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Roberto Zucco

Lunes, 14 de noviembre de 2005

Soledades (5) Ese hombre de la foto.

Alguien en su interior -¿fue una voz, fue un duende?-, le advirtió que estaba llegando al límite del precipicio, y hoy se ha cumplido el aviso. Fue hace un momento. Este hombre comprendió que ya volaba, en caída libre, hacia ningún sitio.



Atrás quedaron imágenes. Una familia, tres hijos pequeños, que desaparecieron de su corazón y de su vida de pronto. ¿De pronto? No, de pronto no pasan las cosas. Vienen arrastradas lentamente, pero somos nosotros los que advertimos su peso en un segundo de lucidez. Aquellos niños eran su vida, y los perdió. Pero también perdió -¿cuándo ocurrió eso, antes o después de perderlos a ellos?-, la conciencia de su propia corporeidad, de su propia realidad, el dibujo exacto que comienza a esbozar siempre un carnet de identidad por modesto y arrugado que esté. De la dignidad no hablemos. Ese lujo pertenece a otra vida, antes del alcohol, antes de la soledad de las frías noches pasadas a la intemperie, buscando que el calor de esa tubería que tanto conoce le impida congelarse.

Como esta historia hay muchas, sin duda, pero yo conozco ésta y es de la única de la que puedo hablar. Pasó de ser un hombre normal a una ruina humana. Vive solo y olvidado de todos. Ha visto morir recientemente a otros que, como él, lo perdieron todo. Salvajes urbanos de extrema derecha le han golpeado en tantas ocasiones que la memoria de los golpes se entremezcla con la de las caras de esos niños perdidos. Sus ojos parecen ver hacia dentro, porque cuando alguien cruza por delante retroceden para no caer en el peligro de reconocerlo.

Yo lo vi hace años en el parque, paseando a tres niños pequeños, uno en un extraño carricoche desvencijado, que fue pasando de unos a otros. Si hubiera nacido un cuarto, también desde él le hubieran sorprendido las primeras luces, los primeros contornos de las cosas. Ese coche ha sido una escuela con ruedas. Una mujer diminuta completaba el cuadro de una familia inverosímil, absurda, ridículamente encoloniada, que provocaba la risa general a su paso. La foto se rasgó y él se quedó deambulando por las calles. Centros Asistenciales, Servicios Sociales, instituciones benéficas, familias estructuradas arreglaron un desaguisado monumental que no ha provocado más que víctimas.

Yo le he visto llorar cuando el alcohol le deja. Lágrimas terribles, acompañadas de sonoros jadeos, venidos de las peores regiones del espanto. Cuando Manuel llora se oyen a lo lejos manadas de dinosaurios, que pueden estar muriendo o copulando. Aparece entonces un expresión humana, de infinito dolor y desvalimiento. Es un paso fugaz por una lucidez dolorosa, que dura poco y que debe ser terrible para este hombre, habitualmente desposeído por los recuerdos.

En algunas noches de invierno me acordé de él, salí al balcón y procuré buscar su silueta en la lejanía. Nunca lo he visto, pero siempre lo intuí entre la neblina. Sabe confundirse con los bancos de los parques, las paredes de los edificios, sabe abrir las oficinas bancarias y cobijarse en los cajeros. Sabe conservar la vida, por tanto, para seguir arrastrando esa soledad que a todos nos lacera y con la que él convive.

Pronto lo matará el frío, el alcohol, o algún malnacido con el pelo en forma de cresta. Le quedan horas contadas, días contados, meses contados: el invierno es una buen momento para que estos tres ejércitos enemigos actúen en silencio, de manera coordinada, para destrozar la última foto que le queda en los bolsillos: es él mismo, apoyado contra la pared, con las manos en la cara, llorando desconsoladamente como lo haría una manada de dinosaurios.

Por: Roberto Zucco | Soledades. | Comentarios (16) | Referencias (0)

Comentarios

Caro Zucco,

Me ha dejado usted el corazón en un puño. Gracias por llamar nuestra atención sobre esos pequeños dramas tan cercanos y repetidos que a veces ni los vemos. Está cercana la temporada de "Ya es hora de ser buenos en el C. In...". Espléndido contrapunto. Sigue usted escribiendo como los ángeles.
Un beso

gecko | 15-11-2005 01:16:22

... llorando desconsoladamente como lo haría una manada de dinosaurios que está a punto de extinguirse.

