Martes, 23 de agosto de 2005
Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso
y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y llanura.
Jorge Luis Borges.
La Boca
Paseo por la Boca. Me acuerdo de Rosa que me contó pormenorizadamente, a la vuelta de su estancia de tres meses en un teatro de Buenos Aires, que ella conoció este barrio de las esencias porteñas, guiada por un amigo argentino con un aire de mafioso que intimidaba a propios y extraños. Ese hombre acabó mal: murió de un accidente de tráfico, pero Rosa siempre pensó que lo habían asesinado en algún ajuste de cuentas.
Hago fotos, muchas fotos. Los colores de las fachadas son increíblemente bellos, y la estructura del barrio es como una especie de parque temático, tan de verdad que parece un poco como de mentira. Por todas partes se escuchan tangos, se bailan tangos. Los turistas se fotografían con chicos y chicas en actitudes típicas. Esa foto será la prueba de que anduvieron por aquí y se la mostrarán a sus nietos japoneses, franceses, españoles, cuando pasen los años.
Una chica me propone entrar en un restaurante llamado La Rueda. Me da un papel en donde se afirma que allí se come “la mejor carne del país” y entro. Es pequeño, y otra chica muy simpática me da la bienvenida, adivinando que soy español. Me propone comer bife de chorizo con ensalada y también acepto. Mientras espero observo cómo baila el tango una pareja de profesionales, cómo se enroscan y se desenroscan. Bailan en la calle para atraer a nuevos clientes, pero también lo hacen en el interior del comedor, acompañados por un par de guitarristas que podrían ser padre e hijo. El espectáculo en realidad comienza cuando dejan de bailar y hablan distraídamente: entonces siguen bailando sin darse cuenta que lo hacen, estirando músculos, preparando inconscientemente la siguiente coreografía, abocetando las figuras que luego compondrán en serio. Me imagino la de horas que habrán invertido a lo largo de su vida en llegar a bailar de este modo y los veo en sus casas continuando con sus ejercicios y bailando en mitad del pasillo de camino hacia el cuarto de baño o la cocina. Cuando acaban, pasan la bandeja, con desigual fortuna.

Detalle de una fachada en la Boca.
Termino de comer, me doy otra vuelta por el barrio. El bife estaba bien, pero dudo mucho que esta fuera la mejor carne de Argentina. Entro en pequeños talleres de artistas que venden sus cuadros y objetos de artesanía, subiendo por angostas escaleras de madera. En la calle una señora lee las cartas y un hombre sin brazos pinta con la boca sobre un lienzo. Pronto y sin pretenderlo llego a la frontera del parque temático. Hasta las caras ya no son las mismas. Me miran a mí, yo diría que con cierta curiosidad y con algo de reproche. Respondo al perfil exacto de turista realizando experimentos de sociología barata. En realidad a veinte metros del famoso Caminito, en las casas ya no lucen estos bellos colores. Al revés, están desconchadas y sucias. Si esto no es miseria le falta muy poco, y la vistosa pintura era como una especie de maquillaje que disimulaba la realidad.
Cuando regreso al hotel, en Plaza de Mayo la actitud se ha radicalizado. Más manifestantes, más policías, más controles para acceder hasta la Casa Rosada. Consigo pasar, sin embargo, y desde allí escucho a diferentes oradores, a cada cual más enardecido y furioso contra la política social del gobierno de la nación. Es decir, exactamente lo contrario de lo que estima el Presidente, que esta mañana declaraba orgulloso que Argentina estaba saliendo de esa crisis en la que ha vivido sumergida durante estos tres últimos años. Esta gente está en absoluto desacuerdo y lo expresa con total claridad. De momento, son las únicas personas que me parecen completamente sinceras desde que llegué ayer por la mañana.
Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (4) | Referencias (0)
Sigue, sigue contando. Qué envidia, imaginarte paseando por Buenos Aires. Siente uno nostalgia sin haber estado nunca allí. Imagino que todo se debe a haber leído tanta literatura argentina, que nos llevó en viaje de ida y allí quisimos quedarnos, para nunca volver a salir. Roberto Zucco, enormísimo cronopio... te enlacé para que no te escapes, espero que no te importe.
diego | 23-08-2005 11:22:01
Es difícil ver algo bonito y cierto a la vez, hoy en día. El turismo ha conseguido que para ver algo de verdad tengamos que ir a sitios feos y sin aparente interés; sólo en ellos podemos sentir que viajamos en serio, y que visitamos en serio.
Un abrazo, Roberto.
Portorosa | 23-08-2005 16:17:39
por desgracia ni siquiera esa gente que se arremolina entre el NH, la casa de gobierno, la catedral y el concejo son de verdad. Se trata de una nueva apariencia, la de la bronca y el piqueteo desinformado. Siempre que he estado en BA he visto lo mismo: protesta, indignación, violencia y bronca. lo de menos es tratar de arreglar las cosas o ser coherente..
leaosilva | 24-08-2005 20:37:59
Recuerdo cierta vez en un microbús, en el que vino al caso, que un hombre me dijoque faltaba imaginación en la gente que protestaba, 'seimpre desordenados y arrojando piedras'. Me quedé pensando.
Creo que los estómagos hambrientos, la miseria en sí, hace estragos en el ánimo de la gente, que busca maneras de contrarrestar las injusticias. Y lo que he visto es coraje y dentro de las marchas, creatividas, tetaro, canto... catarsis y luz.
Son crónicas en posts, que se atesoran Roberto Zucco.
Un abrazo.
Vir | 26-08-2005 13:54:56
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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