Jueves, 02 de junio de 2005
“¿Te importa que venga a cenar con nosotros Hanna Schigulla...?”, me pregunta mi colaboradora K. Y claro, le debí poner exactamente la misma cara de incredulidad que tú al comenzar a leer este post.
París. Enero de 2003. Hoy comienzan los ensayos de un espectáculo que promueve la institución en la que trabajo. La razón de ensayarse aquí es porque el director suizo, F.P., así nos lo ha pedido para poder satisfacer algunos compromisos personales adquiridos con anterioridad. Esta noche, después del primer encuentro con los actores y el autor de la obra, todos nos reunimos en una pequeña braserie de Plaza de Italia.
“¿Te importa que venga a cenar con nosotros, Hanna Schigulla?”, me pregunta mi colaboradora K, jefe de producción del espectáculo. ¡Cómo no me va a importar! ¡Me importa y mucho! Me muero por conocer a la musa de Rayner Werner Fassbinder, a la gran actriz y cantante que pasea ahora los poemas de Bertold Brecht y la música de Kurt Weill por todo el mundo, y que no hace mucho se presentó en España en el Teatro de la Abadía.
Cuando todos estamos en la mesa, aparecen ambas felices y entonadas, las dos rubias, por cierto. Presentaciones, sencillez, palabras en español, un idioma que, con toda naturalidad, afirma que le ha enseñado personalmente Gabriel García Márquez.
Hanna nos cuenta su siguiente proyecto: un espectáculo musical a partir de textos de Fassbinder y suyos propios que va a estrenar en el MOMA de Nueva York, institución que también lo financia.
Aunque la comida no es para tirar cohetes –ensalada y pizza de quesos-, el local es agradable, y una pareja vecina nos permite fumar en los postres, a pesar de las prohibiciones que aparecen por todas partes. El autor de nuestra obra comienza a cantar coplas españolas, un género que normalmente detesto. Sorpresa colectiva: Hanna se conoce bastantes a la perfección y comienza a hacerle la segunda voz. Muy pronto, la tercera la ponemos lo mejor que podemos todos los demás, aunque yo sin mucho entusiasmo.
Salimos a la calle. El tráfico en esa zona de París es intenso, y todos se retiran a descansar, menos Hanna, K y yo. Nos vamos caminando hacia un pequeño bar que mantiene las luces encendidas, en donde nos esperan los siguientes gin tonics. “¿Cómo es posible que sea usted tan amable siendo responsable de una institución oficial?”, me suelta la actriz alemana, exhibiendo un sentido de la ironía que hasta ese momento no había aparecido en la velada y que me descoloca un poco.
En la distancia corta amanece la cara más personal. Vive sola, en mitad del gran París, en un caserón repleto de recuerdos de su paso por el teatro de la mano del cineasta desaparecido, y de las películas que rodó con él a lo largo de sus once años de relación: “Las amargas lágrimas de Petra Von Kant”, “El matrimonio de Eva Braun”, “Berliner Alexander Platz” y otras. Se ríe feliz con nosotros. Intento descubrir, detrás de su rostro envejecido y muy maquillado, esa bella mujer que escandalizaba a los críticos más puritanos, y lo que veo es una mujer mayor y algo aislada que de vez en cuando decide relacionarse con el mundo. Afortunadamente esta noche el mundo somos nosotros dos.
Inesperadamente surge la posibilidad de una colaboración: ese espectáculo podría tener un preestreno en mi ciudad a condición de facilitar un espacio adecuado para los últimos ensayos. “Naturalmente que sí, Hanna, para nosotros sería un inmenso honor…”. (Un político mal nacido se encargaría después de estropear lo que podría haber sido una auténtica maravilla).
Hanna se despide y se monta en un taxi. Cariñosamente nos besa con la mano y se pierde entre los demás coches. K y yo, no recuerdo la razón, nos vamos en otro taxi hasta Plaza República, en donde nos tomaremos el último trago. Lo juro: el taxista, que es un chico joven y negro, está escuchando una música que nos recuerda mucho a ambos una jota aragonesa y nos morimos de la risa.
