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Roberto Zucco

Domingo, 16 de abril de 2006

Mi patria es mi infancia (1) Después del colegio

Estos dos posts son para Iris, mi amiga querida. Un adolescente intentaba expresar no sabía exactamente qué: algún tipo de verdad oculta. Ay, ese acto heróico de escribir...



“¿Estamos suicidándonos?”

Este era el apocalíptico título del primer artículo que publiqué. Apareció en “Aragón-Exprés” el día 21 de Mayo de 1970, apenas un mes antes de mi primer suspenso en Preu y sólo nueve años después de haber hecho aquella accidentada primera comunión. Visto con distancia, es bastante sorprendente que a un chico de apenas diecisiete años, al que le suspendían sistemáticamente por ser un pésimo alumno, le publicaran a partir de entonces los artículos en la prensa de su ciudad con una cierta regularidad. Paradojas de la vida de las que fui un poco víctima y causante al mismo tiempo.

Ni que decir tiene que aquel artículo era un resumen de las ideas que por aquel entonces se paseaban por mi cabeza, y que eran, a su vez, el resultado de mis abundantes y desorganizadas lecturas, y en especial de los libros de Unamuno a los que tan aficionado era, de las conversaciones nocturnas en casa de Gerardo, y de lo que yo escuchaba a las personas que, de una manera más directa, ejercían una influencia intelectual sobre mí.

Latía en ellas una voluntad de autenticidad en la vida, de intentar ser sincero y coherente con lo que cada cual pensara acerca del porqué de las cosas. Independiente de la ingenuidad de las mismas, aquellas líneas expresaban, con mayor o menor acierto literario, un propósito ético de renovación y esfuerzo moral e intelectual con el que todavía estoy bastante de acuerdo. “¿Qué posición es más noble –me interrogaba a mí mismo y, de paso, a mis improbables lectores-, la de un ateo que ha pensado en Dios, que ha renunciado a El, después de haberlo buscado desesperadamente sin encontrarlo, o la de un cristiano que tiene un cadáver por cerebro?”. La respuesta estaba clara, y la inquietud abierta: esa apelación a la autenticidad en el cristianismo iba a derivar muy pronto en una ruptura con la religión y la visión del mundo que habían intentado inculcarme torpemente los curas y que era, en definitiva, la que mis padres y familiares profesaban con mayor o menor entusiasmo.

A ese primer artículo sucedieron otros centrados en la vida y la obra de Unamuno queme interesaba de manera especial. Por aquellos años era Jefe de Redacción de “Aragón Exprés” José Luis Aranguren Egozkue, un periodista que estaba casado con Blanca, una compañera del trabajo de mi madre. Gracias a esa relación de amistad tuve pues la oportunidad de que mis escritos aparecieran en ese periódico de pequeña tirada y que pretendía hacerle la competencia infructuosamente al que siempre ha sido el más leído en la región: “Heraldo de Aragón”. Además Aranguren se inventó un título generacional para todos nosotros, puesto que Pedrito R., Gerardo Z. y Carlos S. también colaboraban con parecida frecuencia. Nos bautizó como “Generación 2000”, situando el telón de nuestra madurez personal justamente al final de un milenio y comienzo del otro.

No estoy demasiado convencido de estar en ninguna etapa de madurez, pero siempre guardaré un cariñoso recuerdo hacia este hombre que, aunque no nos pagaba ni un duro por escribir y, de paso, llenarle gratuitamente múltiples espacios, nos proporcionaba una oportunidad excelente de expresar nuestras ideas de adolescentes inquietos, y, de manera especial, porque supo crear en mí un cierto hábito por el periodismo que a lo largo de mi vida ha tenido diferentes manifestaciones aunque nunca, desgraciadamente, una continuidad.

“Un hombre solo camina en silencio por las calles...”


Los primeros amores, los primeros artículos, los primeros cigarros, las primeras tristezas de amor, los primeros poemas...

Además de artículos, comencé a escribir poemas en donde dejaba escapar mis inquietudes más íntimas. En realidad no he sabido jamás si esos textos tienen alguna calidad literaria, pero prefiero pensar que no eran del todo malos, y que el paso de los años no ha terminado convirtiéndolos únicamente en ese inevitable legado que cualquier adolescente se ofrece a sí mismo para dar fe exclusivamente de su cursilería y su despiste vital.

Esos poemas terminaron agrupados en un pequeño libro de inquietante título: “Primeras heridas”, y que curiosamente dediqué “al Roberto Zucco del año dos mil”. Y de esa totalidad poética, hice una selección que se publicó en un libro titulado “En tres voces”, que editó la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja. Así pues, de la noche a la mañana, junto con Gerardo Z. y Carlos S, me convertí en uno de los escasos poetas aragoneses con el privilegio de tener parte de su obra publicada, aunque aquella fuera una edición minoritaria y distribuida de una manera casi artesanal. De aquella publicación guardo especial buen recuerdo de la portada que diseñó Alejo L. y que estaba compuesta por fragmentos de una de sus fotografías en las que aparecía una mesa cubierta por vasos, una botella de vino, un paquete de tabaco y un libro.

