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Roberto Zucco

Sábado, 27 de mayo de 2006

La residencia

Mi hijo y yo aprovechamos la tarde para ir a ver a mi padre a la residencia. Para hacerlo tenemos que tomar un transporte público –normalmente un taxi-, puesto que está situada en uno de esos barrios periféricos, de amplias calles y pésimo mal gusto, que existen en todas las grandes ciudades españolas.



Mi padre hace noventa y cinco años.

Esta tarde soleada de sábado, sin prisas y con todo el tiempo del mundo por delante, cogemos un autobús y nos vamos acercando perezosamente, inmersos en un atasco monumental de tráfico, puesto que en ese barrio existen un par de enormes centros comerciales de esos a donde las familias van los fines de semana a aprovisionarse de víveres y objetos como si estuviera a punto de declararse la tercera guerra mundial.

Al fin llegamos. Lo primero, el olor. Un olor pálidamente amortiguado por los ambientadores y los detergentes. El olor es a pis, pero nadie lo diría. Lo segundo, la sonrisa de la recepcionista de turno, primera sonrisa profesional de las decenas que uno se lleva de allí cualquier tarde como esta. Después, el ascensor, la sala con grandes ventanales y el pasillo en donde a media altura, en la habitación 235, está mi padre mirando por la ventana, distraído, ausente, malhumorado.

Me tumbo en su cama. Los primeros compases son siempre difíciles. Mi padre siempre está difusamente enfadado conmigo, siempre lo estuvo, hubiera causa o no para ello. Ahora, evidentemente, la hay. El está allí, mirando por esa ventana que le une con la actividad exterior, y yo soy ese hijo que tuvo que tomar la decisión de depositarlo como un fardo en esta pequeña habitación, en principio contra su voluntad, y más tarde con su resignación. Es lo mismo, el reproche existencial es el epicentro de sus miradas, de sus frases cargadas de amarga ironía. Cuando viene su nieto como hoy, se comporta con menos mala leche, y ese primer periodo dura menos.

Le llevo cartas de su banco. Parece ser que es la única actividad que le interesa. Siempre fue un hombre metódico y ordenado, y ahora debo llevarle los resúmenes bancarios, en donde hay solo seis o siete transacciones: el ingreso de sus pensiones, el pago de sus recibos y alguna mínima sorpresa administrativa, ya sea municipal, del Ministerio de Hacienda, o de cualquier otra institución pública. Cuando no le llevo cartas me puedo esperar lo peor.

Poco después los tres salimos a la terraza de la residencia. Mi hijo le ayuda a andar con el bastón por los pasillos, con cara de responsabilidad y un poco de temor ante una eventual caída. La terraza es estrecha y, en realidad, no tiene vistas a la calle. Algunos viejos toman el sol sentados en sillas de ruedas o en unos sillones blancos de mimbre, y algunos parientes se fuman unos cigarros. Poco más. Todos los residentes, como decía la canción de Serrat, toman el sol como lagartos, con las miradas perdidas en sus interiores, en sus emociones, en sus padecimientos físicos. Es un paisaje desolador. Raramente se comunican. Están en sillas contiguas, pero nadie mira a nadie, nadie habla con nadie. De vez en cuando escuchamos un gemido, alguna vez un grito desgarrador ("mátalo", repetía un anciano hace unas tardes). Alguna anciana solloza sin razón aparente.

De entre esta gente se destacan varias personas. Mi padre ya tiene un enemigo oficial, un tal Enrique, que está obsesionado con llevarse todos los días el pan de la mesa. Mi padre le recriminó públicamente esta obsesión por acumular riqueza y se montó la marimorena hace unas semanas. Desde entonces Enrique no sabe qué hacer para que mi padre lo salude y lo perdone, pero yo sé que esto no pasará nunca. Antonio representa exactamente lo contrario: la generosidad. Es un hombre diminuto, pastor de profesión, y sigue ejerciendo el pastoreo en la residencia porque parece que siempre está contando a los residentes. El canaliza el tráfico en el pasillo con una cierta acritud autoritaria, él ordena de manera razonable y eficaz los accesos a las mesas. Y, en tercer lugar, hay una mujer sordomuda que me intriga de manera especial. Va vestida con una sencilla y limpia elegancia. Se comunica a través de leer los labios y de interpretar lo que en la palma de la mano los demás le dibujan. De esta manera mi padre ha sabido que es originaria de un pueblo cercano al suyo, y eso ha debido ser decisivo para que entre ambos haya nacido una profunda simpatía.

