Jueves, 13 de abril de 2006

Tejados de Zaragoza.
Ayer el Real Zaragoza perdió la final de la Copa del España. Qué lástima. Para la ciudad que representa este equipo haber ganado la séptima hubiera sido una enorme inyección de alegría. Yo me hubiera ido a recibir a los futbolistas, como hice con mi padre cuando hace diez años le ganaron la Recopa de Europa al Arsenal en París, y me hubiera emocionado nuevamente, confundido entre cientos de personas. Yo ejerzo de aragonés pocas veces, y me siento ajeno a casi todos los símbolos que representan este sentimiento, pero, como Albert Camus, estoy preso de la pasión del fútbol, algo que supongo que es imposible de entender desde fuera, es decir, desde quienes lo aborrecen, y creo que la suerte de once futbolistas representa extraordinariamente bien los anhelos (siempre difusos y mejor así) de la comunidad a la que representan. Isabel me hubiera acompañado, y, sin duda, se hubiera quedado boquiabierta ante tal explosión de alegría colectiva.
Pero ayer mi equipo perdió porque ganó otro llamado Club Deportivo Español, que le dio un baño de juego, talento y estrategia. El Zaragoza no “tuvo un día malo”, como, según los medios centralistas, les ocurre al Barcelona y al Madrid cuando pierden, sino que sucumbió ante otro que, con total claridad, fue mejor, mucho mejor, y lo desarboló por completo, anulando a Diego Milito, a Celades, a Savio y al siempre genial Ewerthon. Jugaron los dos, no uno solo, y uno de los dos ganó merecidamente, independientemente de que el mío hubiera eliminado previamente a los llamados “grandes” de este país, que son los que más presupuesto fraudulento manejan, los que más dinero público reciben para compensar los excesos de sus lamentables gestiones, y los que las instituciones, sin embargo, más protegen. Enhorabuena españolistas: ayer fuisteis mejores y os merecéis esta cuarta Copa.
Y yo me merezco unas vacaciones, qué narices. Voy a descansar, dormir, comer, escuchar música y leer. Me perderé por las calles de Zaragoza escuchando los tambores de las procesiones, tal vez le lleve unas flores a mi madre al cementerio y visitaré a mi padre en la residencia en la que está hospedado. Lo veo envejecer a gran velocidad. Mi padre tiene noventa y seis años y ha visto pasar el siglo veinte por delante de sus ojos, incluida la República y la guerra civil en la que le hirieron en una pierna el primer día. Esa herida de bala, a la que mi hijo se asoma de vez en cuando, le eximió de tener que matar a nadie, y, desde luego, de que le mataran a él. Conserva una mirada inteligente, pero sus circunstancias han cambiado de un modo radical y terrible. Se ha quedado solo, literalmente solo en un contexto de ancianos que no poseen el nivel cultural que él tiene. Por eso, apenas puede hablar con nadie, y solo una mujer muda, nacida por lo visto en un pueblo cercano al suyo, le escribe cosas en la palma de la mano que le interesan algo. Es el mayor de edad de la residencia, pero, paradójicamente, es el más sorprendido, tal vez el único sorprendido ante esta explosión geriátrica que le envuelve por todas partes. “¿De dónde han salido tantos viejos?”, me preguntaba el otro día en una terraza a la que sale para tomar el sol.
Yo me quedaré en mi casa de vacaciones puesto que la próxima semana pasaré unos días a París. Allí tengo una cita de trabajo, pero en esta ocasión aprovecharé para pasear con más tranquilidad por esas calles que tanto amo. Digo esto de quedarme en casa, porque otros decidieron lamentablemente irse a la playa, y se han quedado en mitad del camino, despanzurrados en la cuneta de una autopista. Son esos muertos inútiles, víctimas de sus propios errores al volante, o de los errores de otros. Pertenecen a esa estadística atroz, previsible e implacable, de todos los fines de semana y de todas las “operaciones salidas” de las navidades, la semana santa y las vacaciones estivales.
