Sábado, 01 de octubre de 2005

Desde aquel primer viaje a Nueva York he vuelto casi todos los años al menos una vez. La visita se ha convertido en una cita emocional inexcusable y en una especie de necesidad física e intelectual. Hubo veces que terminaba mis clases de interpretación en Zaragoza a mediados de Junio y al día siguiente me paseaba por Bryan Park, o por el lago de Central Park, sorprendido y feliz por ese cambio tan radical de paisajes y de perspectivas. Siempre he pensado que esta ciudad me relaja “por aplastamiento”, a diferencia de otras relajaciones playeras que lo hacen por “amuermamiento”, que, paradójicamente y solo con alguna excepción, terminan siempre tensando aún más mis nervios.
Aquí encuentro anonimato, un anonimato antropológico. Es sentirse perteneciente a una especie animal de la que pierdes la perspectiva en la reducida capacidad de tu hábitat habitual, conocido y chiquitín. Me gusta, como decía hace unos días, esa sensación de no ser nada para nadie, de pasear y observar sin ser visto, de estremecerme ante el espectáculo de la conjunción de las escalas: la grande y la pequeña. Porque para mí y sobre todo esto es Nueva York, un punto de encuentro entre el microscopio y el telescopio.
Curiosamente Nueva York no ha ido perdiendo con el uso ese aspecto literario, estilizado y artístico, que tuvo en mi interior antes de conocerlo. Es decir, mantengo bien calentito el mito y la leyenda, y, consecuentemente, las ganas de volver. Frecuentemente he vivido el placer de buscar lugares que sirvieron de platós a esas películas en blanco y negro que nos enseñaron en cierta manera lo que era el propio cine. Grand Cental Station, por ejemplo, me recuerda siempre a unos marineros bailando (Gene Kelly, Frank Sinatra y Betty Garret), y el Empire State Building se alía en mi cabeza con ese mono gigante que nunca llegó a aterrorizarme.
Después de conocerla me he seguido empapando de textos sobre ella y suelo enterarme de los estrenos teatrales a través de la versión on line del “Play Bill”. Había leído los textos de Paul Morand, y de Eduardo Mendoza, entre otros, pero mi querida Amanda me recomendó aquellas “Ventanas de Manhattan”, de Antonio Muñoz Molina y le hice caso, venciendo una cierta resistencia contra su autor que otras veces me había defraudado. Ese libro me encantó, ciertamente, por la proximidad que sentí entre algunas sensaciones (supongo que de raíz generacional) del escritor y las mías propias. En concreto asocio su miedo personal con una de las noches más amargas de mi vida, recién aterrizado en uno de mis primeros viajes y todavía convaleciente de una enfermedad, en donde de manera inesperada y absurda sentí algo así como un ataque de pánico. Quise volverme en mitad de la madrugada, y, de hecho, estuve a punto de hacerlo, pero una pastilla para dormir me arregló el cuerpo y al mente, y la inmensidad acechante de las calles se convirtió en tranquilizadora colcha que me devolvió a mi estado natural en cuanto me hizo efecto. Los ruidos del exterior (coches, ambulancias, bomberos, tuberías), presentes a todas las horas del día y de la noche, se convirtieron en una especie de arrullo infantil que acabó por dormirme como un angelito. A la mañana siguiente recordaba todo aquello, y así lo reflejé en mi diario, como el que ha visto las pinturas negras de Goya.
Al regresar a España conservo unos días una especie de “mono” que, a diferencia del que padecen otros menos afortunados, yo intento estirar el mayor tiempo posible. Me trago estoicamente películas horribles, pero en donde se fotografía la ciudad (recuerdo “Jungla de Asfalto III”, horrorosa en sí misma, en donde por casualidad aparecía tres segundos un actor que me acababa de deslumbrar en directo), o deslizo la mirada por cuadros de Edward Hopper y otros artistas norteamericanos, como Richard Stess o Mark Rothko. Releo hasta la saciedad programas de los espectáculos vistos (siempre cinco o seis en cuatro días), y, sin duda, recapitulo sobre las líneas de actuación que debería emprender en el próximo viaje a resultas de las inevitables carencias del que acabo de concluir.
En Nueva York, porqué no decirlo, me he puesto a prueba de forma voluntaria varias veces. Puede parecer arrogancia, pero con peligrosa frecuencia me siento una persona invulnerable, algo que, es una estupidez decir, no soy en absoluto. Además de ir a teatros, museos y restaurantes, lugares a los que suelo volver siempre (¡Ay, el “Un deux, trois”, de comida francesa...!) me ha gustado desafiar la frontera de lo permitido y lo razonable exponiéndome a algunas situaciones poco prudentes y recomendables, aunque siempre en cantidades estadísticamente moderadas. Por eso conozco también parte del Bronx (una pared almacenaba los nombres de los más ilustres pandilleros muertos...), algunas zonas de Harlem, y bastantes barejos de mala muerte de los que empezaré a escribir en algún momento. (No hablemos de clubs de jazz...) He hablado mucho con taxistas (como aquel colombiano que me preguntó seriamente si en España se hablaba todavía español o ya solamente en inglés...), con camareros, con guías turísticos, con algunos amigos residentes, como Angel Gil Orrios, que regenta un teatro de repertorio latino en el barrio de Queens, y, sobre todo, me he sentido increíblemente vivo y feliz.
He observado, por último, que somos una raza aparte los que sentimos este mismo tipo de afecto por la gran manzana. Creo que nos han envenenado con algo, o que Nueva York nos proporciona el ámbito perfecto para sentirnos bien. Una suerte de diván de sicoanalista o de espejo borgiano. No lo sé.