Mi padre es el mayor de la casa –el próximo día diez cumplirá los noventa y seis años-, y, a juzgar por lo que me cuentan las enfermeras y el personal sanitario, es el que paradójicamente conserva una mayor lucidez. Eso, sin duda, es excelente, pero al mismo tiempo le hace tener una clara conciencia de su propio estado, es decir, de su inmensa soledad, de la decrepitud de su propio cuerpo, del deterioro general de su vida.

Antes de regresar a casa, mi hijo vuelve a asumir la responsabilidad de llevarlo hasta la mesa donde a las ocho les sirven a todos una cena hospitalaria. En el último instante veo a este hombre en medio de una mesa para seis, compartiendo mantel y alimentos con unas personas desconocidas, de trayectorias vitales diferentes, que jamás pensaron conocer al viejo de al lado, sumergidas en sus propias angustias.

Esa última imagen me congela la sangre durante unos segundos.


Por: Roberto Zucco | Como la vida misma. | Comentarios (14) | Referencias (0)

Comentarios

Ay, querido Roberto Zucco, no s´ñe qué decir. Esta vez no sé...
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si sacaras a tu padre de allí.

Antes que se marche para siempre.



Vir& | 28-05-2006 07:07:22

Qué putada el paso del tiempo. Qué tristeza, por dios. Te entiendo, Zucco, muy bien. Aunque mis padres todavía acaben de estrenar la setentena... Es terrible sentirse mayor.
A lo mejor deberíamos empezar a pensar en eso, y, tal vez preparar nuestro ingreso en una residencia de forma grupal. Todos los amigos juntos. Para rememorar, si la cabeza nos da para ello, para pelearnos acerca de las distintas formaciones futbolísticas (por temporadas), para que siempre nos tuvieran puesto en el hilo musical las canciones que fuéramos eligiendo... Pero me temo que llegaremos en unas condiciones, que nos dará francamente lo mismo....
Madremía, qué ánimos tengo hoy para ser domingo...
Te quiero,ya lo sabes

albanta | 28-05-2006 09:21:22

Duro, terrible. Una visita donde el otro es nuestro espejo.

el aire empuja,
vehemente y gris
Una nostalgia invade este malvivir.

un saludo amigo
juan re

juan re | 28-05-2006 20:22:43

si no lo ha sacado sera por algo...vir, cada uno conocemos nuestros porques y nuestras circunstancias...
un beso gordo, y vente para acaaaaaa que te descongelo la sangre rapidoooooooooo !! jejeej

ensalada de chocolate | 28-05-2006 23:33:29

Siempre expreso lo que creo, y aquí lo he hecho sin condenarte querido Roberto Zucco.

Me interesa que eso lo comprendas.



Vir& | 29-05-2006 05:31:37

La torre de San Juan de los Panetes.

El explendor frente a la decrepitud. Aunque la torre posiblemente sea más antigua.

La soledad acompañada.

Siempre a tus pies, venerado Zucco. Hoy con la sangre helada y llena de sentimiento.

amaltea | 29-05-2006 07:52:49

Caro Roberto...

...mi madre tiene/trabaja en una residencia como la que describes... donde también vivía mi abuela mientras estaba en Barcelona (una decisión tomada por sus cuatro hijas.. siempre es más sencillo si la decisión es entre varios). Ella entra cantando por la mañana y saludando a los abuelos uno a uno (ahora hace unos días que no.. supongo que sabes porqué.. pero volverá a cantar..claro). Con el tiempo, nos hacemos dependientes.. tanto como un niño. Lavarte, vestirte, hacer la comida.. la estrecha franja de cosas que hacen que perdamos nuestra autonomía.
A mí me parece (salvo algunos casos) una buena decisión.. Y él no sólo está enfadado porque la hayas tomado.. sino por su dependencia.

