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Roberto Zucco

Domingo, 30 de abril de 2006

Soledades (7) El Empire State Building



Desde niño estuve fascinado con la imagen solitaria e inconfundible del Empire State Building, y por extensión de todos los anónimos rascacielos de la ciudad de Nueva York. En esa España en blanco y negro que fue mi infancia se hacía necesario inventarme metas, crearme ilusiones, a partir de las fragmentarias e inconexas informaciones que me venían del exterior. Desde el principio el Empire se constituyó en algo así como en el paradigma vertical de mis mejores sueños infantiles, y, por extensión, de mi propia soledad de hijo único.

Por eso sentí una profunda emoción cuando lo vi por vez primera en Junio de 1994. Descubrí su silueta montado confortablemente en un helicóptero que hizo realidad lo que hasta entonces había sido un plano mental. Allí estaba, independiente y sobrio, detrás y a la la derecha de las torres gemelas y un poco más adelantado que el Crysler Building, otro edificio magnífico que poco a poco fue ganando un sitio de privilegio en mi educación sentimental newyorkina. A pesar de este coqueteo y otros muchos, el Empire ha seguido siendo el edificio por antonomasia de las películas de amor, de King Kong, y de mis atardeceres en la isla de Manhattan.

En ese primer viaje subí hasta su terraza y me asomé a su mirador. Después han sido tres o cuatro veces más, incluyendo la vez frustrada en que al llegar arriba me precipité hacia los ascensores de bajada ante la estupefacción de los empleados del edificio y del pelotón habitual de turistas, preso de un extraño ataque de ansiedad que afortunadamente nunca más se ha repetido.

La visión de Nueva York desde su terraza es maravillosa al atardecer, solo comparable a la que la ciudad arroja desde Brooklin. Es la hora en que la noche todavía es una propuesta, pero el día está a punto de dimitir. Las luces eléctricas le empiezan a ganar la partida a la del sol, y todo lo preside una curiosa confusión entre naturaleza y tecnología que a mí siempre me deja sorprendido y silencioso. Desde allí todo es posible, la ciudad se relativiza humanizándose, y hasta la Estatua de la Libertad tiene un punto de credibilidad que pierde siempre con la cercanía y el trato más cercano. Porque de cerca la famosa y manipulada Estatua se parece demasiado a sus propias reproducciones horribles que se venden en todos los mercadillos ambulantes y que los turistas les llevan a sus vecinos para darles envidia.

Desde arriba vemos como por la séptima los coches avanzan hacia Battery Park, y las luces rojas de sus pilotos posteriores nos ofrecen un guiño de despedida. La sexta, más cercana y a nuestros pies, nos ofrece el espectáculo inverso: los coches avanzan en dirección norte, hacia el muro de Central Park Shout, en donde terminarán estrellándose contra los coches de caballos que suelen tomar las parejas de novios venidos de todo el mundo para convencerse de su propia felicidad.

Por cierto, Central Park desde las alturas del Empire, a esas confusas horas del atardecer/anochecer, comienza a ser fiel a su propia leyenda. Los niños, las palomas y los deportistas aguerridos van dejando sitio al ejército de las sombras y, por extensión mental, a ese reparto shakespiriano de violadores, ladrones y asesinos que se supone que deben estar aletargados en alguna parte de la ciudad esperando que la luna recubra sus montículos y sus bancos de una patina blancuzca que es el veradero esperma diabólico de Nueva York. Cualquiera se pasea ahora por donde hace solo media hora nos compramos un inofensivo helado, o una camiseta de colores en memoria del asesinato de John Lennon, al oeste de lo que vemos desde allí arriba.

Todo esto me viene a la cabeza porque mañana lunes el viejo edificio de ciento dos plantas cumple sus primeros setenta y cinco años de soledad fotografiada. Durante bastantes, las torres gemelas le descargaron de turistas, y le arrebataron fama y popularidad. Como en Nueva York lo que la gente busca es altura y fotos que llevarse a casa, las torres fueron las vedettes indiscutibles durante unas décadas. El Empire, más sabio, más viejo, más indestructible y más solitario, parecía cederles encantado ese protagonismo hortera que Bin Laden decidió, sin embargo, fracturar para siempre. Ahora el Empire vuelve a ser el edificio más alto de la ciudad, y parece ser que el séptimo más alto del planeta, en esa especie de concurso de records al que él nunca le hubiera gustado presentarse, porque tengo la impresión de que está imbuido de una soledad sincera y voluntaria, cultivada día a día desde hace siete décadas y media, en la que su alma de piedra y cristal se siente como verdadero pez en el agua.

