Martes, 10 de mayo de 2005

No hay nada mejor para un profesor de algo que un exalumno/a le diga un día que le recuerda con cariño y que sus enseñanzas sirvieron para algo. Yo soy muy escéptico con respecto a la Pedagogía, con pe mayúscula, y bastante proclive a pensar que, en esto del aprendizaje y la correcta transmisión de conocimientos, intervienen muchos factores, pero uno de los menos relevantes es la propia tarea y competencia del profesor como tal. Creo, para resumir, que la actitud del alumno, es, en líneas generales, más importante que la propia cualificación del maestro, a no ser que éste sea un auténtico fuera de serie o absolutamente infame, con lo cual su influencia es bastante más decisiva, pero por mala y negativa. A esta conclusión he llegado, a pesar de dar clases durante unos veinte años, tal vez porque no tuve la suerte de tener buenos maestros en casi nada, y los mejores no lo fueron tanto por su estricta competencia profesional sino por su bondad y tolerancia para dejarme aprender a mi aire.
Recuerdo a M. P. cuando era mi alumna. Y recuerdo además con una gran precisión su imagen mientras realizaba un ejercicio de concentración que yo les hacía hacer a mis alumnos en primer curso de interpretación en la escuela de teatro en donde yo daba clase hasta hace unos años. Ese día, al contrario de los demás en que solíamos trabajar con la luz de los reflectores de escena, tal vez para incrementar la dificultad del ejercicio, había dejado los ventanales abiertos de par en par, y los rayos de un sol vespertino y otoñal le daba directamente a la cara, derramándose por su pelo largo. Ella observaba muy atenta un pequeño objeto, acariciando su textura, desmenuzando con la mirada sus más recónditos misterios y propiedades, mientras todos escuchábamos un nocturno de Chopin.
La recuerdo hermosa, inteligente, con un gran talento natural y muy capaz para adquirir la técnica que le permitiera desarrollarlo. Se fue a continuar sus estudios en una prestigiosa escuela de Italia, y en ese país ha ejercido su trabajo de actriz desde entonces, integrándose en una compañía profesional de la que también es socia y propietaria.
Regresa durante unos días a mi ciudad, a nuestra ciudad, y quedamos a cenar en un restaurante, pequeño y confortable, al que me chifla ir porque su dueña y cocinera, Gloria, me trata siempre de maravilla.
Diez años o más no le han cambiado a M.P.: está igual de bella y de jovial, incorporando a la perfección unas pequeñas arrugas que le confieren a su rostro una expresión todavía más comprometida con la vida y con el teatro. Nuestro anterior encuentro fue telefónico: yo comía en un restaurante al aire libre en la plaza de Santa María de Trastevere en el pasado mes de Septiembre, enfrente de la magnífica basílica del siglo XII, y delante de los mosaicos de Pietro Cavallini, que pueden admirarse en su extraordinaria fachada. La llamé desde allí para decirle que estaba en Roma un par de días por motivos profesionales, y me preguntó por amigos comunes, otros profesores y compañeros de su promoción. Al otro lado del auricular sonaba su voz de siempre, tamizada por un acento italiano superpuesto
Cenando me habla de su chico, también profesional de las artes escénicas, de su trabajo como actriz, de las peculiaridades técnicas de hablar en otro idioma sobre un escenario, de los avatares artísticos y laborales su compañía teatral. Analiza los problemas del teatro italiano, diferentes en grado y sustancia a los de España. Mientras la escucho, cenamos carpaccio de ciervo, menestra y ensalada de queso, y bebemos un rioja que no está nada mal.
Pienso que cuando era más joven tuvo el valor de marcharse, algo que, por ejemplo, yo no hice y a veces pienso que debería haber hecho. Ahora, tal vez, deba utilizar ese valor para regresar, porque la veo imbuida en esa necesidad extraña que invade a muchas personas de reencontrarse con sus raíces, con su propio idioma e incluso con una ciudad extraña e inexplicablemente adictiva. Es una pulsión del alma, irracional y probablemente peligrosa, porque dejar atrás lo conseguido y volver a casa siempre conlleva afrontar una nueve suerte de desarraigo.
Creo que ella ha seguido siempre los dictados de su corazón. Y no le ha ido nada mal haciéndolo. Lo único que puedo ahora recomendarle, en absoluto pie de igualdad y desprovisto de cualquier magisterio impostado, es que siga utilizando esa brújula privilegiada que posee en su interior y que tan pocas veces le ha fallado.