Besos, Zucco

Fatima | 29-05-2006 10:19:00

Es posible que sea, no sé si por suerte o por desgracia, de todos los que hasta ahora se han acercado por aquí la única que comparta experiencia(s) contigo sobre este particular: mi abuelita (que no es abuelita, es mi madrina; una larguíiiiiisima historia) lleva un par de años en una residencia (deluxe, eso sí) para ancianos. Y se me cae el alma a los pies cuando voy a verla. Te diré que hace meses que no hablo con ella y me siento francamente mal, pero es que cada vez que descuelgo el auricular para decir "hey, Nicolín -es la manera cariñosa de llamarla- cómo estamos", me derrumbo.

Tiene 96 primaveras a sus espaldas y está más cuerda y con mejor salud (ni gafas lleva, aunque tiene ya unas importantes cataratas) que cualquiera de nosotros. Y que cualquiera de la residencia, por descontado.

Podría escribir aquí mismo un libro sobre sensaciones(no sólo con mi abuelita ya que más de un familiar ha estado en una residencia)... No debes apenarte, Zucco, posiblemente de entre todas las opciones que uno puede manejar, la escogida es la menos mala de todas. La vida es así, una gran putada, pero ninguno nos queremos morir, como es lógico.

Recapacitemos ahora nosotros, los ancianos del futuro, sobre nuestro tratamiento con la senectud actual.

Un beso muy fuerte. C.

Calamity | 29-05-2006 10:42:47

Yo no lleve a mi madre a una residencia, aunque no por eso me considero mejor hija. La cuidé como a un bebé, tenía alzheimer, la lavé el culo, la di de comer, la acaricié, incluso la canté algunas nanas. Vivió en mi casa cinco largos años acompañada de mis cuatro hijos e ignorada por mi marido. Tuvo que salir de casa, la situación con mi ex se hizo insostenible, y el día que lo hizo lloré como una niña. Ese día comprendí que había cambiado mis sentimientos, ya no la quería como a una madre sino como a una hija más, indefensa, tierna y dependiente de mi.
Murió dos años después, de eso hace ya cinco, me separé de mi verdugo y el suyo. Todavía le odio a él y la recuerdo a ella con infinita ternura. Cuando me fallan las fuerzas, beso su anillo en mi dedo y me empuja a seguir.
Me permito un consejo no pedido: compensa su sensación de abandono, no justificada, con infinita ternura.
Besos

Madre | 29-05-2006 11:08:13

Temo el día en que Luciano, que no es mi padre biológico pero ha ejercido de progenitor desde niño, no pueda valerse por sí mismo. Me crié en un hogar en el que, primero mi abuelo paterno y luego mi abuela materna, permanecieron con nosotros. Tuvieron una vejez plácida y sin sobresaltos. La salud los respetó hasta casi el final. No sé qué hubiera pasado de estar impedidos o afectados de demencia/Alzheimer. No sé todavía cómo actuaremos mi hermano o yo...

En este caso no cabe juzgar a priori, pero tu sincerdad me ha llegado al alma. Lo más doloroso es la plena lucidez de tu padre, que le hace entender sin posibilidad de equívoco la realidad de su situación.

En la sección de relatos de mi blog hay uno especialmente querido, titulado AZ Negativo, que trata sobre el tema.

Un fuerte abrazo, amigo.

rythmduel | 29-05-2006 21:27:57

Estimado Roberto.

Quisiera escribirte tantas cosas, la verdad desde el primer día que te leí, más por casualidad que por destino, sentí algo diferente; me llamó mucho la atención tu forma de ver el mundo, y de expresarte ante sus visiones. Pero el otro día que al parecer me contabas que veías el mundo un poco como yo (refiriéndome a mi post de Yoko y John Lennon en el que me decías que tu y tu mujer se parecen tanto a eso...), ese día sentí lindo.

Lindo por ver que sí es real que el amor se exprese en tantas maneras alrededor del mundo, sin importar si es en un país rico como España, o pobre como el mío. Me escribiste que te hubiese gustado que conociera a tu mujer, para que viera que son lo que yo describí en ese post "Mucho más que dos", y sabes, pues aunque no tengo el gusto de conocerles a ninguno de los dos, no me hace falta verlos para comprender -más allá de las palabras- lo que son.

Para que un hombre llegue a ser un gran hombre -como me pareces tú-, debe tener a su lado a una gran mujer, por lo que creo que en pareja ya estás más que bien, y eso no tiene precio.

