Viernes, 15 de julio de 2005

La vida estaba fuera de aquellos cristales: Franco comenzaba su agonía, mi familia quedaba allá a lo lejos, y la universidad era solo una matrícula y una voz al teléfono que me anunciaba exámenes a los que casi nunca podía acudir. Ese espacio claustrofóbico era una furgoneta de cómicos. En su interior yo me abstraía del paisaje, de mis propios compañeros de aventura, y me enfrascaba en la lectura de mis queridos libros, en el pozo de mis propios recuerdos. En ese viaje a ninguna parte, como digo, la vida y las relaciones humanas sucedían, como en algunos hospitales, detrás de un muro de vidrio infranqueable.
La compañía llegó a Avila una noche de 1974. Reparto rutinario de habitaciones, y otra vez la soledad como compañera. El hotel, situado en el centro de la ciudad, era cómodo y, en algún sentido, aristocrático. Una dependencia repleta de sofás y de sillones desvencijados estaba presidida por una chimenea que recuerdo encendida y confortable después del frío y la oscuridad de los caminos recién transitados. Al poco rato mis compañeros estaban descansando y el hambre, aliado con el aburrimiento, condujeron mis pasos hacia un comedor de blancos manteles y una sola persona cenando: una mujer de espaldas, con una melena rubia que se desvanecía armónicamente por su espalda.
“Buenas noches”, me dijo volviéndose, sonriéndome con una enorme e inesperada dulzura. “Tuve la sensación de que me estaba esperando y recuerdo que tuve algo así como un sentimiento de miedo a la muerte. "Creo que el comedor ya ha cerrado, pero intentaré mover mis influencias”, bromeó.
“No sabe usted lo que se lo agradezco. Tengo un apetito inmenso”, mentí.
Era una mujer mayor pero bellísima, con una extraordinaria elegancia natural. Su acento delató desde el primer momento su procedencia. “Argentina es un país hermoso, pero en el que no es nada fácil vivir. ¿La vida de actor interesante? ¿No se cansa usted de viajar tanto? ¿Cómo se encuentra el teatro en este país?”. Preguntas que me hizo mucho más tarde de que hubiera arreglado lo de mi cena y que me hubiera invitado a compartir su propia mesa. Eran unas natillas excelentes que en cierta medida compensaban los anteriores componentes de una cena apresurada y cocinada demasiado rápido por personas que querían retirarse a descansar. Aquella hermosa mujer hablaba y hablaba. Yo la escuchaba embobado, saboreaba sus silencios, sus miradas interiores. En el pequeño ambiente de nuestra recién iniciada relación se había cargado de una sensualidad tan evidente como condenada al fracaso. Jamás me he enamorado de alguien mayor que yo. Quiero decir que esa fue la única vez en mi vida que eso me ocurrió.
Nos despedimos: “Buenas noches, Roberto. Mañana iré a verte al teatro”.
No volví a verla nunca. Se desavaneció de la misma manera con que había aparecido. Pregunté por ella en recepción. ¿”Una mujer argentina?. No hemos tenido recientemente ninguna huésped argentina, señor Zucco”.
“No es posible”, le dije y me dije a mí mismo. Las bromas de mis compañeros me sonaron esta vez como una pesada carga que ya no estaba dispuesto a soportar más. Al poco dejé la compañía y abandoné el teatro como actor profesional. Franco se murió sin grandeza alguna, terminé la carrera y tuve una relación sentimental que me absorbió por completo. Sin embargo, la turbadora imagen de aquella enigmática mujer sé que me acompañará mientras viva.
Ocurrió más o menos así.
Por: Roberto Zucco | Restaurantes definitivos. | Comentarios (15) | Referencias (0)
zipi | 15-07-2005 19:56:48
zape | 15-07-2005 20:39:08
Enigmático y bellísimo. "Recuerdo que tuve algo así como un sentimiento de miedo a la muerte": este hallazgo me ha deslumbrado (literaria y psicoanalíticamente). Inquietante. Me ha encantado, estimado "Roberto".
Ernesto | 15-07-2005 21:04:06
Elena | 15-07-2005 21:38:13
Vanesa | 15-07-2005 22:40:50
ladesordenada | 16-07-2005 00:38:41
Coincido con Ernesto, esa frase
"Tuve la sensación de que me estaba esperando y recuerdo que tuve algo así como un sentimiento de miedo a la muerte [...]"
es sencillamente maravillosa, quién sabe si, entre las sombras de las últimas filas no hayan estado sus ojos míticos recorriendo tu actuación...
Excelente, relato Roberto, excelente.
Noi | 16-07-2005 05:36:33
Ju | 16-07-2005 05:46:02
Mujeres creadas a partir del imaginario propio, como hombres creados en una historia creada por una escritora, dándole el sello personal, aquel que entrevera nuestros anhelos, recuerdos, proyecciones... Gracias por ofrecernos este post.
Salutes.
Vir | 16-07-2005 09:55:29
amanda | 16-07-2005 16:53:04
Hermosa historia. Y ya sabes que lo importante de las historias no es que hayan ocurrido o no sino saber contarlas. Tú lo haces maravillosamente.
Muchos besos.
Iris | 16-07-2005 17:03:14
Que bonita historia, Roberto, y acompañada de este cuadro de Hopper la hace espléndida. Gracias y un beso.
Magda | 17-07-2005 05:20:36
Cuando menos se lo espera uno surje la anecdota, el acontecimiento que no se olvida jamás, no sabemos si fue un sueño, pero que más da, si está en nuestra mente, existe.
Un relato enigmático contado con gran maestría.
Saludos
Chusbg | 17-07-2005 11:25:36
pues bien, antes de decir cualquier cosa crítica o loable, quisiera citar al siempre genial Julio Cortázar y ese Final del Juego maravilloso, que nos habrá hecho soñar a todos las más diversas imágenes de Silvia, las niñas, las estatuas o el tren.
Borges también ha dicho cosas en algunos cuentos.. y a pesar de su poca calidad poética, debemos reconocer su genialidad.
Zucco, buen alumno. A ratos pensé que eran demasiadas palabras y que de repente insunuenado más se mantendría la tensión hasta el final... pero es mi deformación profesional la que habla... en finnnnnn
muchos besos para ti, pero muchos, de verdad
elisa de cremona | 17-07-2005 12:43:00
querido roberto, no he tenido ni tiempo ni animo para comentarle sus ultimos post, cuando he querido bitacoras no me dejaba y por una causa o por otra siempre le he deajdo para el final, sera que aquellos post que requieren mi mayor atencion los dejo para el final.... y al final nunca hay tiempo...pero sepa usted que para mi es fundamental cada uno de sus escritos de los cuales siempre aprendo...
La Divina Gilda | 17-07-2005 12:51:28
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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