¿Selección natural de Darwin en una gran ciudad?
Dime que este hombre no va a extinguirse, anda, Robertoperdonalaconfianza, dímelo. Dime que si algún día cometo un error podré sobrevivir. Que yo soy muy dado a cagarla.

mot | 15-11-2005 05:34:41

Qué horror.
Y hay gente que por personas así no sienten pena, sino más bien desprecio, o piensan algo así como que tienen su merecido, y hasta se indignan. ¿No somos increíbles?

Portorosa | 15-11-2005 09:51:28

Leche, cuando he abierto hoy tu bitácora y he visto que tocaba una de "Soledades" me he agarrado a los brazos de mi cómoda y ergonómica silla de oficina para enfrentarme a casi lo peor. Qué horror, por dios, qué tristeza. Son inefables ahora mismo mis sentimientos. Se me cae el alma a los pies.

Un beso. C.

Calamity | 15-11-2005 10:11:20

Y ese hombre que ha perdido a su familia?
Ese de Tarragona.
Sale al rellano porque nota olor a gas. Hace lo de todos. Piensa que no es su casa, que es la escalera.
Un estadillo y pierde a su mujer y los tres niños.

Ayer pensaba en él y me horrorizaba. No podía ponerme en su pellejo. No sabría como hacerlo.
Hoy, la primera impresión que he tenido al leerte, es volver a recordarlo.
Y ya sé que no tiene nada que ver, pero mira... me ha cogido por ahí.

pau | 15-11-2005 10:13:13

si, Pau, tiene que ver,son dos ejemplos de la pérdida.Hay un momento que lo tienes todo, y al otro, nada.Unas veces la pérdida es paulatina, pero es ciega.Y el que la sufre, sólo se da cuenta cuando llega ese instante, ese, que marca y te dice :ya no.Ya no tienes amor, ya no tienes familia ,ya no tienes salud, ya no tienes vida.La frontera es siempre un instante

zipi | 15-11-2005 14:19:07

¿Y las que vemos que todo se acaba y no podemos/queremos hacer nada?. Me he visto reflejada en las baldosas del hombre de la foto y no he sentido nada. Empiezo a ser transparente.

Kajsa Bajsa | 15-11-2005 20:11:54

Es verdad en todos los sitios hay gente que se ve navegando por las calles, nadie sabe su vida, sólo que deambula por las calles, en algunos casos se meten con ellos, es verdad, yo cuando veo a los que se pueden ver aquí en mi ciudad, siempre me pregunto ¿cual será su historia?¿ por qué motivo dejó de luchar? siento un cierto tirón hacia ellos, pero también son los que me recuerdan que todo es posible, que no puede uno desfallecer, que cualquier desgracia te puede llevar a una situación similar.
Muy buena historia y de las que hacen a uno reflexionar.
Un saludo

Chusbg | 15-11-2005 22:59:50

Sólo te ha faltado poner una música de fondo muy ténue al inicio, y que en el penúltimo punto y aparte deje oirse nitidamente: "vuelveeee, a casa vuelve en navidadaaa´"
Y no quiero meterme con el director de casting; pero ese actor,esa ropa y los zapatos Husk Puppis no saben lo que es sentarse en los bancos e ir cambiando de sitio antes de que te caigan encima los seguratas o la bofia. Pero como siga haciendo así su trabajo, pronto se va a enterar.
El texto, así rebozado en don Rafael Pérez y Pérez, y Sautier Casaseca, parece un clásico a estas alturas en que nadie los lee.
¿No tendrá usted algún problema hepático que lo inclina a la melancolía y a los aledaños del cementerio?

Gatopardo a Roberto Zucco | 16-11-2005 09:47:28

Soledades…

Todavía no sabemos cuanta soledad hay detrás de todos los transeúntes. Algunos beben… ¿les queda algo mejor por hacer?, ¿debemos juzgarlos por ello? ¿Quiénes somos nosotros, desde la sociedad del bienestar para decirles a ellos lo que deben hacer, lo que está bien o no?

Venerado Zucco, has descrito magistralmente esta soledad descarnada, con su punto de horror y de ternura. Si me permites, puedo aportar, desde el conocimiento unas palabras.