Te imagino serio, ordenado, meticuloso, inteligente, cariñoso con tu mujer, celoso de tus cosas, pacivo, pero fuerte en temperamento. Y sabes, quiero decirte que a la vez, me pareces sumamente humano, y no lo digo por limitarme a su definición básica, sino refiriéndome a el ser que siente y es empático con los demás, que desarrolla en sí un carácter de humanidad inmenso; y eso lo leo en tus palabras al hablar de la situación de tu padre.

Yo no he tenido que tomar en mi vida decisiones tan delimitantes, pero sí he escuchado de otros que las han tenido que tomar, por variados motivos, y aunque muchas veces es con su plena voluntad, otras veces las han tenido que tomar contra toda su voluntad, e incluso causándose a sí mismos algún grado de dolor.

Yo nunca he pensado lo difícil que podría ser llegar -uno mismo- a esas circunstancias, cambiando su vida por eso -que uno cree migajas-... Pero no quiero pensar en eso, porque lo que para unos parecería ser doloroso, para otros sería un regalo... Unos se quejarían de vivir en la "residencia", mientras que otros darían todo por vivir un poco más fuese donde fuese...

Pienso que tu padre posiblemente pueda sentirse sólo e incluso un poco disminuído algunas veces, meditando su vida y el motivo que lo llevó ahí; pero esos son detalles que solamente él, tú, y tu familia conocerán y comprenderán, porque solamente a ustedes les pertenecen.

Esto te lo comento, y me disculpo enormemente por lo extenso del texto; porque me ha llegado al fondo de mi corazón lo que has escrito, y el tratar de imaginármelo en mí; porque nunca sabremos a donde llegaremos a ir. Y además, porque tengo una situación eterna con mi madre, que nunca podré comprender, y que realemnte no sé qué destino puede llegar a tomar alguna vez...

Al menos tu padre peude toamr el sol y disfrutar de cierta paz, y eso es algo que muchas veces ni siquiera nosotros mismos con todos nuestros años y libertades podemos gozar...

Algunas decisiones son muy duras en la vida, pero alguien tiene que tomarlas.

Un abrazo enorme con todo mi cariño.

Con Sal en los Labios | 31-05-2006 20:31:39

Desde luego si cualquiera de mis padres viviera es seguro que irían a una residencia, sobre todo sobrepasada determinada edad. Y probablemente haría como tú, visitas de cortesía. Y no, no es una decisión difícil: lo increíble es que no se den cuenta de que ya no pueden valerse por sí mismos y que los hijos no somos sus enfermeros ni sus cuidadores, que no estamos ahí para dedicarles atención perpetua. Que están en tiempo de descuento y que cualquier resistencia es inútil, porque la muerte está ahí, a la vuelta de la esquina así que tampoco comprendo por qué tantos esfuerzos en alargar algo que ya no da más de sí. Se acabó el juego, eso es todo. Y para esos días últimos están los geriátricos y las residencias. Si no exitieran comprendería que algún hijo, por sorteo, tuviera que hacerse cargo. Pero si existen, ¿por qué? ¿por qué son los padres y son viejos inválidos? ¿esperáis que vuestros hijos os lleven a sus casas y os limpien la mierda del culo cuando seáis inválidos, que renuncien a su vida privada para aguantarios porque sois sus padres y sois viejos lúcidos y decrépitos? ¡qué cabronada para vuestros hijos!

Cecilia B. | 01-06-2006 03:29:47

Roberto, es todo muy triste. La vejez, la dependencia, la pérdida de facultades, lo es; y si eso se vive en soledad, muchísimo más.

No podría estar más en desacuerdo con Cecilia. No atender, no cuidar a los padres me parece, instintos animales aparte, una muestra clara de desagradecimiento y egoísmo. Ni más ni menos.
A veces las residencias son la mejor opción para todos, empezando por ellos. Otras, lo son sólo para los hijos; y en ese caso, cada uno buscará la justificación que pueda, pero el padre se acordará (yo lo haría) de cómo su vida fueron sus hijos, de cómo hizo todo por y para ellos, para esos mismos hijos que ahora no pueden. Y esto es duro, pero en mi opinión es la verdad.

Un abrazo.

Portorosa | 08-06-2006 11:48:47

Cecilia: lamento hacer esto en casa de otro (discúlpeme, sr. Zucco) pero no tengo otra opción: resultas estomagante e insufrible, como casi todos los que vivís en bambilandia.

Duque de Ínsua | 08-06-2006 13:41:22

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