesor@s fantásticos que estimularon mi incipiente creatividad. D. Juan, D. Rodrigo, D. Pedro, Srta. Luna, Srta. Mª Carmen, etc... Increibles todos. En aquel colegio no existía la arbitrariedad. Y esto lo sostenemos muchos antiguos alumnos.
Mafias las había como en todos los colegios. Y esa lucha la viviamos en solitario y la sorteábamos como podíamos.
Pero recuerdo siempre a aquel profesor de Matemáticas: D. Juan. Noble caballero. Autoritario, pero sin pasarse. Nunca le vi cometer una injusticia.
Abrazo colosal.

cyránobix | 05-05-2005 15:53:32

Es lo que tiene el crecer; creces y crecen los problemas, pero ante nosotros se nos abre todo un mundo que está hecho un asco y una vida que pese a ser, a veces, dura, es maravillosa. Un cordial saludo, chavalote.

Raddle | 07-05-2005 00:18:07

Comentar


Recordar datos

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009