Jueves, 27 de abril de 2006

Creo que es el primer viaje a París de los cerca de cincuenta que he hecho que no he ido al teatro. No he tenido demasiado tiempo, pero también es verdad que no he tenido tampoco demasiadas ganas. Esto a los que me conocen bien les parecerá sencillamente increíble. He recorrido miles de kilómetros a lo largo de mi vida en búsqueda de esa extraña sensación de plenitud que algunas personas sentimos cuando un espectáculo nos gusta o encontramos algo importante entre sus imágenes, sus palabras o su música. Ha sido en el corazón de Palestina, en la bombardeada Sarajevo, en una confortable sala en el corazón de Broadway, pero, sobre todo, en París. He visto tanto teatro que a veces pienso que tengo que superar una cierta dosis de empacho.
En París hubo días en los que llegué a ver tres espectáculos teatrales cuando los horarios de las diferentes salas lo hicieron posible sin sentir ninguna sensación especial de fatiga. Espectáculos grandes y pequeños, clásicos y modernos. Esa maravillosa y abrumadora oferta de la cartelera parisina, y que se concreta en el “Pariscope”, la pequeña revista que aparece en los quioscos todos los miércoles, asegura al buen espectador al menos quince opciones apetecibles, de entre las más de cien en total, contando con la magnífica programación de sus teatros públicos periféricos que en nada tienen que envidiar a los situados en el corazón de la ciudad. No hay más que comparar “La Guía del Ocio” de Madrid, y últimamente de Barcelona, para entender de un plumazo las diferentes consideraciones que el teatro tiene en estas ciudades.
Pero no, no he ido al teatro. Ni siquiera he leído con cierta atención la revistilla de marras. Esta vez he ido a estar, a sentirme estando, sin más. A pasear, a comer, a beber, con el pretexto, eso sí, de hablar con una persona de incalculable sabiduría con la que tenía concertada una cita de trabajo el primer día. París esta vez fueron de verdad las calles, la vista magnífica desde la Torre de Montparnasse, en donde me acordé de Miss Calamity por esa afición que compartimos por los viejos cementerios. Desde el piso 56 se divisa el que lleva el nombre del barrio alegre y comercial, con ese punto de glamour que le dan algunos bares emblemáticos en donde los surrealistas, Buñuel y tantos otros, se emborrachaban y creían cambiar el mundo a golpe de absenta: el Select, La Rotonde, La Closerie de les Liles, y, de manera especial, la Coupole.
Allí comimos Isabel y yo un magnífico pescado y bebimos un excelente vino blanco que nos costó una pasta. Qué bien se habla en ese amplio restaurante abierto en 1927, cuyas columnas están rematadas por pinturas de Chagall, Brancusi y otros grandes artistas que compartieron un París bohemio y emergente. Qué buenos alimentos y qué excelente servicio, entrenado a la perfección para ser eficaz y discreto. Algún día escribiré de una nostalgia que cultivo: la de un tiempo en el que ser camarero era un grado, y no un maldito oficio que desarrollan a desgana miles de personas todos los días en nuestro país.
En La Coupole se habla y se come bien, y por la noche se escucha jazz y la vieja chanson que tanto me gustó siempre. En el barrio de Montaparnasse se pasea de maravilla, y se pierde uno hasta una de las entradas de los Jardines de Luxemburgo, otro de mis queridos lugares. En uno de mis viajes bajé a las catacumbas, situadas a pocos metros del restaurante, pero a Isabel la sugerencia de ver calaveras apiladas y bajar unas angostas escaleras de caracol hacia el centro de la tierra no le hizo la menor gracia y la cambiamos por otra mejor que no debo revelar ante ustedes, señoras y señores lectores.
Por lo demás, todo bien, excepto lo que está mal. Francia está podrida, la gente asustada ante esa revuelta que nadie sabe a donde va pero que la tiene patas arriba. Cada cierto tiempo una parte de los habitantes de esta urbe se complace en pegarle un enorme susto a la otra parte, que, además de asustarse, se aterra al no comprender las razones y las causas del follón, cuando todos vemos el asunto con una meridiana claridad: el estado del bienestar es una falacia y los airados manifestantes ofician de visibles microbios en una infección bastante extendida. A la burguesía francesa, como al galgo de Juan, las cosas le cogen siempre cagando.
Poco más. París en primavera es una fiesta del claroscuro, del contraste de colores y humedades. Las calles parecen en esta época que participan de un enorme desconcierto y no saben a que atenerse: como las personas que no saben si sacar el paraguas y luego se arrepienten de no llevarlo encima. Dentro de poco el sol reblandecerá el pavimento, pero ahora, todavía, el invierno es como el rumor de un vecino que no termina de morirse.
Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (12) | Referencias (0)
amaltea | 27-04-2006 09:20:31
Una vez más te escucho hablar de París y siento una mezcla de ganas de volver allí y nostalgia por no poder hacerlo.
Para mí, que durante unos días disfruté de sus calles y cafés en calidad de turista en viaje de novios, es hoy una fuente de recuerdos tan bonitos (que nunca podré expresar también como tú) como lacerantes. (A mí me fascinó Pere Lachaise: no dejéis de visitar la web. Es acojonante).
