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Roberto Zucco

Lunes, 26 de septiembre de 2005

La primera vez que vi Nueva York (2) La primera mañana.



La luz del día iluminó una realidad: Nueva York es la ciudad mundial por antonomasia y sus excesos son la parte más significativa de esa verdad incontestable. Como eso ya lo intuía, había planificado con extrema minuciosidad la administración de la sorpresa. Por eso lo primero que hicimos fue subirnos en un helicóptero que nos delimitó con precisión el perfil de sus barrios, los límites que el Hudson y el East River imponían a derecha e izquierda, empequeñeciendo pedagógicamente lo que los días siguientes fuimos conociendo en su estatura precisa. Fuimos pájaros algo menos de un cuarto de hora, pero lo suficiente para que el espectáculo nos cortara la respiración, en especial el momento en que, después de haber sobrevolado la Estatura de la Libertad y la isla de Ellis, el aparato se dirigió hacia los edificios del sur de Manhattan tomando altura y mostrándonos detrás los grandes secretos de la ciudad. En ese momento vimos todo Nueva York, con sus barrios, calles y plazas, como cada día suelen vivirlo las gaviotas más intrépidas, o como años más tarde debieron verlo, aterrados, los rehenes que iban a estrellarse contra las torres del World Trade Center que en ese instante ejercían de embajadoras, ajenas a lo que ocurriría en Septiembre de 2001.

Broadway serpenteaba hacia el norte en forma diagonal, intentando destrozar la precisa simetría de las avenidas. El trazado horizontal de las calles, al principio con un orden confuso, pero que cada vez se hacía más perfecto conforme avanzábamos hacia arriba, completaba un trazado urbano que imponía desde el cielo un meticuloso contrapunto a la desbordante actividad. A la derecha quedaba un poco camuflado el Empire, y un poco más allá, cinematográfico y coqueto, el bello edificio de la Krisler resplandecía con luz propia. Y los puentes: la belleza centenaria del Brooklin Bridge, la discreta funcionalidad del y la majestuosidad metálica de Queensboro, que inmediatamente me trajo a la memoria la imagen de Woody Allen y Diane Keaton serenamente sentados en un banco observando el mitigado trasiego nocturno de automóviles y personas.

Central Park era un inmenso cuadrado verde, casi un bello anacronismo, y Times Square apenas tenía relevancia, porque ese lugar está diseñado para empequeñecer a quien lo mira a escala humana, y, de manera especial, con las luces y efectos propios del espectáculo. Me fijé en el edificio lejano del Museo de Historia Natural al que iríamos una tarde para ver el Planetarium, y justo enfrente, a la derecha, busqué y encontré el edificio majestuoso del Metropolitan en donde percibí con extrema precisión sus amplias escalinatas atiborradas de personas diminutas que pretendían ser las primeros en entrar aquel día para ver sus inmensas colecciones de arte.

El aparato giró a la derecha para iniciar el regreso al punto de partida. Era una mañana limpia, con un sol incipiente que desde las alturas quedaba ampliamente contrarrestado por una brisa fresca pero que presagiaba otro día de calor. Aún tuve tiempo de hundir la mirada en el Rockefeller Center, con sus altos edificios y su patio interior, lleno en todas las estaciones del año, el Radio City Music Hall, del que distinguí a la perfección sus letras rojas, y ahora sí, de manera preferente, el Empire State Building de mis sueños infantiles, alto y esbelto, indemne a los ataques de King Kong aunque más discreto que en las películas musicales de los años cincuenta debido a la pérdida de protagonismo, que no de belleza, que las torres gemelas le habían ocasionado. Vi gente asomada a su terraza, y casi tocamos con las yemas de los dedos la punta estilizada de su mástil.

Esos lugares que descubrí aquella mañana fueron posteriormente saboreados y analizados en ese viaje y en otros muchos posteriores. A Nueva York he regresado acompañado y muchas veces solo. Sin que las personas que han venido conmigo deban sentirse despreciadas, prefiero perderme solo por las calles de Nueva York con una autonomía que me permite pensar en libertad y sentir la sintonía de mi pulso con el suyo. A veces ese pulso es intimidatorio, febril, inhóspito, estresante. Sin embargo, la mayoría de las veces es protector, envolvente, integrador, cálido, humano, interracial, generoso. Ir en metro hacia el Bronx es para mí tomar conciencia de que los blancos somos personas imperfectas a las que nos falta un pigmento, y hacerlo hacia Wall Stret o Battery Park me supone siempre una suerte de reconciliación con una condición humana, laboriosa y ensimismada, que lee o escucha música en público con la naturalidad que lo haría en el dormitorio de su casa.

Pero aquella primera mañana que empezó en los aires acabó por los suelos, con los tres sentados en un restaurante irlandés situado en las inmediaciones del Pier 17, zona de tiendas y servicios desde la que hay un magnífica vista del Puente de Brooklin. Mi primo nos explica cómo es su vida y la de su mujer, a la que esta tarde veremos en el teatro, y las diferencias con la española. Están perfectamente integrados, y, según parece, no tienen el más mínimo interés en regresar. Esa firmeza, que en ese momento me sorprendió bastante, los años la han ido resquebrajando. Ahora, en 2005, sé que espera un hijo, y tal vez su pensamiento esté centrado en diseñar el instante del regreso definitivo.



Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (5) | Referencias (0)

Comentarios

Los cuentas tan bien que a una le parece estar allí.
Un beso.

ladesordenada | 26-09-2005 22:42:37

Esa cercanía con tus recuerdos tan nítida transfigura la experiencia-lectura.
Recuerdo aquello de 'la imagen óptica pura' descrita por Gilles Deleuze y en esta comunión entre tus recuerdos y la personal lectura, Nueva York es la gran ciudad a cuya belleza he tenido el placer de interiorizar.

Un abrazo.

Vir& | 26-09-2005 22:44:34

Brilliant, my friend. As usual.

Un abrazo.

Portorosa | 27-09-2005 10:55:45

A mí la claridad y el ritmo me recuerdan, sobre todo, la prosa del poeta Gil de Biedma. Y hay algo más, no sé bien cómo decirlo, tal vez en ambos la misma experiencia del tiempo.
Sé que te leo por eso, aunque apenas comente, de él no puedo leer ya nada nuevo.

jpw | 27-09-2005 16:10:29

¡Zucco, canalla!. Y yo que te creía al borde de la tetraplejia tras tus textos de narcisismo traumatológico... y vas y te descuelgas con estos soberbios paseos sentimentales por New York, con la de rato que te habrás estado criando chepa ante el ordenata y resistiendo, con un par. Eso es que la cosa no está tan mal. Me alegro. Felicidades por tu recuperación, por la extraordinaria calidad de tus últimos textos (sigues superándote) y por cosechar el envidiable piropo de jpw al compararte con Gil de Biedma.

Ernesto | 28-09-2005 02:05:17

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