Domingo, 31 de julio de 2005

Mayte y sus hermanos.
Aquel programa de televisión fue, sin duda, un regalo que los Beatles quisieron hacerme para festejar lo que estaba a punto de suceder en el exterior de mi vida y en el interior de mi corazón.
Yo vi aquello en el aparato del bar al que solíamos ir y que estaba situado en un pequeño parque infantil muy cercano a nuestro apartamento. Estaba regentado por Inocencio, un auténtico bestia con el que jamás me llevé bien porque me molestaban sus groserías y sus permanentes salidas de tono. Y allí, precisamente entre los columpios, y a los pocos días de escuchar a los Beatles, conocí a Mayte y me enamoré inmediatamente de ella.
Era una chica delgada, morena, con el pelo liso no muy largo y suaves pero claras formas femeninas, a pesar de tener escasamente doce o trece años. Estaba con sus hermanos más pequeños, Prudencio y María del Carmen, en una actitud vigilante para que no se cayeran o no les pasara ningún percance. Creo que yo estaba montado en mi gran bicicleta, y lo que nunca he sabido es si regresé a casa para coger la cámara fotográfica, o la llevaba ya conmigo, porque lo cierto es que aquella escena del columpio, y esa primera imagen de Mayte, quedó para siempre reflejada en una instantánea que toda mi vida he conservado como oro en paño y que tengo ahora mismo ante mis ojos.

Yo y mis circunstancias...
No recuerdo exactamente cómo empezó la aproximación y como transcurrió nuestro primer encuentro. Lo que sí es verdad es que nos hicimos inmediatamente amigos, y que entre ella y yo surgió de una manera diáfana e instantánea esa complicidad que suele ser el primer paso para una relación más intensa. Nos caímos personalmente muy bien, y siempre que nos veíamos por la calle, en el parque, o en el sitio que fuera, ambos notábamos que por dentro nos recorría algo indefinible pero auténticamente maravilloso.
Comencé a soñar con ella por las noches, y a recordarla en todo momento. Por las tardes, después de la preceptiva siesta que yo siempre aprovechaba en la terraza del apartamento para escuchar a Angel Alvarez y empaparme de las novedades musicales de aquellos años, y para leer libros sin parar, los niños del barrio que, en su mayoría eran más pequeños que nosotros, salían a jugar por los caminos de la urbanización. Con frecuencia Mayte y yo los capitaneábamos poniéndonos delante con nuestras bicicletas para, de esta manera, poder seguir hablando de nuestras cosas con una cierta privacidad.
Fue el verano del encuentro y de la constatación de que la sangre nos hervía por dentro. Hasta ese momento las chicas eran incógnitas sugerentes, un mundo que me atraía sin saber exactamente la razón. Con ella empecé a descifrar los misterios de las relaciones humanas con el sexo opuesto, una actividad a la que he dedicado a lo largo de mi vida mucho tiempo, y en la que nunca se terminan todos los secretos y las peculiaridades.
Cuando regresamos nuevamente a Zaragoza y a Barcelona, en realidad no había pasado más que eso, pero todo el invierno siguiente transcurrió para los dos con la emoción de quienes intuían que al siguiente verano algo iba a empezar de verdad en nuestras vidas. El amor había dejado su tarjeta de visita y los dos la habíamos leído con mucha atención y apuntado sus datos en nuestros corazones adolescentes. Las cartas que nos solíamos enviar de vez en cuando, llenas de tímidos sobreentendidos y escritas con caligrafía escolar, se convertían en la prueba inequívoca de que seguían latiendo al compás, a pesar de los más de trescientos kilómetros que nos separaban, una distancia en aquellos años que representaba vivir en las antípodas.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (9) | Referencias (0)
Había un chico en mi clase llamado Pascual, amigo de Antonio, el hombre más guapo que he conocido en mi vida. Guapo a reventar. Pascual era más gracioso, si se veía a la legua que era más sensible, y se fijaba de otra manera en las chicas, ponía una cara de buenazo y de entender... pero todas le tendían el ojo a Antonio. Yo, naturalmente, tuve mis semanas de fijarme también en él, pero enseguida me atrajo más la forma de ser de Pascual. Tan resignado a ser segundo y a la vez, tan alegre. No le pesaba. Aceptaba. Era tan buena persona aquel muchacho..