El error para ellos era anterior: depositaron los ahorros en una tienda de automóviles para comprarse una máquina con cuatro ruedas con la que esperaban ser felices y que en realidad sirve para matar y morir en aras del progreso y la autonomía de movimientos. Odio los coches, siempre los he odiado, y me siguen pareciendo más peligrosos que la heroína y la cocaína juntas. ¿Exagero? Si el peligro de algo se mide por el numero de muertos y lisiados que ese algo produce mi razonamiento es incontestable.
Por: Roberto Zucco | Como la vida misma. | Comentarios (5) | Referencias (0)
Hay gente que dedica gran parte de su vida a una cosa, en un momento dado, abandona esa cosa porque es axfisiante dedicarse a ella, o le dedicas todo el tiempo de tu día o no eres nadie dentro de ese mundo, eso me pasó a mi con el fútbol, he jugado mucho, he coordinado equipos, sé por experiencia que el 90% de los que van al fútbol, no les gusta en realidad y además no tienen ni idea del verdadero intríngulis del fútbol, del juego me refiero, se saben hasta el número de pie de cierto jugador, pero ni entienden ni entenderán el juego.
Lo que siempre me ha parecido increible es que once jugadores representen a una ciudad, o a una comunidad o a un país, y sin embargo es así, eso, también es verdad, que extraño embrujo tendrá que once personas, de las cuales, en realidad uno, dos o tres son de esa ciudad, representen los anhelos de una ciudad. Que represente un nosotros colectivo en el que depositamos hasta el patriotismo, puedes ser el mejor en lo que sea, pero como no te alegres de que el equipo de tu ciudad ha ganado, o como, no te importe que pierda tu equipo si ha jugado mal, no eres de ese sitio o eres un raro, extraño juego este del futbol en el cual no importa el juego lo que importa es ganar como sea y ser feliz todos juntos por ello. Seguro que la ciudad de Barcelona no se ha sentido féliz del triunfo del Español, lo cual invita también a la reflexión.
Perdona no quiero criticarte a ti en particular, sólo hago una reflexión al hilo de del post, sobre un tema que para mi tiene mucho tema. Lo siento por la derrota y enhorabuena por la felicitación a los méritos del contrario.
Un saludo
Chusbg | 13-04-2006 23:28:28
Reconsidero al fútbol. Pasión de multitudes, búsqueda catártica, asombro.
Y hay una estética implícita.
Lo que pasó con tu equipo.... ay, lo entiendo.
Y entiendo también esa gallardía tan rara, la de ponderar al equipo vencedor.
Por esas razones, una sigue aprendiendo al leer posts como el tuyo. or esas razones, siempre retorno a tu casa bitácora.
Vir& | 15-04-2006 01:47:27
Reconsidero al fútbol. Pasión de multitudes, búsqueda catártica, asombro.
Y hay una estética implícita.
Lo que pasó con tu equipo.... ay, lo entiendo.
Y entiendo también esa gallardía tan rara, la de ponderar al equipo vencedor.
Por esas razones, una sigue aprendiendo al leer posts como el tuyo. or esas razones, siempre retorno a tu casa bitácora.
Vir& | 15-04-2006 01:47:27
Qué pena me da tu padre, Roberto, y qué inevitable es que la dé.
Me ha encantado el texto; éste también.
Un abrazo.
Portorosa | 17-04-2006 21:54:48
La soledad de tu padre es la peor. Rodeado de gente que no dice nada...con la que no comparte nada.
Pocas cosas hay tan tristes como ver luz en un mundo opaco.
Todos los que cruzanmos por estos pasillos y habitaciones de tu casa, deberíamos ponernos un momento en su situación para darnos cuenta de la fortaleza que un hombre necesita para sobrellevar esa cotidianidad. Quizá nos sorprendiese el no ser tan capaces como en principio creemos.
Por cierto, la foto es intencionada? La torre de S. Juan de los Panetes, me da la impresión, que como tu padre, destaca entre edificios que ni en sus mejores momentos, alcanzaron la "altura" de la torre.
No dejes de visitarlo cuantas veces puedas.
Siempre a tus pies, venerado Zucco
amaltea | 18-04-2006 08:51:19
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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