Aproximadamente esos días que tú has pasado en París, yo he estado en Londres, una ciudad que (como diría el lúcidamente empalagoso de Valdano) siempre devuelve el precio del billete.
Para los de ciudad pequeña, recorrer calles sin tropezar con conocidos es una bendición.
Up yer kilt.
Siempre un placer leerte.
Ambrose Chapel | 27-04-2006 13:35:40
Yo no sé qué extraña y maravillosa suerte me ha concedido la vida para que el camino de Roberto Zucco y el de Miss Calamity se crucen: que estés en París (en París, no en cualquier otro sitio), en Montparnase y te acuerdes de nuestra extraña afición a caminar por los cementerios (por los bonitos, que conste) me deja sin palabras.
Oh, París, París. Es de esas ciudades en las que nada más llegar y dar tu primera vuelta por ella parece como si todo el mundo que vive dentro hubiera de ser feliz (cosa que, aunque parezca, vemos que no es).
Un beso, Zucco amigo. Otro para Isabel (una suerte la suya). Calamity.
Calamity | 27-04-2006 15:38:14
Mi Zucco querido, cuando escribes sobre París, tiemblo. Así me tienes, todavía estremecida.
Un beso fuerte.
amanda | 27-04-2006 16:19:24
Empiezo a admitir mi derrota, zuquito. Envidio a esa puñetera Isabel, pero tu felicidad me alegra. Generosa (y tonta) que es una.
Elena | 27-04-2006 18:44:03
Te leo desde hace mucho y me encanta lo que escribes. Es la primera vez que te dejo un mensaje pero me interesan tus puntos de vista, las descripciones de las ciudades que vistas y el aire de elegancia y buen gusto que transpira tu vida. A veces tus opiniones políticas no coinciden con las mías, pero creo que exageras para que tu posición se vea clara. Desde hace semanas que no paras de escribir directa o indirectamente sobre esa misteriosa Isabel. ¿Existe de verdad? ¿Es guapa? Supongo que sí. Me alegro por tí y por ella, porque pareces un hombre feliz. Volveré a leerte.
Jairo de Luna | 27-04-2006 21:42:26
Bueno Zucco, que envidia, un restaurante en París, con Isabel, en Montparnasse, pescado y vino blanco, roza la perfección, lo que pasa que tienes a todas tus admiradoras, que son muchas, revueltas, se te acumulará el trabajo.
Un saludo
Chusbg | 29-04-2006 09:42:00
Me gusta leerte de nuevo. Y me gusta que hables de París. Pensaba ir el día 17 por motivos puramente futbolísticos pero al final no va a poder ser. Me reservaré la visita para más adelante y aprovecharé para dotarla de más aire "cultural".
Marcel·lí | 29-04-2006 17:52:19
Siempre un placer leerte, mucho más cuando se trata de una ciudad tan hermosa y querida.
Francia está convulsa, como el mundo, lo que pasa es que los franceses no son de buen conformar, por eso hacen tanto ruido, por eso son azote de los gobiernos, y por eso muchos los admiramos.
Un beso.
reina | 30-04-2006 14:47:02
Elegancia sella tu manera de escribir, e imagino, que de moverte, de ir por el mundo y por tu calle.
Enhorabuena disfrutas París y al mismo tiempo lo ves como en una radiografía social.
Queda la marca indeleble de la mirada que traspasa lo evidente. París, bellísima ciudad, donde las marchasde protestas y los
incendios demuestran que la felicidad no existe en ninguna parte, ni siquiera entre la excelsa hermosura de París.
O es breve la felicidad. ES.
Y sin embargo, cuántos querríamos caminar y caminar por sus calles y entrar a su bares y cafés. Allí donde la gran Simone escribía y Jean Paul, venía, le sonreía y la quería.
Allá donde el cine más entrañable se ha hecho y donde la belleza es más que un lugar común.
Donde en siglos pasados, la nobleza fue entredicha y la pasional venganza de las multitudes salió a las calles...
Espero querido amigo que tú e Isabel, tu compañera, encuentren más belleza en la mítica París. Esa es la terrenal bendición que gratifica y enamora.
Y cómo ves, este impulso me hizo escribir un extenso comentario. Y es que no todos los días, una lee un post donde alguien como tú escribe sobre su vida y estampa con sus palabras lo que amamos a distancia, o tan lejos, tan cerca.
Gran salute.
Vir& | 01-05-2006 03:00:27
Querido Zucco, lamento mi temporal ausencia... Iré a París este 15 de mayo por un par de días. Viví un año allí y, bueno, creo que tienes razón, el estado de bienestar colapsó (creo que sólo existió realmente con De Gaulle, que pese a ser la derecha francesa, siempre le he tenido un aprecio particular)... y, claro, Miterrand se lo cargó y Chirac no ha hecho más que echarle las últimas palas de tierra.
A eso y alos ideales de la República...
En fin, yo siempre voy al Select, frente a la Coupole.
Un gran abrazo,
Ernesto.
Ernesto Reaño | 01-05-2006 17:50:20
Portorosa | 02-05-2006 11:45:59
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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