Un taxi se la lleva. Su saludo a través de la ventanilla me invita a pensar que pronto nos volveremos a ver.
Por: Roberto Zucco | Restaurantes definitivos. | Comentarios (19) | Referencias (0)
Qué bonito. No sé si será verídico, pero de todas maneras me ha encantado cómo lo cuentas. Yo sí que me fui, pero sólo un año. Ya nada volvió a ser igual después. Aunque imagino que si me hubiera quedado, tampoco habría sido igual. En fin, è un mondo difficile...
Patch | 11-05-2005 01:24:10
Una situación de película, especial, utilizando el restaurante como excusa para elaborar una preciosa descripción de M.P. en torno al mundo del teatro. Me han gustado los sentimientos que se desprenden de ese encuentro y, por supuesto, tu impecable redacción.
¿Realidad o ficción? Eso es lo de menos.
Un abrazo.
Ángel | 11-05-2005 12:18:07
Realidad o ficción?
Pero si la realidad supera con creces la ficción!
Es de admirar como escribes. Supongo que el haber sido profesor, ha sido una ayuda.
pau | 11-05-2005 19:38:41
A mi me da un poco igual que sea realidad o ficción. En unos minutos me he visto en Roma, en mi caso en la Plaza Navona, y he disfrutado como una vouyeur de vuestras conversaciones privadas. Maravilloso.
Sea ficción o realidad MP tiene suerte, tiene un grandísimo don: saber siempre el rumbo que tomar y, lo mejor, no equivocarse.
Besos y felicidades (como siempre un post excelente), Cal.
Calamity | 11-05-2005 20:19:51
Si, te comprendo, de verdad.
Pero date cuenta que lo que ves ahora de ella, en parte es tuyo.
Un placer leerte.
Besos de Susy
Susana | 11-05-2005 20:30:34
Zucco exprimido y servido en la más hermosa copa de cristal.
Roberto siempre sabe de qué hablar.
(y... ¡le gusta el fútbol!)
Wolffo | 11-05-2005 23:12:54
se que ella es real, antes de que desapareciera contigo de los laberintos del principal, habíamos tomado unas cervecitas juntas; disfrutanto de lo que ella llama el encanto de españa, yo disfrutando de su maravillosa compañía.Medio sonrio al ver como la miran cuando se levanta a pagar a la barra, sabiendo yo que esa presencia va unida a esa voz y esa voz dice cosas de las que te hacen pensar. Te echamos de menos por aquí MP.
carola | 12-05-2005 09:17:55
Lo primero es el aire. Lo primero es el olor del aire. Algo tan intangible que casi da risa que sea eso lo primero que te hace decir "estoy en casa". Pero cuando llegas de la ciudad del humo, es como una
consolación, como un mantel limpio.
Lo primero es la gente por la calle, a cualquier hora y de cualquier edad. "... parece que no tengan casa…" decía mi abuela, pero es que es esa, la casa...es esa, la calle, la ciudad.
Lo primero es dejar la maleta, que no me ha abandonado durante los ùltimos catorce años, ha cambiado de forma, tamaño, colorido…, siempre llena de un desarraigo que se te hace compañero, peligroso como cualquier pasión.
La maleta, con un guión diferente cada vez y cuatro libros para estudiar, de los cuales dos no los tocas, pero te los llevas "por si acaso" y uno es de Dickens rigurosamente, para el viaje, porque además de engañar el tiempo, lo ennoblece.
Lo primero es una caña con limón en los espumosos, unas tapas de queso curado en la calle San Jorge, un Rioja en la plaza de los Sitios, un montadito de tortilla en el Circo, unas gambas con gabardina en el Naranjo de la calle Sevilla. Una geografía gastronómica tan ritual como necesaria. Un bautizo de sabores y olores que más aprecias cuanto más te faltan.
Lo primero es coger el teléfono. "Estoy aquí" "hasta cuándo?"... Qué vértigo cuando sientes el miedo y las ganas de decir, por una vez, hasta siempre.
