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Roberto Zucco

Viernes, 30 de septiembre de 2005

La primera vez que vi Nueva York (4) Woody Allen



Los lunes Woody Allen toca, o tocaba, el clarinete, en el Michael´s Pub, un bar restaurante situado al este de Manhattan. Dentro de la planificación exhaustiva que yo había elaborado, esa era una de las citas imprescindibles.

Confieso que sentía entonces y siento todavía por él y por su obra un interés especial. Sintonizo con su peculiar e inconfundible sentido del humor, que funciona a modo de disolvente en ese magma menos cristalino, existencialista y contemporáneo que inspira y preside el sentido último de su filmografía. Algunas imágenes de sus películas –por ejemplo esas ya canónicas en blanco y negro de “Manhattan”, o algunas de “La rosa púrpura del Cairo”, “Septiembre”, etc, las tengo ya interiorizadas y son, de alguna manera, propias. Reconozco que en su obra total puede haber películas mejores y peores, pero creo que todas tienen un sentido, que son parte de un mosaico que, dentro de unas décadas, se considerará como una de las claves imprescindibles para comprender los finales de un siglo y los comienzos de otro. Por eso habíamos reservado mesa a las “seven o clock”, desde hacía varios días.

Pero lo cierto es que ni a través del teléfono ni por ningún otro procedimiento nadie nos había asegurado que ese lunes en concreto, Allen y su banda tocarían allí, o que harían acto de presencia siquiera. Ir al restaurante podía ser una opción equivocada e inútil, pero ese punto de incertidumbre presidió desde el comienzo una de las tardes más interesantes de nuestro primer viaje a Nueva York que iba a comenzar de una manera estrafalaria: saludando personalmente al propio presidente de los Estados Unidos.

Así fue. La calle estaba cortada al tráfico, y esas típicas barreras de madera que la policía de NY suele poner para cerrar los accesos se extendían a lo largo de toda la acera. No pasaba nadie, a pesar de que estábamos en un lugar de enorme actividad, y sólo había dotaciones de la policía, que, inesperadamente, nos habían permitido pasar. Me acerqué a uno de esos voluminosos oficiales que suelen salir en las películas, que por su aspecto me pareció hispano, y me dijo que el mismísimo Bill Clinton estaba a punto de pasar de camino a una reunión con el Gobernador de Nueva York.

Recuerdo que estábamos justo en una esquina desierta cuando el séquito del presidente asomó por el otro extremo de la calle. Coches y coches de protocolo, con vistosas luces, y abundantes motoristas precedían al de Clinton que, justamente se paró a nuestro lado, tan solo separados por los cristales de su ventanilla, durante unos segundos, seguramente por alguna razón de carácter técnico. La absurda situación se prolongó casi medio minuto y fue tan rocambolesca y, hasta cierto punto, tan embarazosa para ambas partes, que Clinton nos miró fijamente y nos saludó con la mano derecha sonriendo abiertamente. Parecía como si se disculpara de este extraño equívoco. Nosotros, confundidos, le devolvimos el saludo.

Después de esta experiencia presidencial llegamos al restaurante los primeros. La sala era de proporciones medias, con un leve tono irlandés, y en el centro se destacaba una especie de pequeño escenario. A pesar de que éramos los únicos, un camarero colombiano nos puso bastante alejados de ese lugar donde supuestamente Allen y sus muchachos iban a actuar.

Poco a poco aquel lugar se fue llenando. Todo el mundo se hacía la pregunta de rigor: ¿Actuaría este lunes Woody Allen?

Tendría que emplear mucho espacio para describir las líneas esenciales de lo que allí sucedió. En primer lugar, que gracias al camarero colombiano, estuvimos sentados durante media hora a un metro del cineasta y de su reciente novia coreana que, a su vez, estaba acompañada por una joven que podía perfectamente pesar doscientos kilos, y que esa cercanía me facilitó poder observarle atentamente y darme cuenta de que su traje color crema estaba lleno de arrugas. Pero lo más sorprendente de todo fue que, tanto en los momentos de descanso como en los de actuación propiamente dicha, no miró al público directamente ni una sola vez. Los aplausos que éste le dedicaba los agradecía otro compañero, que ejercía de maestro de ceremonias y jefe de la banda. Nunca miró, nunca sonrió, nunca manifestó ninguna reacción llamemos lógica, de felicidad, compañía o a agradecimiento.

¿Qué puede significar, por tanto, para este hombre, fundirse cada semana con el resto de los mortales, pero en un acto de comunicación incompleto, o, por lo menos, extraño? ¿Se trata de una de esas terapias a las que él parece tan aficionado? ¿Es el placer de tocar una música que ama lo único que le mueve, o le movía a trasladarse hasta ese lugar, y, de paso, asumir el riesgo de que un chalado le descerraje cuatro tiros? ¿Ese peligro evidente, en una ciudad famosa por el número de desequilibrados por metro cuadrado que la pueblan, forma parte de la propia naturaleza del acto?