El caso es que una noche, antes de saber que estaba enamorada de él, soñé que se acercaba a mí, y me cogía en brazos, y se ponía a girar conmigo. Me besó tan dulce. TAN dulce. Me besó tan dulce como yo ya sabía que besaría. Al día siguiente, cada vez que cerraba los ojos y volvía a sostenerme, y volvía a besarme. Y así durante semanas. Y era un sueño que no se gastaba, siempre estaba fresco, siempre abría los ojos y me faltaba la respiración. Pascual me besaba, ¡a mí!
Y con la tontería se acabó el curso, notas y despedidas.
Pasé todo el verano sabiendo que en septiembre me diría algo. Era imposible que eso (todo eso) no llegara hasta él. Y llegó el primer día de clase, y me pasé (tonta del culo) todo tercero deseando que me mirara, que constatara que yo también lo sentía, mírame, pensaba, ves que soñé contigo, estoy de tu parte, ven y haz algo, no hace falta que me beses, no, pero a pesar de que me miraba, y me miraba, y me miraba, y yo le miraba y miraba y miraba y mirándonos sabíamos que algo había, nunca se atrevió a venir (según sus amigos porque yo le parecía demasiado) y yo tampoco fui, más melón...
Y así estuvimos durante otros dos años interminables y maravillosos en los que ir a clase era tentarle, tenderle diariamente una hebra por ver si la pisaba, y saber que él sabía del sueño sin saber. Que yo me entendía.
La fiesta de fin de curso del último año la presenté yo. Mis hermanas mayores me dejaron un traje rojo largo fabuloso, y mamá me hizo un moño italiano precioso. Solo para Pascual, claro. Y hasta el último momento de la fiesta, hasta que no salí del instituto y todos nos separábamos y ya nada sería igual para nadie, no me cogió de la mano y me llevó hasta un postigo (¡qué romántico!), me apoyó contra la pared tan dulce como yo ya sabía, y me besó. Y sonreía.
¿Por qué tardó tanto, el muy merluzo, que yo ya estaba al borde de las lágrimas pensando en que salía por la tangente de mi recta para siempre? Por lealtad. Antonio estaba pirrado por mí y él jamás, aún cuando él podía tener a todas las que quisiera, le hubiese hecho eso.
Más chachi mi Pascual, ainsssss... qué bonita es la vida, caramba. Y cuánto quise yo a ese muchacho.
:-)
La donna è mobile | 31-07-2005 12:00:20
La donna è mobile | 31-07-2005 12:00:49
Marcel·lí | 31-07-2005 16:46:58
La donna è mobile | 31-07-2005 18:52:54
Portorosa | 01-08-2005 08:09:11
Marcel-lí: Mayte está guapa, fresca e inteligente, como el día que la conocí. La sigo queriendo, y ella me quiere a mí, aunque nuestras vidas personales han ido cada una por su lado: ella en Barcelona y yo en Zaragoza. Pero el hilo que une nuestros corazones sigue tenso e intenso, valga la expresión.
Roberto Zucco | 01-08-2005 09:04:19
Pues a mí lo mío me parece una carta de esas que antes mandaban las crías al super-pop y que cuando no sabes lo que es el amor, te lees de cabo a rabo.
En fin.
Lo que me ha gustado es la fotografía de Zucco.
La donna è mobile | 01-08-2005 12:39:04
El primer amor, el mío sólo fue platónico, ella nunca lo supo, por lo menos eso creo. Me cambié de ciudad y la perdí la pista, hoy todavía es el día que recuerdo su cara, pero no recuerdo nada más, ni nombre ni ninguna circunstancia. La vida ha dado muchas vueltas.
Saludos
Chusbg | 01-08-2005 22:01:16
Y ahora se han transformado también los amores,
ahora todo es más de 'superficie' . Sin embargo, creo que aún la inocencia existe.
Roberto Zucco, qué bella manera de compartir tu ensoñación. Gracias
Y a La donna é mobile, otro agradecimiento con sonrisa y música (Yesterday).
Vir | 02-08-2005 07:07:29
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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