Lo primero fue una conversación entre Roma y Milán, casi per puro caso. Lo segundo una cena de las que recuerdas por lo buena y lo sencilla. Lo tercero lo hago ahora, y es decirte gracias:
Por tu memoria. Por los años en los que me fuiste maestro y en los que me soportaste (en el sentido etimológico de la palabra) con la paciencia y la curiosidad con las que un artesano mira un trozo de mármol. Porque supiste escuchar la forma dentro de la piedra y no tuviste miedo para martillear, por la bienvenida con que me acogiste, como si nada hubiera cambiado. Por tu artículo, porque las palabras escritas son más reales. Porque te has quedado a cuidar la casa y has cumplido tu sueño de convertirla en palacio.
Ahora desde la otra parte del Mediterráneo, sentada a la mesa, me remojo el paladar con un Barolo di Montalcino, que recomiendo a quien quiera conocer este país. Y sin nostalgias dejo que la noche entre por las ventanas, con la maleta en el armario, vacía, que empuja por salir.
M.P.
M.P. | 12-05-2005 11:05:31
linda | 12-05-2005 15:17:47
Una bella historia muy instructiva, yo también pienso que los maestros no son definitivos, pero que, son una pieza importante, afortunadamente creo que influyen más los buenos aunque sean pocos, que los otros. Los buenos profesores son muy escasos y son la verdadera fuerza motora del conocimiento, debemos aprovechar todo lo que podamos de ellos.
Chusbg | 12-05-2005 16:29:33
La influencia de un profesor sobre el alumno es muy importante, claro que también la capacidad de aceptación del alumno.
Gracias a un profesor de historia que tenía en sexto me apasiona la historia, él hizo que no la viese como algo horrorosa, llena de fechas y de acontecimientos para memorizar, él nos metía en la historia y nos hacía protagonistas de los hechos.
Un abrazo
Ararat | 12-05-2005 17:37:48
Seguí tu consejo, Roberto: me cambié de casa; pero no a Bitácoras sino a Comunalia. Verás.
http://comunalia.com/pg
Iván Francisco Sierra | 12-05-2005 17:40:36
M.P. realidad de una mujer que nacio arte y que lo cultiva cada dia asi nace el poema que a Roberto le sugiere su imagen y personalidad.
Roberto, maravilloso
teresa | 12-05-2005 18:40:49
Pilar | 12-05-2005 19:01:35
Sé bien que nada hay más gratificante que un exalumno te recuerde, que seguir en contacto con él, saber de su vida, que quiera contártela porque siente la confianza suficiente para hacerlo.
Es como conseguir traspasar la barrera de la tarima y hablar de corazón a corazón, de ser humano a ser humano, aprendiendo siempre de ellos.
Yo no me canso de mirarles a los ojos y verlos llenos de futuro.
Muchos besos.
Iris | 12-05-2005 20:31:26
pau | 12-05-2005 21:09:12
Bonito relato aunque discrepo contigo en lo que dices de los profesores. No lo digo tanto por mí, que como creo que sabes, soy profesora ahora, si no por profesores que he tenido - han habido de buenos, regulares y malos. Afortunadamente la mayoría eran bastante buenos. La actitud de los alumnos evidentemente es muy importante pero, además, un profesor puede hasta influir en esta actitud, tanto de forma positiva como negativa.
big | 13-05-2005 15:37:05
Siento enorme tentación de comentar este post, entre otras cosas, por lo cercano que me siento de él.
No hay mejor cosa que una persona, un ser humano, un profesor, sea capaz de ver más allá, y descubrir la belleza que hay en una piedra y que desea con todas sus fuerzas tener una hermosa Forma.
No hay mejor cosa que alguien te aliente, te impulse y confie en tí, cuando uno ni siquiera lo hace. (Es una de las demostraciones de Amor más bonitas).
No hay mejor cosa que saber que alguien te mira a los ojos, y ES CAPAZ de ver a través de ellos, y ve tu futuro, y además esa persona es capaz de abrirte poco a poco las puertas que necesitas para que la vida se te haga más llevadera...
Felicidades y besos
Me ha encantado, gracias por hacerme disfrutar
mixina | 13-05-2005 22:53:43
Cuánto quisiera para mi niño, para los niño de mi país, los mejores profesores. Pienso que un buen profesor, un niño receptivo y unos buenos padres son la combinación ideal para hacer de un niño, una joya humana. Sin embargo pisemos tierra: esta tríada no es habitual.
Tu relato me ha conmovido y a la vez me ha dejado reflexionando. Y qué magistral la descripción de los lugares, esa atmósfera descrita me ha invitado a considerar a este blog como uno al que siempre volveré. Un cálido saludo.
vir | 20-05-2005 09:17:50
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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