He tenido ocasión de ver recientemente un reportaje sobre una de las giras mundiales que la banda de jazz han realizado por Europa. Woody Allen se muestra esquivo de manera sistemática con alcaldes y organizadores, pero sin llegar a este extremo de solipsismo que intento describir. Es decir, a veces sonríe de manera más o menos forzada, y debe ensayar algunas palabras en público. La razón de todo este esfuerzo de comunicación parece ser que es sencillamente el amor que nuestro hombre tiene por este género musical, y nada más, pero desde aquel día, siempre que lo veo, creo que en este acto de veneración artística hay gato encerrado.

Cuando salimos de aquel lugar nos hacíamos estas preguntas que, a día de hoy, todavía nos seguimos haciendo. Anochecía, y cabizbajos nos pusimos a caminar hacia el sur en dirección a nuestro hotel. En cualquier caso, sean cuales sean las respuestas, pocas veces me he encontrado ante el espectáculo de la soledad humana en estado tan extraño y tan puro.

Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (12) | Referencias (0)

Comentarios

Oh... Allen se ilusiona creyendo que la gente va a verle como músico, se ilusiona creyendo que lka gente se olvida del Allen-director de cine-estrella y sólo va a escuchar jazz que , accidentalmente, toca el Allen-músico. De alguna forma, el debe establecer una separación, algo que indique al espectador que el Allen que está ahí tocando no es el que dirige cine ni el que después se cepilla los dientes antes de acostarse y habla de baloncesto o de la cantidad de deberes que les ponen a los niños en los colegios estadounidenses. Ese alejamiento, ese no mostrar actitud alguna hacia el público es obvia si él, Allen-músico, no cree ser el lider de ningún grupo sino un músico más de una banda. Y no tiene otra forma. ¿Cómo puede estar seguro de que la gente que va a verle tocar lo hace porque realmente quiere escuchar jazz o quiere ver a ese famoso director de cine que además toca el clarinete? No lo puede preguntar y si lo hiciera, todo el mundo mentiría, o quizá le diría la verdad, ¡venimos a verte de cerca, Woody!. Así que ese desdoblamiento es completamente normal. Yo lo encuentro no sólo normal sino la opción más inteligente para conseguir un público fiel, ajeno a mistificaciones y adoraciones inverosímiles. Es exactamente lo mismo que hizo Baremboim en Granada hace muy poco: se lanzó sobre una obra de música concreta, muy bien explicada y señalada en todos los folletos que se publicaron del evento. No obstante estaba lleno. Muchos salieron terriblemente decepcionados porque lo que dirigió Baremboim les pareció horrible y estridente.

¿Necesita Allen de la música para llenar un salón de actos o esa banda sin Allen llenaría un salón de actos? Allen-músico se esconde. Del Allen-director, ni existe.

Cecilia B. | 30-09-2005 03:30:23

No es un gran intérprete, ni si quiera alcanza la mediocridad con su instrumento ...

Ni el expresidente que te saludó ... ni Robert Crumb ... ni Bruce Willis y todos esos tambien llenan escenarios aunque sonrían más que él ... bueno Crumb no sonríe demasiado. Sonríen sus dedoslápices por él.

Si Allen-director/guionista/actor/ no existiese, Allen-músico seguiría tocando escondido dando las gracias por lo bajini por poder vivir el jazz desde dentro comodamente sentado en un taburete en un bar y no en la boca de cualquier metro o plaza de NY ... si es que el trabajo le permitiera dedicar tiempo a ello ...

Por cierto y redundando Allen-músico sería más bien Allen-quieresermúsico.

Ivan Z. | 30-09-2005 16:44:16

Por muchas cosas que voy sabiendo, y por sus películas, que admiro, tu artículo me hace pensar que si hay una ciudad en una persona encarnada es Nueva York en Woody Allen.

audreyrose | 30-09-2005 18:08:40

Creo que Allen es, en realidad, un misántropo. Un perspicaz observador fóbico. Los demás, para él, somos una inagotable fuente de gérmenes. Manchamos. Nos contempla, desde sus enormes y anticuadas gafas, con mirada de entomólogo. Nos teme y nos rehuye, pero le fascinamos. La suya es una misantropía erótica. Necesita nuestra atención, no obstante, porque él es un artista, un artista genial por cierto. Es decir: su personalidad, además de curiosa y huidiza, es narcisista. Exhibicionista. Amante del jazz, mediocre intérprete de clarinete, probablemente encuentra en esa solitaria actuación del Michael´s Pub una terapia a la medida, tal como intuye mi querido Zucco. Se expone a las miradas del público, pero no mira a nadie porque, precisamente, el público es su doble y contradictorio objeto libidinal. No sonríe, no habla, no se relaciona. Se limita a gozar del placer perverso de "masturbarse" sobre el pequeño escenario. Es un acto onanista deliberadamente ritualizado bajo la mirada de otros. Allen acude al "peep show". Disfruta durante un rato con su fálico clarinete, mientras el público -incómodo- percibe confusamente la falsedad -de nuevo, como en cualquier "peep show"-, esa extraña frialdad un poco sórdida, el malestar consigo mismos por la absurda "excitación" ante el engaño. Él es un neurótico y sus conductas son, a menudo, compulsivas. Pero, ¿y el público?. Mitomanía, tal vez. No sé. Para poder opinar, tendrían que acudir a mi consulta -tengan, aquí está mi tarjeta-. Cien dólares la sesión, no es tanto teniendo en cuenta mi reputación. Espero verles pronto.