Los rayos del sol me despiertan en una habitación del Colegio de España. Puede que los gin tonics hayan superado mis cálculos posteriores porque la resaca es alarmante.
Hayan sido los que hayan sido el perfume de Hanna fue una realidad inesperada y estimulante, y su franqueza, su sabiduría y su risa han quedado ya para siempre en mi corazón desde aquella noche de invierno en París.
Por: Roberto Zucco | Restaurantes definitivos. | Comentarios (16) | Referencias (0)
Qué envidia me das siempre, majo. Ya me veo yo en esa fiesta, cantando coplas y dejándome llevar por los gin tonics... Y yo a tu lado, mi zuquito. Supongo que a estas alturas la peña femenina, admiradora de Roberto, debe estar intrigada sobre mi personalidad... Je, je. No os preocupéis: él también. ¿Verdad, guapísimo? Elena.
Elena | 02-06-2005 09:56:44
Me he acordado (es curioso como cada uno tiro para lo suyo, ¿eh?) cuando he leido el primer párrafo y la pregunta de tu colaboradora K. —cuyo nombre es el eslabón perdido entre las películas de 007 y Man in Black— , en la cantidad de gente que anda previniéndose (por la vida, ante tantas cosas). "¿Te importa si te llamo...?", "¿Te importa si paso por tu casa y...?", "¿Te importa SI TE COMPRO UN ANILLO DE DIAMANTES Y TE DIGO QUE TE AMO?", "¿Te importa...?"
Pero bueno, ¿no me conoces? ¿es que no me muestro lo suficiente? ¿no sabes lo que me gusta, lo que me ilusionaría? ¿no puedes olvidar el fuera o fuese y cambiarlo por esto es así y es ya, sin un atisbo de prevención ni de duda ni de la madre que te parió?
A mí al principio (al principio), me hacía gracia un chico que siempre me enviaba un sms al móvil antes de llamarme. "¿Te importa si te llamo?" y a mí se me hacía agua-limón pensando fíjate, qué educado, qué atento que no quiere molestar. Pero claro, si después de meterse en situación (y no me refiero al sexo, aunque también) y vivir mi vida tal cual la vivo yo, conociéndome y sabiendo lo que me da vida y me mata, que todavía haya que pasar por el tamiz del aviso, pues apaga y vámonos. "¿Te importa si te llamo?" y ya al final había que tener mucha paciencia para no responderle "¡PERO TÚ QUÉ CREES, MÉRLUZ!". La verdad es que hay muertes que están muy anunciadas.
........
Yo si eso me voy del tema, :-)
Perdona.
Seguid, seguid. Un post divino, claro.
La donna è mobile | 02-06-2005 10:09:33
¡¿Pero tú quién/qué eres?! ¡Qué envidia, qué culto, todo, qué sofisticación, qué glamour!
En serio, envidiable. Y muy bien contado, creo yo.
Portorosa | 02-06-2005 12:15:23
Estoy descolocada. El artículo, para no variar, excelente, como siempre y cenar con la musa de Fassbinder, querido, qué lujazo, aunque en el fondo de su divinidad no dejara de atisbar ese resquicio en el que se oculta la humidad que toda persona posee.
Eso sí los coments de Elena y de La Donna me han dejado más pallá que pacá... ¿¿¿???
Un beso, C.
Calamity | 02-06-2005 12:19:50
Ángel | 02-06-2005 12:45:58
Grial | 02-06-2005 14:10:42
Oye, ¿no me podrías conseguir una cena así con Harrison Ford, por ejemplo?
En serio, Caballero Zucco, eres un mago del relato cotidiano. Me encantaría tener esa habilidad para narrar vivencias.
