Viernes, 17 de junio de 2005

Los problemas comenzaron a las nueve y cuarto de la mañana cuando la comitiva de los niños y niñas, entre los que se encontraban Subías y Paniza., dos pequeños gángsteres venidos a menos, bajábamos hacia la Iglesia en donde ya estaban acomodados, por rigurosa asignación de bancos, nuestros familiares y amigos. Tropecé con algo o me enredé entre mis propias piernas y caí rodando por las escaleras manchándome el traje inmaculado, y lo que era todavía más grave, rompiendo y ensuciando también la todavía no sagrada hostia, que quedó totalmente inservible para la comunión. La hermana P. me ayudó a levantarme y tuvo que sacar de su cartera otra que por lo visto llevaba de recambio entre unos papeles grasientos y el carné de identidad, en previsión de que algún patoso le pasara lo que a mí me acababa de pasar. Aquel trozo de pan, planchado por la presión de la cartera, me produjo desde el principio una cierta repugnancia, pero la cosa no estaba precisamente para manifestar escrúpulos y remilgos sino para aceptar resignadamente cualquier solución de emergencia. Había que continuar con lo prefijado y ensayado desde semanas antes.
La misa y la homilía se nos pasó a todos volando y llegó la hora de la verdad. Los niños estábamos al borde del ataque de nervios y hacíamos ejercicios gimnásticos preparatorios con los labios y la lengua mirándonos aterrorizados. El Padre B. nos introdujo con suavidad la forma, después de interrogarnos con unas palabras rituales a las que nosotros contestábamos con otras, y...
...pasaron unos amargos segundos.
Aquello no se deshacía ni en broma, o, al menos así me lo parecía a mí. Comencé a tantear el cielo del paladar con la punta de la lengua y pronto llegué a la inquietante conclusión de que se me había pegado al menos una parte. Mis más secretos temores se habían cumplido, aunque pronto tuve la impresión de que no sólo yo estaba en aquel trance a juzgar por las caras de angustia que detecté a mi alrededor. Incluso los gángsteres se miraban entre sí presos del pánico y la responsabilidad. Una cosa debía ser pelear duro por tener cada día más pupitres y otra empezar a tener problemas con el Espíritu Santo y toda la Corte Celestial. Pasaron más segundos y la cosa seguía igual. Los demás no sé lo que harían. Yo no pude aguantar más. Contraviniendo todos los consejos y enseñanzas recibidas durante el tiempo de preparación, me introduje los dedos, hurgando ansiosamente y provocándome unas arcadas tremendas...
¡Comprobé que no había nada en el interior de mi boca!. La hostia sencillamente se había deshecho y lo que yo notaba era un pequeño abultamiento, un accidente insignificante en mi orografía interior que hasta ese momento de mi vida no me había percatado que estaba ahí. “Calma, Roberto, que aquí no pasa nada”, debí pensar. Pero poco me duró esa paz forzada. Los remordimientos, siempre superando mi capacidad de análisis, moviéndose más deprisa que mi pensamiento, empezaron a asaltarme por otro lado: ¿Había pecado mortalmente? ¿El hecho de que no se encontrara ya ninguna partícula divina me eximía de toda responsabilidad moral? ¿Y si hubiera habido alguna y torpemente la hubiese cogido con la mano? ¿No me había expuesto acaso, de manera temeraria, a cometer un pecado y, por tanto, el pecado estaba cometido de todas maneras?
Estos angustiosos pensamientos, que a cualquier persona un poco razonable le podrán parecer hoy absurdos y tal vez inexplicables, estuvieron amargándome la vida desde ese día y durante toda mi infancia y juventud. Algo en mi interior parecía empeñado en culpabilizar siempre mi existencia, y las excusas fueron tanto o más ridículas que las del nefasto día de mi primera comunión.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (11) | Referencias (0)
Jajajajjaa me parto... eres único para los desastres :P
Yo recuerdo todo con cariño porque para mí en esa época fue algo importante, ahora me hace gracia pensar lo que llegábamos a considerar importante por entonces, pero bueno, fue un día bonito... recibí regalos, merendola en casa (no eran como ahora) y un traje de monjita inmaculado y a mi medida, de prestado... porque tampoco era como ahora.
Un besito ;)
Perlanegra | 17-06-2005 01:11:51
¡Joder, qué angustia!. Menudo rato que me has hecho pasar, querido "Roberto". Y cuánto me has hecho recordar mi propia experiencia, tan parecida en todo. Y cuánto me he sonreído al releerte y comprobar, disipada la angustia que comunica la primera lectura, lo bien que dosificas lo hiperbólico como recurso literario y la coña marinera que entreveras sabiamente en él. Así nos fraguaban, desde bien pequeñines, cincelando la culpa en nuestros huesos para disminuírnos, amargarnos, controlarnos y afianzar su poder esa caterva de mentecatos que, ahora, ante nuestro "descarrío", cambian la procesión por la manifestación (es duro perder ese "poder"). Culpa inoculada en niños indefensos. Daño que perdura (esa irremediable tendencia a sentirnos culpables, que tanta lata nos da de por vida, durante todo nuestro proceso de crecimiento personal, ¿eh?). Grrrrrr...
Ernesto | 17-06-2005 02:13:29
La culpa.
Sabes Roberto Zucco lo que me rescató? El teatro. No sé que te liberó a ti.