Todavía hoy releo aquellos textos con cierta satisfacción. Formalmente creo que poseen una cierta vocación de estilo y, en cualquier caso, reflejan con bastante exactitud y sinceridad la paleta de temas que por aquellos años me definen como ser humano. Así, por ejemplo, la soledad, y entre sus variables, la que produce la marcha de algún ser querido:

Si la realidad de la vida
es vivir en tu infinita ausencia,
prefiero vagar por las calles,
emborracharme, adormecerme y morirme.


O la admiración que sentía por el propio Unamuno, como figura intelectual y como paradigma de un cierto inconformismo moral:

Don Quijote, te vi muriendo
Andando y andando despacio
Por tu castellano París,
Huidizo, encolerizado, ausente,
Con esa España lejana y corva
Clavada en tu corazón,
Reliquia encendida y humeante.


O las influencias que recibía de una manera directa de una cultura pop que tenía en los Beatles a su máximo referente:

Te buscaré más allá del universo,
De este espacio inmenso que nos separa.
Iré a ti.
Atravesaré la intensidad
Del inmenso vació de tu ausencia;
Surcaré las tierras del silencio,
Los parajes de las sombras.


O el terrible sentimiento de culpa que algunos descubrimientos y ciertas actitudes me producían y que eran en ese instante la cruel y estúpida continuación de aquellos “malos pensamientos” que tanto me atormentaron:

Matar la belleza, morir matando,
Rasgar cien veces el mismo verso:
Eso haces cuando pones la mano
En tu pecho y en el mío.


O la inquietud que la muerte me producía, expresada a partir de ciertas imágenes que, leídas ahora, me parece que entroncan con un cierto espíritu surrealista:

Imagínate caballos y toros galopando.

Mira cómo corren por el bosque
Y cómo sus alas se agitan.

Míralos rabiosos;
Mira caer baba de sus bocas.

Allí los veo ahora subir una cuesta,
Y bañar sus pies en el agua.

Imagínatelos muertos, tendidos, ensangrentados.


O esa constante preocupación por la existencia de Dios, poco antes de perder definitivamente la fe, y al que prefería imaginarme como un ser protector y humanizado:

Si pudiera imaginarte de algún modo,
Dios,
Te vería humedad o agua.

Tu aliento sería salado
Pues las lágrimas son saladas
-bien lo sabes-.

Si pudiera verte con mis ojos
Te vería siempre mar,
Pues, ¿qué es el mar
Sino un inmenso receptáculo
De tus lágrimas y sollozos en la tierra?



En fin... Temas que reflejaban las inquietudes interiores de mi atormentado y curioso espíritu adolescente y en el que no aparece ninguna referencia a esa realidad política que se vivía en un país en donde precisamente sus mejores poetas residían o habían muerto en el exilio. En cierto modo seguía viviendo en una campana de cristal.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (4) | Referencias (0)

Comentarios

Emocionada me tienes, leyendo en esta tarde de domingo ese regalo maravilloso.
Gracias, queridísimo mío, gracias por regalarme esa parte de ti en la pantalla. Y, sobre todo, gracias por habitar mi corazón.
Millones de besos.

Iris | 16-04-2006 20:15:54

La infancia, mi querido Roberto Zucco, transfigurada, siempre. creo. Aunque haya tenido su lado triste, eso no cuenta. O casi no cuenta.

Aquí veo los cimientos de tu personalidad, amable, pujante, valerosa, sincera. A distancia, sin haber visto jamás tu rostro, veo el color de tu esencial mirada.
Y es un color indefinible, que transmite calidez y firmeza.

Como aquellos poemas, como lo que escribes :)

Sí, sé que me he emocionado y que escribo impulsivamente. Mas por eso mismo, mi comentario es radicalmente sincero.

Un gran salute Roberto Zucco.

Vir& | 17-04-2006 02:47:09

Como tu bien sabes yo ando por estas edades.
Y se de priemra linea esos sentiminetos que pones.
Pq los estoy pasando o he vivido muy recientemente.
Que confuso es.Pero a la vez que bonito es ir descubriendo la vida por sus oscuros pasillos,por sus trampas,por sus alegrias,lloros..

Creyendo que hay un final,pensando en llegar a un "objetivo marcado" cuando la vida es eso:Hoy,el ahora..¿el mañana?

Dios dira.Ay! Dios,dios..y quien eres tu?

¿Alguien a quien aferrarse?¿Alguien a quien temer?
Un padre?

Yo sigo por los pasillos de la vida a ver si me entero de esto.

Si lo oigo te lo digo Zucco.

Brando junior | 18-04-2006 12:26:37

Mi querido Zucco....

A veces sí es mejor caminar por la vida con la ausencia de alguien aunque duela, porque eso nos hace saber que alguien una vez estuvo con nosotros...

Pero en fin, preciosos post.. algún día esperaré uno para mí... En algún lugar de mi corazón...

Un abrazo grande... Y gracias por visitarme un poco más, me encanta esa compañía tuya, y leerte con firma y remitente...

Con Sal en los Labios | 18-04-2006 23:29:41

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