Sábado, 24 de septiembre de 2005
Cuando escribo estas crónicas de mi primer viaje a Nueva York la vida me ha hecho coincidir laboral y personalmente con la que fue corresponsal de TVE allí durante bastantes años: Mercedes Odina. A ella, inteligentge, polémica, buena amiga, se las dedico de forma especial y a quienes comparten conmigo la fascinación por esa ciudad.
En realidad estuve preparando el primer viaje a Nueva York desde mi más tierna infancia. Ya en esa ciudad me fascinaron siempre los enormes rascacielos, y esa silueta fotografiada, filmada o televisada de sus calles y edificios vistos desde la Estatua de la Libertad: la llamada “línea del cielo”.
Por eso lo que más me sorprendió fue el calor. Un calor húmedo, pegajoso, barcelonés. Fue a finales dell mes de Junio de 1994, y Nieves y yo llegamos al Hilton de la sexta con la cincuenta y tres atravesando Queens en un microbús climatizado, escuchando embobados junto con los demás turistas el inevitable “New York, New York”, de Frank Sinatra y divisando a través de sus cristales oscuros ese decorado gigante y luminoso que hasta entonces había formado parte de mi imaginación.
Calor, calor, calor…
¿El Hilton? Estas carambolas de las agencias de viaje, a veces inesperadamente favorables, nos llevaron sin pretenderlo a uno de los mejores hoteles de la ciudad, a mucha distancia en calidad y servicios, sin embargo, del que se presume desde el exterior de otros, como el Waldorf Astoria, el Palace, o el Plaza, señoriales, tentadores, inaccesibles, situados en las inmediaciones del sur de Central Park. Nos costó un poquito más de lo que nos pedían en el que inicialmente íbamos a residir, y compartimos habitaciones con la selección española, porque ese año se celebraban allí los campeonatos mundiales de fútbol. Fue, pues, el verano en que la nariz fracturada de Luis Enrique se convirtió en la imagen sanguinolenta de la decepción.
Mereció la pena esa inversión económica. Soy de los que creen en la beneficiosa influencia de la comodidad de un adecuado campamento-base cuando conoces una nueva ciudad, aunque no desdeño a quienes prefieren asumir al cien por cien la realidad que les depara la suerte. El Hilton era confortable en su inmensidad y siempre recordaremos aquellos fabulosos desayunos servidos en nuestra habitación por amables camareros, en su mayoría puertorriqueños, que se hacían el remolón hasta que la propina colmaba sus expectativas.
En el hall del hotel nos esperaba José Ramón, mi primo hermano, residente en la ciudad desde que fue contratado por una poderosa empresa farmacéutica para integrar su equipo de jóvenes investigadores venidos de todas las partes del mundo. Lo encontré más gordito, y comprendí inmediatamente los peligros de la dieta americana. Pero él fue en realidad un embajador amable, buen conocedor de los mejores rincones de la ciudad y, por tanto, oportuno consejero en ese primer momento en donde todo eran incógnitas e intuiciones. La primera vez que yo visito una ciudad se ha convertido siempre después en una especie de pauta de comportamiento para las siguientes. Me pasó con París, Barcelona y me pasará siempre aquí, a donde regresaré multitud de veces solo, a vivir una intensa soledad sonora y aplastante. Vuelvo a los mismos lugares, intento recordar los sabores, olores y sensaciones que ese primer viaje me produjo, y, aunque siempre intento vivir cosas nuevas (sin ansiedad turística alguna), mis viajes siempre tienen un inevitable acento de recuerdo y melancolía. Cada uno hace lo que puede y lo que sabe.
Recuerdo la sensación física de caminar por la primera acera, en la primera calle, en el primer momento. El asfalto reblandecido bajo nuestros pies, el cansancio disipado de un cambio de horario, el bochorno y la humedad asfixiante del ambiente, la alegría desbordada de mi corazón fascinado ya en estos primeros compases, el primer restaurante en donde comimos un pollo exquisito, la conversación cálida con este hombre reservado y amable, compañero de juegos infantiles. Verlo ahora convertido en un prestigioso investigador, medio americano y medio español, cercano y humilde, tan parecido a su padre.