Participo como voluntaria en una entidad que desde hace algún tiempo atiende a los transeúntes que no quieren ir a ningún sitio, bien por voluntad propia, porque no tienen papeles o hay veces que por desinformación de la existencia de servicios sociales.
Durante todo el año, hacemos salidas desde las 21:30 hasta alrededor de la 1 de la madrugada y repartimos café, leche, agua, azúcar, galletas, algo de comida y en invierno, mantas. Visitamos cajeros automáticos de la Caixa que es la entidad que queda abierta por la noches.
Las visitas empezaron con un café muy impersonal pero la trabajadora social que es una excelente persona, ha implantado un programa para captar a la gente e intentar establecer un vínculo con ella, detectar sus necesidades y ofrecerles ayuda.
Pero contar cosas, hablar con ellos, es arañar en las heridas tan profundas que ellos tienen y que nunca dejan de escocer. Pasan meses hasta que estas personas son capaces de contar algo suyo. No quieren nada, ni café ni conversación.No hablan.
Les ha ido tan mal, están tan destrozados que no comparten nada. Un día fueron y hoy no lo son. Zipi lo describe muy bien:"la frontera es siempre un instante".

Os puedo hablar mínimamente de Antonio, de la zona centro, que es un señor mayor a quien un joven, cuando sale del gimnasio, entrega un bocadillo y charla con él. No es voluntario de nuestro grupo, pero hace una labor tan buena como la nuestra.
De los extranjeros, que no tienen ni donde ir, ni donde comer, porque en el albergue municipal y en el comedor de la parroquia del Carmen, exigen identificación.
Del expresidiario que duerme en la calle y al que la trabajadora social ha conseguido un abrigo que no quiere utilizar porque está limpio y ha de dormir en el suelo.
Del marroquí, que aunque fue atendido en un centro hospitalario, no tenía dinero para comprar el tratamiento médico.
Del chico alto, joven y de color que de lunes a jueves duerme en un cajero pero que desaparece el viernes porque salen los skind…
Hace muy poco uno de ellos nos dijo que no lo molestásemos que fuésemos a los puentes que allí estaban los verdaderos necesitados.

Venerado Zucco, debajo de los puentes de nuestro amado Ebro.

amaltea | 16-11-2005 10:21:28

Querido amigo: conmovido por su aguafuerte tan fieramente humano, me veo obligado a salir para aclarar que a usted no le pasa nada en el hígado, sino en el corazón (que es enorme). Eso es lo que le pasa, que lo sé yo. Lo digo por las dudas. Un abrazo muy fuerte.

Ernesto | 16-11-2005 20:45:31

Me han dado escalofríos al leerte. Debería estar acostumbrada a esta imagen, a un relato como este porque esta Ciudad está cargada de historias idénticas, de las mismas soledades, de esquinas llenas de personas abandonadas, de bancos cargados de seres que dejaron de existir para los demás, de parques helando los huesos de muchos... porque mi ciudad es fría en cualquier época del año, fría de sentimientos, de roces entre personas que ni tan siquiera se miran al pasar.

Es muy triste, una realidad tremendamente triste.

Un besito

Perlanegra | 17-11-2005 01:38:45

Me han dado escalofríos al leerte. Debería estar acostumbrada a esta imagen, a un relato como este porque esta Ciudad está cargada de historias idénticas, de las mismas soledades, de esquinas llenas de personas abandonadas, de bancos cargados de seres que dejaron de existir para los demás, de parques helando los huesos de muchos... porque mi ciudad es fría en cualquier época del año, fría de sentimientos, de roces entre personas que ni tan siquiera se miran al pasar.

Es muy triste, una realidad tremendamente triste.

Un besito

Perlanegra | 17-11-2005 01:39:25

Movilizar emociones como el sonido de un violín en in crescendo es algo que haces al escribir: ahora tocaste la vida de un sufriente. Alguien perdido para siempre en su eterna noche.

Vir& | 19-11-2005 07:54:15

qué triste! :(

Oda | 30-11-2005 05:26:55

Una historia como otras miles, y no por ello vulgar.
Cerca de donde vivo acampan, bajo los puentes, algunos hombres y mujeres, cuyo único hogar es el calor que les da un brick de vino.
Vidas ahogadas en alcohol.
Vidas rotas, que muy a menudo, rompen las de alrededor.
Triste historia, señor Zucco.
Y real.

saf | 07-12-2005 00:48:59

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