Fdo.: el psiquiatra de Woody Allen.

Ernesto | 01-10-2005 00:19:16

Me hubiera gustado estar ahí contigo. También ahí, quiero decir. ¿Y tu vértebra?

Elena | 01-10-2005 01:27:39

Woody Allen y Nueva York , una unión explosiva . Me encantan sus películas y por supuesto que me gustaría ir a escucharle tocar el clarinete .Me parece un artista y como tal creo que puede ser bueno en muchas facetas del arte .
Saludos

Gatito viejo | 01-10-2005 16:53:08

No soy cinéfilo, pero si tengo que elegir un director, o las películas de un director, sin duda elijo a Allen. Me encantan sus películas, y voy a verlas buscando lo que para otros se resume en "Siempre es lo mismo": Nueva York, sus personajes, sus diálogos, sus bandas sonoras, sus parques, sus pisos alucinantes, etc.
Si no es buen músico (cosa que desconozco), es evidente que la gente va a verlo por ser quien es. No creo que nadie vaya a discutirlo.
Me parece gratuito apuntar una explicación a por qué se comporta así en el escenario. Excepto para su psiquiatra, of course.

Un abrazo.

Portorosa | 01-10-2005 17:45:51

Ah, ahora me gusta más este hombre.
Si hubieras contado que se levantaba a hacer recerencias y sonreía como si estuviera feliz, me hubiera extrañado.

En el documental que vi en la tele, se mostraba tal como le viste al final en ese Club. Hosco, algo pedante. Tan sólo algo. O sea que su comportamiento es el natural en el hombre que vi en el documental.
Si por ejemplo tuviera tu personalidad, sería chocante verle con esa actitud que describes.

Y a parte, lo que escuché que interpertaba en el documental no estaba nada,nada mal, no me sonó mediocre. Y no diré que soy una experta escuchando
clarinetes, mas sí escucho bastante música y el jazz
tiene un lugar preferencial entre mis sesiones en casa o en conciertos en vivo. Woody Allen: no es quizás un eximio músico, mas sin duda es bueno.

Tu post me ha encantado, desde ahora lo cosnidero uno de los posts fetiches. Lo guardo.

Vir& | 01-10-2005 20:48:46

Yo no tuve que irme hasta NY para verle, pude hacerlo en mi ciudad y pude ver a Allen saliendo del recinto, hablé con sus músicos y firmaron mis entradas.

No hay que buscarle tres pies al gato, Woody es, simplemente, introvertido. Se siente inseguro el 100% del tiempo. Le encanta la música y por eso actúa pero el que se suba a un escenario no quita el que deje de ser alguien tremendamente tímido e inseguro.

Hay muchísimos músicos que se suben cada noche a tocar y son como él pero por nada del mundo dejarán de hacer lo que más les gusta :)

Radar | 01-10-2005 23:37:05

Dicen que es muy tímido, que no le gusta nada que le agasajen. El jazz en vivo ya sabes que es muy especial, que público y artista se funden.
Ohh, Woody... Soy un fan de este artista, como actor y director, claro... Lo del clarinete ya es otra cosa. Dicen que es bastante bueno.

pau | 02-10-2005 20:28:51

Es muy tímido. Eso es todo. Las "conjeturas" de mi comentario anterior eran sólo eso, un divertimento, una digresión "alleniana" sobre el personaje, un a modo de homenaje humorístico. Que alguien piense que buscaba tres pies al gato, o que en verdad me erigía en juez, en analista, en crítico de jazz... sólo puede deberse a que no he sabido explicarme bien (sin dejar claro el tono tiernamente irónico). Lo siento. Allen me gusta, me lleva gustando toda la vida, forma parte de ella; le admiro y le sigo haga lo que haga. Yo creo que él sí hubiese captado a la primera el sentido de mi comentario (me queda el consuelo de esa certidumbre).

Ernesto | 03-10-2005 17:31:52

hola me gfustaria conoser ala ciudad q amor pero nunca etenido la opurtunidad de ir a nueva york soy de venezuela

luis rivas | 17-10-2005 17:25:39

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