No, yo no soy actriz, mas sí a través de mis buenos amigos y amigas, conocí el teatro, más allá del montaje. Conocí la corporalidad liberada. A la culpa, la boté... ¿toda toda entera?, al menos eso me parece... eh.
Que de certidumbres no estamos hechos...
Salux.
Vir | 17-06-2005 05:43:31
:-) Me acabo de acordar de una cooooosaaaaaaaaa (ella haciendo así, así con la mano muerta), la cuento al final, al final.
Como era de sobresaliente, siempre me elegían para hacer los montajes de las obras, y como tenía aquellas horrorosas gafas de pasta marrón, jamás para interpretarlas. Pero me las sabía de memoria, ya ves tú, las frases de todos acababa aprendiéndome yo. Una vez, haciendo la casita de chocolate, la protagonista se puso enferma y Dña. Luisa me dijo que iba a salir en lugar de ella. Disfruté mucho, pero me equivoqué un montón de veces, no sabía explicarme por qué. Ese momento, y el de confesarme (ese túnel de lavado para cristianos) por primera (y única) vez, están clasificados como momentos completos, momentos Comansi. ¿Pero qué le iba a poder decir yo? ¿Nadie se acuerda de esa tensión? ¡pero si yo no he hecho nada, no ve qué gafas de pasta marrón de buena! Recuerdo arrodillarme y recuerdo el sofocón, la mentira (claro, tuve que mentirle como mentimos todas), creer que me iba a pillar, que se abriría el suelo y me caería al infierno, que el cura, mínimo, me sacaría de una oreja y me lavaría la boca con agua bendita. Pero coló. De ahí a darme cuenta del camelo, cinco minutos. La iglesia ya nunca fue lo mismo.
Por cierto, que de lo que me acordé antes fue de mi fiesta. Mi hermana A. y yo la hicimos juntas, claro, con el mismo vestidito que nos hizo mamá (mamá cose divinamente-divinamente) y durante aquello parece que estoy viendo a mi tío-abuelo Carlos, que en paz descanse, sentándome en sus rodillas y haciendo que me descojonara con una de aquellas coplas de barra de bar (esta en concreto con la melodía de la casita de papel):
Y a mi novia le he compraooooooooooooo
Y unas bragas en el mercaooooooooooooo
Cuando no tengo trabajo,
se las subo y se las bajo,
tolón, tolón.... tolón, tolón.
Ay, señor, parece mentira haber conseguido llegar cuerdos a mayores. ¿Quién ha dicho cuerdos, :-)?
La donna è mobile | 17-06-2005 10:14:26
Ayyy,qué día aquel!. Momentos antes, hablando con el párroco, yo con mi sonrisa más angelical,le contesto que "yo quiero hacer la comunión porque me van a regalar muchas cosas y no, señor, en casa nunca vamos a misa". Mi madre, roja como un tomate, rogando a Dios y a todos los santos que se la tragara la tierra y que a mi me dejaran muda. Diez minutos antes de entrar en la iglesia, el hermanito pequeño, haciendo el tonto, va a parar de cabeza, con su pantaloncito blanco y su camisita nueva, a una fuente de agua estancada y verdosa.La abuela gritando "el niño, el niño". Y el niño que sale mojado, verde y marrón. A final todo acabó bien, para mí, que estaba tranquilísima, feliz y la hostia sagrada me pareció muy rica.
Scarlett | 17-06-2005 11:06:17
Elena | 17-06-2005 12:41:32
En mi caso recuerdo que no encontraban mi cinturon y mi nona me ato un cordel de los antiguos. Al darme la ostia el cura esta se cayo al suelo, quise recogerla y el sacerdote me reprendio: ¡la ostia es sagrada!. La recogio y me la dio en la boca. recuerdo esta escena con sus vivos colores como si fuera hace unos minutos.
un saludo
juan re
juan re | 17-06-2005 16:52:51
Pero, pero, es que todos estamos traumatizados por un incidente ocurrido ese dia? Cuantas generaciones estamos marcadas por el “día de nuestra Primera Comunión”, ains, porque yo de temas religiosos no hablo que se me ve el plumero, que sino hacía yo alguna reivindicación o algo para solucionar esto.
Por cierto, he venido a por mi premio, que me ha tocado? Jaja besos.
tt | 17-06-2005 18:21:39
Tal vez sea porque jamás he ido a un colegio religioso pero no recuerdo nada especialmente digno de mención de aquel día, salvo lo excepcional de ir vestida como una novia en miniatura.
Creo que sólo la existencia de fotos me hace saber a ciencia cierta que ese día existió.
Eres maravillosamente exagerado y lo cuentas tan bien que hasta me da envidia el anecdotario.
Besiños
Iris | 17-06-2005 19:52:55
y te acordás la hambre que pasabamos, una vez que se hacia la comunión en jejuno? Si la hostia no fuera tan chiquita...o si pudieramos comer unas quantas pa saciar la hambre de chiquilines...
maray | 17-06-2005 23:12:37
Todo lo que escribes sobre tu infancia, tiene algo en común con la mia. Yo tambien recuerdo mucho las confesiones y el complejo de culpa.
La comunión la recuerdo en la aldea como una competencia entre las niñas más ricas y más pobres, para haber quien llevaba el vestido más bonito, el mio era de 3ª mano, ya te puedes imaginar, entoces no había regalos ni celebraciones.
Un abrazo.
rosa | 18-06-2005 13:14:02
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com