Muchos besos
Iris | 02-06-2005 18:12:53
Me apunto. A la cena con Harrison Ford, por supuesto. A otras cosas, también, pero cenar con Harrison Ford y bailar con él el Wonderful world en un granero, encabeza la lista de esos deseos imposibles que me temo que no conseguiré nunca... aunque, claro, eso era antes de que Zucco los conociera. Lo mismo ahora me lo arregla... Besos mil.
albanta | 02-06-2005 18:30:22
Una noche mágica, ¿eh?. Tanto como tu capacidad para contar la vivencia (y la mía para "apropiármela", por qué no admitirlo). Lo he "vivido" contigo (ya sé que me faltan los olores, los sabores y todo eso, pero los suplo echando mano de mis propios recuerdos parisinos y tan contento: ¡qué fácilmente me dejo engañar por el hechizo de un buen texto!, qué público tan fácil soy, ¿ves?). Te agradezco, una vez más, que me/nos regales tan buenos momentos.
Por cierto: ¿despertaste, resacoso perdido, en la "misma" habitación del Colegio España que la misteriosa K. ? (lo siento, no he podido evitarlo: a veces me puede un no sé qué marujil...)
Un abrazo fuerte.
Ernesto | 02-06-2005 21:28:39
Es alucinante todo lo que tienes que contar, que de recuerdos, que de vivencias, que vida tan intensa has llevado... cada día estoy más orgullosa de que nos cruzáramos por este mundillo de locos por las letras.
Un besito apretao ;)
Perlanegra | 02-06-2005 21:32:47
eres sin duvida un hombre raro: cenas com Hanna y conseguis notar y criticar tambien la comida?! Que significa esto? Lo que aqui llamamos de "distanciamento crítico" del director?
maray | 02-06-2005 21:33:28
Bueno, Calamity, mujer, no sé yo si tanto como dejarte más pallá que pacá se ajusta a lo que yo pretendía. Espera que repase a ver qué era lo que pretendía con mi mensaje. (Segundos de tediosa espera. Se masca la tragedia.) ¡Vaya! ¡Nada! ¡No pretendía nada!
Pues va a ser eso, ¿eh? Me dicen mis compañeros (manita al pinganillo) que sí, que efectivamente no había pretensión alguna y que como este, no sirven más que para hacer pared. Chinmás. No confundir con ajapimeri-chínmas. Que nada que ver, :-)
Pero ya que hay que centrarse en el tema (ay, qué trabajo nos manda el señor): a mí ya no me deslumbran las personas por su nombre o por su trabajo, ni siquiera por sus posesiones o su posición y para ir más allá, ni por su aspecto ni por lo que aparenten. El éxito es goloso para quien no lo posee, y las personas no son más eso, personas. Como yo. Van al wc igual, y comen con una mano, se visten por los pies, sienten, padecen y tienen estreñimiento casi al compás conmigo. Harrison Ford quizá tenga almorranas del tamaño de un Carrefour y no pueda dar dos pasos de baile seguidos, vaya usted a saber.
A mí me impresionan realmente quienes no se dejan comer por esta vida, de común tan puta, y le ponen al mal tiempo buena cara, alegrando además a quienes tienen a su alrededor. He ahí lo admirable (para mí). He ahí el triunfo, triunfo que no hace falta irse a buscar al jolibud.
:-) A sus pieses, don chusco.
La donna è mobile | 02-06-2005 21:34:50
Me has recordado mis dias de teatro.... que envidia sana e sentido al leerte, besos mil de los que se dan entre tablones y butacas viejas
lokura | 02-06-2005 23:53:59
¡Qué bien cuentas! Es una delicia esta serie de 'restaurantes'. Parece como si estuviéramos allí, bien camuflados, observando.
Cuando organices la de Harrison Ford ¿me darás un toque?
Gracias. Por todo. Un beso.
amanda | 02-06-2005 23:56:28
zipi | 03-06-2005 19:46:59
He interiorizado tu post: veo a Hanna, mujer, actriz, ser, veo al restaurante definitivo, a París de noche y te entreveo a ti, a k, la luminosidad nocturna...
Qué post tan cinematográfico, Roberto Zucco, es de antología. Y lo asocio a uno de mis cineastas preferidos: Fassbinder.
Sigo visitándote. Salux.
vir | 04-06-2005 10:00:37
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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