En Nueva York hay ahora una presencia y una ausencia muy notables. Paradójicamente sigue estando presente un muerto: John Lennon. Voy siempre a ver la puerta del Dakota Building, donde Polanski filmara “La semilla del diablo”, lugar donde aquel descerebrado le quitó la vida después de que el cantante le firmara un autógrafo. (En el próximo viaje me he propuesto seguir el último rastro de George Harrison).
Pero me faltan las torres gemelas. Lloré comprobando su brutal ausencia en uno de mis últimos viajes. Ese día vi atardecer desde el puente de Brooklin mirando hacia Manhattan. No volví la vista hasta que no me encontré en el centro del puente, en medio del East River. No estaban ya, y la ciudad no sólo había menguado sino que la noté amputada, herida para siempre, hagan lo que hagan para rellenar ese hueco estremecedor en donde una de las víctimas llevaba mis apellidos invertidos. Las luces de las oficinas comenzaban a encenderse pero todavía se adivinaban los últimos rallos del sol por el oeste. Fue algo deslumbrante, conmovedor, que me llenó de una emoción de la que me sentí muy orgulloso y reconfortado. Creí ser muy humano, muy solidario con quienes habían trabajado en ellas, con quienes se arrojaban desesperados al vacío, con quienes desde abajo contemplaban horrorizados e impotentes su vuelo hacia la muerte. Me acordé en concreto de aquella joven dependienta mexicana de una de las tiendas del sótano del World Trade Center que dos meses antes del 11-S gentilmente me vendió un pijama para mi hijo y me sentí de alguna manera ligado a su destino.
¿Qué habrá sido de ella, de esa cara que jamás he podido recordar?
Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (9) | Referencias (0)
pues sí, nueva york impone, de alguna manera es la ciudad más soñada de conocer, verdad? Tantas historias, tanta gente... no sé.. todo ha pasado o pasa por allí... pero San Francisco tiene algo que marca más... creo yo...
elisa de cremona | 02-10-2005 00:12:54
¡Qué maravilla, Roberto! ¡Qué maravilla, todos estos textos sobre Nueva York!
Te doy mi enhorabuena (si es que tiene algún sentido algo así) por el nivel que mantienes, máxime teniendo en cuenta lo mucho que escribes.
Un saludo, y gracias.
Portorosa | 02-10-2005 00:27:43
He callejeado contigo, he reencontrado contigo, me he emocionado contigo y sólo espero no tener 'mono' contigo.
Una serie muy buena, mi Zucco.
Besos.
amanda | 02-10-2005 10:14:05
Genial esta serie, mi adorado Caballero. Creo que gracias a ti el día que vaya a Nueva York podré sentir que "vuelvo" a ella por segunda vez. Y eso no tendría ningún mérito si no fuera porque no he estado jamás.
Muchísimos besos.
Iris | 02-10-2005 17:20:41
Decidido. Compro un pasaje y me voy a Nueva York .Yo tengo que ver por mi mismo todo esto y sentir en mi piel esa ciudad que te aporta tanto .Saludos
Gatito viejo | 02-10-2005 19:42:05
A veces he sentido que Nueva York siendo una ciudad
representativa de Estados Unidos, es a la vez como una ciudad aparte. Cosmopolita. Única, como si fuera una ciudad autónoma.
Seguramente San Francisco debe tenersu encanto,su fuerza. Mas Nueva York, siempre me
pareció que sería lo que visitaría de Estados Unidos cuando viaje...
París...,¿conoces París?.
para mí lo más entrañable del cine está en París, mi querido Roberto Zucco.
Sin embArgo,creo que ahora ya no diría que no me importaría si no fuera a NuevA York. Creo que sí me importaría y mucho.
Vir& | 03-10-2005 14:35:32
he leido todos tus articulos de NY... ha sido siempre mi ciudad por descubrir... Siempre he soñado desde pequeña llegar a Nueva York.. queria tambien casarme en Las vegas y mi luna de miel pasarla en Nueva Orleans... ya no hay torres gemelas y nueva orleans...que decir.... pero con Woody sigo recorriendo NY y Manhattan todos los años..
AYer volvi a ver Erase una Vez en America... y me acorde de ti..
La Divina Gilda | 03-10-2005 16:43:01
No sé cómo se puede escribir un sonoro aplauso, entusiasta, sorpresivo y sorprendido (como esa sensación que se produce cuando acabas de ver una obra magnífica y a su término no puedes ni levantar los brazos de la butaca para poder aplaudir, pero al segundo y medio te levantas exaltado y sin remedio aplaudes hasta que te duelen las palmas de las manos).
Nada más qué decir. New York siempre lo uniré, entre otras cosas, a ti. Besos. C.
Calamity | 04-10-2005 12:39:58
MUY BONITO TU COMENTARIO SOBRE N.Y .YO VIVI ALLI DOS AÑOS Y FUERON FANTASTICOS. TRABAJE CON ANGEL GIL, YO SOY ACTOR,EN UN MONTAJE QUE HICIMOS DE CALDERON "EL GRAN TEATRO DEL MUNDO"EN LA CASA DE ESPAÑA Y EN OTROS SITIOS.TE AGRADECERIA ME ENVIARAS LA DIRECCION DE ANGEL GIL EN N.Y. GRACIAS POR LA ATENCION.MAURO
Mauro Muñiz | 15-10-2005 17:20:15
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com