Por: Roberto Zucco | Soledades. | Comentarios (12) | Referencias (0)

Comentarios

Ésta es la soledad que se agiganta y hace pulsión en la memoria afectiva. Así, te encuentras de pronto escribiendo sobre aquel imponente rascacielos y nosotros somos partícipes de la escena.

Gratificados y agradecidos.

La majestad de una construcción vanguardista que se convierte en clásico símbolo de la modernidad.

Tiempos nuevos, tiempos renovados.

Abrazo querido amigo.

Y hasta pronto, siempre hasta pronto.

Vir& | 01-05-2006 03:27:28

Tus palabras me hacen recordar mi viaje a Nueva York, los paseos al atardecer, las vistas maravillosas desde el Empire y las Torres Gemelas, el viento otoñal revolviendo mi pelo....

Anuski | 01-05-2006 12:38:08

No he visto este edificio nada más que en las películas, pero el canto que haces de él me acerca un poco a conocerlo, hoy he visto un reportaje en la tele sobre el edificio y dijeron algo que me sorprendió, que un avión de los EEUU, chocó contra no se que piso y lo atravesó pero que, ahí está, los otros no resistieron, el viejo ladrillo nunca muere.

Chusbg | 01-05-2006 21:21:37

Saludos Roberto.
Me haces sentir una gran y sana envidia.
No por el hecho de que yo no conozca in situ el rascacielos ( que ya lo merece ).
Si por las extraordinarias vivencias.
Saludos.

El Jefe | 02-05-2006 00:06:58

Tengo un tío en América... de esos sobre los que se pueden hacer chistes en un compromiso social. Trabajó durante años en el aeropuerto JFK, de camarero. Y todos los veranos, en que aparecía por casa de mis abuelos, me traía un montón de monedas de mil países (fruto de propinas inútiles...¿no saben los turistas uqe las monedas no se pueden cambiar?). El caso es que contribuyó notablemente a llenar un pequeño baúl con monedas que aún conservo.. y mirándolas, viajo a países extraños en los que aún no he estado y recuerdo otros en los que sí estuve. Un año, me trajo una pequeña estatuilla del Empire State Building... horterísima. Plástico metalizado... pero me permitía soñar con que algún día subiría a esa torre para ver todas esas cosas que él me explicaba de su ciudad.

Fatima | 03-05-2006 01:09:02

Comparto esas sensaciones contigo. La primera vez que subí al Empire y disfruté del anochecer neoyorquino, fue una de las mejores experiencias de mi vida. Hacerlo, además, bien acompañado y en un día claro y templado, incrementó la calidad del momento.

Y tú, como siempre, lo cuentas de maravilla.

Un saludo.

rythmduel | 03-05-2006 21:28:00

Hola Zucco...

Pues yo subí, y adivina... reporte del tiempo: "totalmente nublado" apenas si se veía algo... De eso hace ya casi 15 años...

Sabes, me ha gustado ver que a tí te impresionó la foto en mi blog, de John y Yoko, de manera parecida a la mía. Sabes, para percibir lo que nosotros percibimos, se necesita tener algo en el alma, algo ahí, muy adentro, porque de lo contrario solamente ves una foto... :-)

Un abrazo,

Con Sal en los Labios | 04-05-2006 00:12:49

Querido Zucco,

la ciudad de Cristal de Auster... un hervidero de razas y culturas... como el Brooklin de "Brooklin Follies", de este autor...
Te imagino caminado por todos estos lares que me cuentas y los anoto con cariño, para ver si algún día aparezco y piense en tus peregrinajes...
Un abrazo.

Ernesto Reaño | 04-05-2006 21:06:09

Bonito articulo. Bonito edificio
saludos

juan re

juan re | 05-05-2006 17:01:33

a mi la ciudad que más me ha gustado ha sido San Francisco... es como un cuadro .. no sé ..bellísimo...

Besitos

Myrna | 08-05-2006 21:50:51

leerte me provoca unas inconfundibles ganas de viajar. Si. Inconfundibles jejeej.
Un saludo

Lau | 21-10-2006 19:03:09

LA PRIMERA VEZ QUE VISITE EL EMPIRE FUE EN ABRIL DE 1993. LAS VISTAS DE MANHATAN A LA LUZ DE LA NOCHE ME HIZO SENTIRME SUBREALISTA Y COMO EN UNA PELICULA.LA TARDE DEL 11 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 VOLVI A TEMBLAR, Y PENSE EN EL HORROR DE AQUELLA POBRE GENTE INOCENTE TIRANDOSE AL VACIO.Y ME PREGUNTO ¿ QUE ESTA PASANDO EN EL MUNDO ?

ROBERTO | 17-03-2007 13:23:22

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