Miércoles, 19 de abril de 2006

¿Qué hacer en la vida?
Incapaz, por tanto, de realizar un análisis de la realidad exterior, y concentrado de manera casi exclusiva en mis contradicciones y dudas interiores, afronté un año (desde Junio de 1970 a Junio de 1971) en el que me vi en cierto modo separado de mis amigos y compañeros de colegio. Ellos se matricularon en sus diferentes facultades, y yo comencé un peregrinar por tristes academias y tediosas clases particulares, impartidas por profesores curtidos en relacionarse con lo peor de los colegios, intentando aprobar aquel “Común de los demonios”. Ese submundo pedagógico me pareció aburrido y falto del más elemental sentido de la elegancia y sin ningún valor estimulante.
Por las aulas desvencijadas de aquellos lugares transitábamos sólo aquellos chicos que en nuestros respectivos colegios habíamos tenido problemas de conducta o de aprovechamiento. Es decir, o gamberros irrecuperables sin sentido del humor, o con un nivel intelectual y una capacidad mínima para comprender las cosas, y especialmente ajenos a los problemas intelectuales o espirituales que a mí me interesaban. Gente habitualmente sin relieve, que se precipitaba de una manera imparable hacia carreras técnicas y diversos oficios, puesto que la Universidad se iba alejando a golpe de convocatoria suspendida.
Yo, aunque no me consideraba incluido en ninguno de los dos grupos, llegué a dudar de mis capacidades y de mi futuro, y lo cierto es que, aún hoy, creo que no me hubiera sido posible aprobar finalmente el Preu si no hubiera sido por una intervención que hizo a mi favor Angel C., Catedrático de la Universidad de Zaragoza, y padre de mi amigo Javier. Aunque nunca he podido demostrar esta ayuda en la sombra, estoy casi totalmente convencido de que se produjo de una manera discreta y probablemente a petición de mi madre. Fui, por lo tanto, un enchufado, aunque tengo algún eximente que atenúa esta vergonzosa condición.
El asunto venía de lejos. Como ya he dejado demostrado en páginas anteriores, mi interés por todo lo que podían enseñarme los curas era muy relativo. A principios de Quinto Curso, Eloy G., nuestro esperpéntico profesor de Lengua Griega, me había regalado un diccionario de su propiedad que era diferente del que utilizaba el resto de la clase. El regalo se convirtió, por tanto, en un auténtico calvario, puesto que esa diferencia me hizo seguir el ritmo de la asignatura de una manera especialmente dificultosa y distinta a la de mis compañeros. Cuando el tipo aquel decía: “vamos a la página 43...”, por ejemplo, en realidad se estaba refiriendo a la edición que todos manejaban, menos yo. Al poco tiempo renuncié a buscar el equivalente a la página 43 y dediqué mi tiempo a pensar en las musarañas abstractas y en las concretas, es decir, chicas del colegio vecino. Y, por último, he ido descubriendo a lo largo de mi vida que ni en lenguas muertas, ni en casi nada en la vida, he conseguido seguir un aprendizaje sistemático. No tengo carnet de conducir, no sé más idiomas que ese viejo francés que a duras penas escuchaba en el colegio, y que se me quedó, más como una música repetitiva, que como algo aprendido consciente y voluntariamente. Y en cuanto a la carrera universitaria que años más tarde iba a acabar, no tengo la más mínima sensación de haberla estudiado seriamente, sino de que iba coincidiendo con mis lecturas particulares y mis inquietudes literarias. Dicho de otra manera: solo sé aprender aquello que me enseño yo mismo, y he dado demasiadas pruebas de una profunda incapacidad por dejarme enseñar por los demás. Se trata de una nueva paradoja en mi vida, puesto que me he pasado veinte años enseñando yo a los demás de una forma metódica y progresiva.
La escritura, y, sobre todo, la práctica del teatro en aquel grupo de aficionados, consiguió que, sin embargo, esta desvinculación no fuera total. Cuando, por fin, aprobé Preuniversitario, cometí el error de matricularme en Derecho, una carrera que realmente no me interesaba lo más mínimo. Lo hice exclusivamente por no perder la estela de Gerardo y de Pedrito, y, desde luego, porque no quería tener nada que ver con Medicina o cualquiera otra carrera técnica.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (7) | Referencias (0)
amaltea | 19-04-2006 21:15:23
Querido Zucco.
Vengo por aquí y me encuentro con un montón de cosas para leer. Lejos de abrumarme, me sumerjo en la lectura como si estuviera en mi casa (soy muy mala, sigo en el curro, en el nuevo curro, ji, ji). Oye, es un gusto esto, en serio.
No sé si estoy sorprendida o alucinada. Me identifico contigo en un montón de cosas. En los escritos adolescentes (eso sí, la poesía, no, no, no, a mí se me da fatal), los primeros artículos publicados. Ese ir y venir con mi amado periodismo. Ese deambular por las dudas existenciales (nos llevan a colegios de curas/monjas para hacer de nosotros unas buenas personas y resulta que nos volvemos ateos; pues vaya). Ese año de preu (en mi caso selectividad) colgado de la nada...
Eso sí: yo necesito aprender. Sea como sea. Me da igual que me lo enseñen o lo devore yo misma, pero necesito saber. Soy una esponja y precisamente por eso mis paseos por tu bitácora son tan gratificantes.
Un beso muy fuerte, mi Zucco. C.
Calamity | 20-04-2006 12:22:50
Hola Roberto,
Mientras relatabas los acontecimientos de tú adolescencia, me hiciste dar un viaje hacia mi pasado, donde tuve vivencias similares y bueno, reconsiderando lo de la carrera universitaria, yo si que estudié derecho, al pcio lo hice, huyendole a las matemáticas, pero luego terminé amando mi carrera.
Saludos!
Sandra | 25-04-2006 14:42:49
Vaya Roberto... (sé que no te llamas así, pero no tengo más modo de llamarte) :-)
Pues yo ni estaba en planes de nacer cuando estabas en esas clases particulares y academias... Qué curiosa es la vida no!
Pues mira que si uno comete errores al matricularse en la universidad, que si uno tuviera la visión que tiene con los años y la experiencia, si uno supiera lo que quiere en la vida realmente en esos momentos, (aunque aclaro algunos sí lo hacen), todo sería tan diferente. Uno cometería menos errores...
Un abrazo fuerte, y gracias por ir a visitarme un poco más a menudo!
Besos,
Con Sal en los Labios | 25-04-2006 16:05:11
linda | 25-04-2006 21:35:34
Sólo quiero decirte que lo leído me ha emocionado, en el sentido más hondo de la palabra. Porque, sorprendentemente, hay un montón de paralelismos biográficos que me remueven los posos allá adentro. Es increíble. Necesitaré algún tiempo para recuperarme de la desconcertante sensación ...
Un abrazo muy fuerte.
Ernesto | 26-04-2006 18:44:20
Autodidactas.
He conocido gente fascinante que es autodidacta: siempre forjando nuevas líneas de pensamiento.
Y las dudas, siempre en al aire, en los hechos, en la misma vida. Y los afectos, lo más importante, lo más preciado, en nuestras vidas.
Te doy las gracias por este intenso post: GRACIAS querido Roberto Zucco.
Vir& | 01-05-2006 02:28:45
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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