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Roberto Zucco

Jueves, 09 de febrero de 2006

Mi patria es mi infancia. Aparece el teatro (3).

Al llegar a Preunivesitario los extremos de mi personalidad se habían radicalizado por completo. Era un intelectual y un gamberro, ambos en estado puro, y, desde luego, el peor alumno de los Jesuitas, aunque paradójicamente, uno de los que más prestigio tenía entre los alumnos como organizador, dinamizador y creador de actividades culturales fuera y dentro del Colegio.



San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuítas.

La situación allí también había alcanzado cotas inimaginables. El edificio era ya una ruina: puertas rotas, paredes pintadas, pupitres rayados, etc. La subversión había ido en aumento y prácticamente hacíamos lo que nos daba la gana, sin que nadie pudiera aplicar reglamento alguno o utilizar más medidas coercitivas que algunas indirectas y pequeñas broncas, sin mayor repercusión ni consecuencias posteriores. En aquel patente vacío de autoridad y de poder nos habíamos atrincherado y obteníamos victoria tras victoria ante el estupor y la dejación de sus responsabilidades por parte de nuestros educadores. Una de las más importantes fue negarnos desde el principio de curso a ir a clase por la tarde, con lo que teníamos horas libres para nuestros asuntos intelectuales y nuestras citas con las chicas del Sagrado Corazón. Esta medida la negociamos con el Padre V., nuestro profesor de Griego, y, a la sazón, director del Colegio, uno de los que siempre he salvado de la quema, tal vez únicamente por su carácter amable y espíritu comprensivo. Otra, dejar de asistir a misa diariamente, rompiendo una costumbre que ya duraba varios años. Del rosario vespertino no tuvimos ni siquiera que hablar.

En realidad la situación a la que se llegó fue el resultado de una descomposición anunciada, vistas las circunstancias esperpénticas y las personas concretas que teníamos como profesores. Recuerdo la conversación que una tarde tuvimos con un jesuita joven, el padre S., que en Sexto Curso intentaba en vano enseñarnos Literatura, en donde nos reconoció abiertamente que no podía dar crédito ante el triste espectáculo que estaba presenciando entre aquellos muros y del que él inevitablemente se sentía, en cierta medida, corresponsable.

Y es que aquello tenía ribetes de tragicomedia... El Padre Braulio M., por ejemplo, era uno de los casos más pintorescos. Impartía la asignatura de Religión en Sexto Curso utilizando el micrófono de un magnetofón que colocaba encima de la mesa, porque se le había metido en la cabeza que su voz no se oía bien, y lo cierto es que se oía perfectamente. Ese mismo cura, del que se decía que había tenido un pasado de policía de la moral y las costumbres en Valladolid, solía extraviar las preguntas de los exámenes de todos los cursos a los que daba clase por los pasillos, de tal modo que siempre sacábamos unas notas extraordinarias, lo cual le envanecería como pedagogo. El Padre G., un hombre colérico y con cierta tendencia a parecerse a Maquiavelo, que fue nuestro tutor en Sexto, tuvo que aguantar la vergüenza pública de escuchar de labios de nuestro líder y portavoz Pedrito R., y ante todo el curso, una crítica implacable y absolutamente razonada sobre el absurdo concepto de disciplina que se aplicaba en ese sitio y especialmente en la Iglesia y en los actos religiosos. Eran frecuentes las peleas en los pasillos de algunos curas por razones, según se decía, de celos entre ellos mismos... Es decir, una autentica debacle pedagógica, espiitual y humana que nosotros vivíamos como una aventura entre el cachondeo y las actuales “performances”.

Preu fue el final de muchas cosas y de muchas relaciones. Cuando acabamos las clases propiamente en el colegio tuvimos que enfrentarnos con un examen que nos daría acceso o no a la Universidad. Yo suspendí el llamado “específico”, que era la parte en el que se contenían precisamente las asignaturas de Latín y Griego y, sin embargo, aprobé inexplicablemente el resto. Mis amigos aprobaron todo, con lo cual ellos iban a empezar con seguridad la Universidad en Octubre y yo tendría que pasarme por lo menos todo el verano estudiando para no perderles la pista, algo que finalmente ocurrió. Entre mis planes, aunque sin demasiada convicción, estaba comenzar la Carrera de Derecho, que es donde mayoritariamente ellos se iban a matricular. Pero este primer resultado adverso no fue más que el principio de un calvario y de una peregrinación por academias particulares de tercera división que iba a durar hasta Junio de 1971.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Excelente. Leo de una tacada toda la "saga vocacional" y no se me borra la sonrisa de la boca. Un abrazo.

Ernesto | 10-02-2006 02:50:47

Bueno, la verdad que a mi esta vez lo que me ha traido a tu blog han sido las ganas de felicitarte por la gran victoria de tu equipo sobre el Real Madrid, pienso que Zaragoza será una fiesta.
Un saludo

Chusbg | 10-02-2006 03:06:40

No se equivoque, Sr. Zucco: al padre Braulio M. no se le caían las preguntas de los exámenes. Las tiraba. Lo hacía a propósito, y Vd. mismo apunta en su entrada una más que probable explicación de sus motivos.

Duque de Ínsua | 15-02-2006 12:56:55

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