Martes, 20 de diciembre de 2005

Me miraba con unos ojos luminosos. La veía entonces mucho más joven, misteriosamente joven. Nos sirvieron unos primeros platos que nos hicieron olvidar por un momento que tal vez nos íbamos a enamorar en unas horas. Aquello era una intuición germinal, pero las alcachofas estaban realmente buenas, y, nunca mejor dicho, la realidad y el deseo se hacían la competencia de una manera feroz y deportiva al mismo tiempo.
¿Era una mirada de mujer asustada? ¿Era una mirada de mujer que guardaba secretos impensables? ¿Era una mirada de una muchacha a la que las circunstancias de la vida, de su familia, de su país, le hicieron crecer muy deprisa?
La observaba detrás de una cortina de seda. La miraba embobado, asustado, herido por la esperanza de sentirme feliz y por el temor de que todo aquello pudiera acabarse de un modo tan brusco e inesperado como había empezado. Me sentí frágil y fuerte, niño y adulto.
La cena transcurrió con una enorme placidez. Nos habíamos escapado de una extraña cárcel juntos en la que ninguno de los dos queríamos estar y, sin embargo, estábamos. En ese momento de la cena parecía como si la policía nos persiguiera de manera implacable por carreteras y líneas férreas, y en aquel restaurante el tiempo se hubiera detenido y nadie nos conociera. Detrás de aquellas paredes estaba el pasado y el futuro, amenazantes, indescifrables, imprecisos, borrosos, y nosotros éramos dos certezas frente a frente que se miraban implacablemente sorprendidos. Nos mirábamos y nos mirábamos, de frente, de perfil, de costado, por encima y por debajo de una mesa que nos juntaba y nos separaba demasiado, pensando que de una manera indefectible nuestros cuerpos se iban a juntar en una cama grande, frecuentemente hospitalaria. Después, sin duda, vendrían los problemas de la tozuda realidad: los suyos y los míos, los que, a partir de ese momento, íbamos a compartir como consecuencia de esta cena inesperada, primer capítulo de una novela que alguien debería seguir escribiendo.
Por favor, que alguien escriba esta novela. Una novela larga, cálida, con un final lejano y feliz. Sin final.
Me habló, me contó muchas cosas. Le hablé de lo que siempre me gusta hablar cuando me siento bien, confortado por las personas y las cosas que amo, mecido por los sorbos del vino que me gusta, por el postre que me vuelve loco, por ese placer de sentirme vivo debajo del jersey o de la chaqueta de hombre serio.
Le gustaba hablar. La veía feliz por unos instantes. Me observaba como yo lo hacía: con sutileza, con una educación esmerada, fruto no de una enseñanza sofisticada y burguesa, basada en la banalidad y en el vacío de las formas, sino en el conocimiento profundo de lo que verdaderamente somos y a donde vamos los seres humanos, por encima o por debajo de culturas, idiomas y colores. Por eso me habló de su hijo, de nombre shakespiriano, un niño listo que le pide por teléfono el mejor de los regalos posibles: que ella vuelva con él. Me habló también de su querida madre, una mujer sencilla y cálida perdida en las cocinas y en el recuerdo, de sus amigos infelices y de sus queridos amigos, de sus hermanos, de su país.
Cenamos, sí, pero pocas veces en mi vida los alimentos fueron tan secundarios, a pesar de su excelencia. Pocas veces quise tanto que una cena se acabara pronto, para darle la posibilidad al destino y a nuestros cuerpos de que siguieran manteniendo la posibilidad de un milagro.
Por: Roberto Zucco | Restaurantes definitivos. | Comentarios (14) | Referencias (0)
Me he visto identificado en usted señor Zucco en este detallado relato.
Aun con la distancia de edad que nos llevamos de una manera u otra he vivido esa misma situacion.
Y nose como siempre se quedan en la retina esos momentos, esos detalles.
Esas noches de blanco saten que salpican nuestras vidas.
En estos momentos de estabilidad emocional en mi vida.
Por primera vez en ella siente que todo esta en orden.
Que sigue careciendo de sentido pero que tiene orden.
Es increible como una persona puede hacer que todo gire y gire y sientas que estas en una atraccion de la cual no quieres bajar ni que suene la sirena del final de la vuelta.