El primer paseo. En el coche de José Ramón recorremos Manhattan en dirección a Battery Park, como yo le había sugerido. Bajamos por la quinta, que, poco a poco, se fue quedando despoblada de tráfico, huérfana de siluetas oscuras. Anochecía suavemente en Nueva York y el cansancio comenzaba a hacerse evidente en nuestros cuerpos desorientados. El puente de Brooklin a nuestra izquierda se presentó como un dibujo inesperado, el trazo de un artista callejero. El sueño mezcló de pronto la realidad de la ciudad y su propia imagen estilizada.
Aquella noche dormimos muy bien. El amor y una cama inmensa contribuyeron en la empresa.
Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (7) | Referencias (1)
Cómo me gusta que te hayas olvidado de tu vértebra incordiante (alguna pócima mágica seguro) y hayas regresado a esas crónicas tuyas magníficas, que hacen que todos soñemos con ese viaje.
Muchísimos besos, mi Caballero Zucco.
Iris | 24-09-2005 19:34:07
Aplaudo este regreso tuyo a los recuerdos.
A mí también me gusta volver sobre mis pasos cuando visito algún lugar ya conocido. Aunque los pasos no sean los mismos.
Un beso, mi Zucco.
amanda | 25-09-2005 16:03:55
Gatito viejo | 25-09-2005 16:09:57
Parece que poco a poco vuelves por tus fueros. Como me gustaría ir a esa ciudad, pero me va a ser difícil, no consigo dominar por ahora el miedo a los largo viajes en avión. Tampoco consigo ahorrar lo suficiente por otra parte, de momento me conformo con tu bonita crónica y con las muchas películas que tienen como ciudad de fondo a la gran manzana.
Un saludo
Chusbg | 25-09-2005 21:16:54
Yo creo que nunca me sentí (o, mejor dicho, nunca fui) tan provinciano como el día que llegué a Nueva York. Iba por la calle mirando todo con un asombro, con un sobrecogimiento (básicamente nacido del cine, de reconocer todas las películas del mundo; pero también por saber que estaba en la “ciudad” por excelencia), increíbles. Estoy convencido de que tuve la boca abierta casi todo el tiempo.
Para mi desconcierto, en los tres primeros locales en los que entré (café, restaurante y tienda, creo) no me fue necesario hablar en inglés; lo hice en castellano.
Confío en que tu evolución sea buena, Roberto. Un saludo.
Portorosa | 26-09-2005 11:37:02
Una de mis asignaturas pendientes es la de visitar la "gran manzana", todavía no he conocido a nadie que haya vuelto decepcionado de la visita. Espero impaciente los próximos capítulos de la serie.
Espero que la vértebra díscola vaya atendiendo a razones.
Un abrazo.
audreyrose | 26-09-2005 16:33:56
Nueva York, se me presenta como una ciudad cinematográfica, esencialmente. Y es la ciudad donde radica una amiga mía entrañable que justamente trabaja con grupos de teatro... Cuando pienso en Nueva York,pienso en ella y viceversa.
Y recuerdo sus mails gozosos, atribulados (por lo de la Torres), maravillados y sencillos. Vive en un ritmo frenético, como percibo se vive en esa cosmopolita ciudad, viajando y siempre estudiando. Para mí Nueva York representa una gran escenificación.
Sigo leyenbdo tus intensas crónicas Roberto Zucco.
Vir& | 26-09-2005 22:29:21
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Nueva York: Ocho años sin World Trade Center | los ojos de caín | 2009-09-10 16:20:33
[...] Nueva York, una ciudad en la que me encuentro extraordinariamente bien, y me mueve la curiosidad por saber cómo está la zona cero. Mi amiga Eva acaba de regresar de allí y me dice que el agujero sigue siendo eso: un agujero.
Recuerdo [...]
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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