¡Otra ficha por favor! Pide mi corazon.
Toma hijo, pero recuerda una cosa.
Usala bien..
Que nunca se sabe cuando será la ultima...
Brando Junior | 21-12-2005 03:03:52
Tienes una enorme capacidad, querido Zucco, para ponerme celosa. ¿Y a mí cuando me vas a invitar a cenar?
Elena | 21-12-2005 03:24:30
carlos G | 21-12-2005 03:25:30
¿que mas da la conveniencia a veces? Lo que te deja huella son momentos importantes, segundos, instantes, seguramente"inconvenientes", que se convierten en eternos a través de un recuerdo.Qe mas da si hubo un después de aquella cena:los sentimientos , sensaciones y energías que se desarrollaron bastaron para que una parcela de los recuerdos esté teñida de un color alegre, para que se haya escrito este texto.Yo me alegro
zipi | 21-12-2005 08:26:01
No hay momento más mágico que ése. Fíjate qué curioso que esta noche he tenido un sueño en el que la sensación estaba presente, de un modo raro, pero presente... Hay una expresión en una canción de Sabina que siempre se me presenta cuando pienso en ello: "Ahora que el mundo está recién pintado".
El resto, casi siempre es ceniza. Pero por ese momento de mundo recién pintado, cuando todo es posible, cuando nada hay todavía de lo que tengamos que arrepentirnos, merece la pena cualquier cosa que nos demuestre que aquello (tal vez) no era conveniente...
albanta | 21-12-2005 09:10:38
¿de qué te "gusta hablar cuando te sientes bien, confortado por las personas y las cosas que amas"?
Hummmmm, me gustaría saberlo, disfrutaría sabiéndolo.
Siempre a sus pies maestro Zucco.
amaltea | 21-12-2005 15:37:09
Querido Zucco.
Esa historia ya la estás escribiendo tú. La estáis escribiendo tú y ella y ya es bonita, cálida, feliz, eterna... Está ahí y eso no os lo quita nadie. Lo demás, como dice Albanta, puede ser ceniza (que normalmente lo es, mágica y trágica rutina), pero ese momento extraordinario en el cual el tiempo se queda suspendido en el aire y se pueden palpar los tictacs y la luz se cuela por rendijas y recovecos para iluminar las faces ex profeso y el corazón marcha a todo trapo... es eterno. Esa es la verdadera eternidad. Lo demás es accesorio e incluso inútil. Mejor ni hablemos de ello. Quédemonos con la sonrisa tontamente feliz que nos dibujas en la cara haciéndonos creer que también estamos enamorándonos.
Un besote. C.
Calamity | 21-12-2005 18:43:09
Un hermosísimo tatuaje en el alma este recuerdo tuyo. Son los únicos que perduran.
Precioso texto, mi admirado Caballero.
Muchísimos besos.
Iris | 21-12-2005 18:44:56
Son bonitos y excitantes esos momentos pero después suele venir eso que decía Wody Allen en aquella película después de haber estado con la que el pensaba era la mejor chica con la que había estado" y ¿que tendrá que pasar de malo ahora para que el mundo vuelva a estar en equilibrio?
Suerte mañana en la lotería
Chusbg | 21-12-2005 23:00:53
pepe penas | 21-12-2005 23:54:32
Has puesto a vibrar mis cuerdas con maestría de afinador de pianos. Yo he vivido eso. He sentido, bajo el diapasón de tu relato, la misma melodía sonando aquí adentro, esa vieja canción, esa emoción. ¿Te imaginas vivir sin sentir nunca eso?. El título no debiera ser "restaurantes definitivos" porque, a fin de cuentas, qué importa el restaurante, ¿no?. "Momentos definitivos", mágicos, fugaces, eternos...
Felices fiestas de fin de año y un 2006 con vientos bonancibles, amigo.
Ernesto | 23-12-2005 19:57:22
Vir& | 25-12-2005 09:14:49
Maria Gonzalez Gonzalez | 01-05-2006 18:47:01
...tu felicidad me calienta como esa gran bola de fuego que a veces atraviesa el escenario...vive como un niño mientras queden hombres en la tierra...
Persefone | 16-02-2007 17:53:00
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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