Miércoles, 21 de junio de 2006
Constituimos una sociedad afectiva que duró 53 años, los que yo tengo ahora. Mi madre, como ya saben los que me leen, murió exactamente hace cuatro meses, y mi padre, ayer, día 20 de Junio de 2006.
Mi padre, de niño.
El fue un hombre honesto, ordenado, metódico, que le costó siempre expresar sus emociones y sentimientos. Lo contrario que mi madre, por tanto, que su vida era expresar de manera permanente, comunicarse, sonreír. Por eso, esta extraña pareja sobrevivió cinco décadas superando crisis y problemas. Las que ellos tuvieron solos, derivados precisamente de estas diferencias de carácter y de planteamientos, y las que yo les provoqué por las peculiaridades de mi propia vida.
Realizar un perfil general de mi padre es fácil porque la mayor parte de su vida fue la de un simple trabajador de banca, que fue escalando posiciones laborales gracias a su entrega y buen hacer profesional, y, después, la de un jubilado al que la vida le sonrió casi al final regalándole un nieto. Pero, tal vez, la faceta que le hizo resplandecer ante mí a lo largo de toda mi vida con él fue la de ser una persona constante en sus convicciones ideológicas, de quien aprendí pocas cosas, pero muy claras: una cierta ética sencilla, una actitud discreta y prudente ante los acontecimientos, una forma de estar aquí sin demasiado relieve, sin hacer aspavientos, que a mí me parece muy republicana, muy ascéticamente española. Poco más. Nada menos.
Creo que para aquellos de vosotros que podáis estar interesados en conocer con un poco más de detalle esta vida sencilla, y más en concreto sus peripecias en los años republicanos y de la guerra civil, podríais seguí leyendo las líneas que siguen a continuación y que pertenecen a un texto más amplio que llevo escribiendo sobre mi vida, y del que os voy filtrando de vez en cuando algunos retazos en la sección “Mi patria es mi infancia”. Os dejo, pues, con él.

Trabajando en su pequeño despacho, hace unos tres años.
Mi padre tuvo una infancia felicísima en Ateca, pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, muy querido por sus padres, y desarrollando una especial relación afectiva con su madre que duraría toda la vida. Un perrillo llamado Rin iba a ser el compañero inseparable de sus juegos infantiles, hasta que lo envenenó un alguacil desaprensivo. Había nacido el 6 de junio de 1910, el mismo año que en España se permitió que las mujeres también accedieran a la titulación universitaria, y muy pronto, a los catorce años, entró a trabajar en el Banco Zaragozano que instaló una sucursal en aquel pueblo. Comenzó de meritorio, es decir, aprendiendo el oficio pero sin cobrar ni un duro, y muy pronto comprendió en sus carnes en qué consiste lo de la explotación laboral. Por eso, solicitó de mi abuelo el permiso para afiliarse al sindicato de la Unión General de Trabajadores (UGT). Después de una breve estancia en la oficina de Tauste y hacer un servicio militar, no exento de contratiempos y peripecias, en Calatayud y Zaragoza, se marchó a Barcelona a continuar su actividad laboral, a donde llegaría en Julio de 1932, durante el segundo año republicano. Mientras tanto, su hermano César, que había proseguido estudios de bachillerato en Zaragoza, intentaba sin demasiada fortuna aprobar unas oposiciones en Madrid.
Barcelona siempre ha sido la ciudad española más pujante, más europea, más progresista. Supongo que para mi padre se abriría un inmenso abanico de posibilidades. Allí iba a conocer a los mejores amigos de su vida -Antonio de Atxer, Gregorio López Raimundo, Juan Grijalbo, Julio Hernandez, Felipe Ramos, etc-, con los que compartió diversiones, correrías juveniles e inquietudes sindicales y políticas. El deporte también ocupó buena parte de su atención y de su actividad. Pudo cumplir uno de sus deseos más grandes: asistir a los partidos y hacerse socio del Club de Fútbol Barcelona, de cuyos jugadores tenía ornamentadas las paredes de su habitación juvenil. Y pudo hacer deporte en el Club Natación Barcelona, actividad a la que había dedicado muchas horas de su infancia y juventud, jugando al fútbol en el equipo de su pueblo, el A.T.K.. y montando en una gran bicicleta de hierro que le regaló su tío Ignacio y que yo recibí de herencia bastante muchos años más tarde.
España comenzaba a hervir. La República, proclamada con gran regocijo y algarabía popular en Abril de 1931, no podía ser aceptada por aquellos que veían sus privilegios seculares amenazados, principalmente la Iglesia católica y las familias "acampadas" en el país, como llama Azaña en sus memorias a la oligarquía terrateniente. Pronto empezó a convulsionarse la vida nacional, estallaron revueltas, hubo conatos de revoluciones obreras, asesinatos, etc. Mi padre y sus amigos solían reunirse en un bar de la Plaza Universidad para comentar la situación y muy pronto sucedió lo que tanto se temía. Una parte del ejército, al mando de un joven traidor, el general Francisco Franco Bahamonde, poco después del triunfo electoral del Frente Popular, se levantó en armas en Melilla contra la legalidad vigente y, pocas horas después, la guerra civil se extendió por toda la península.
No fue sólo una cuestión geográfica, de ubicación casual en una zona que se mantuvo fiel a la legalidad republicana, como algunas veces me han tratado de explicar algunos familiares. Mi padre, por convicción, se puso del lado del bando que defendía la República. Y precisamente en los primeros compases de la contienda, participando en las tareas de una patrulla organizada por la UGT y el PSUC, fue herido gravemente en un tobillo. Esta herida iba a tener una importancia fundamental para él en los años siguientes.
En primer lugar porque le tuvo más de once meses en el dique seco. Desde Julio de 1936 hasta Enero del 38 estuvo ingresado en diferentes hospitales, pasando dos veces por el quirófano con la inquietud de si se podría salvar o no la extremidad de la amputación definitiva, o recibiendo posteriormente diferentes tratamientos de recuperación. En segundo lugar, porque cuando una Junta de Médicos le dio de alta en Febrero de 1938 y pudo reintegrarse a las tareas militares, sólo le fue posible hacerlo en tareas de retaguardia, es decir, de oficinas y organización, y la mayor parte del tiempo ayudado por un bastón.
El Partido Comunista lo envió al Estado Mayor del 18 Cuerpo del Ejército, de la 60 División, 95 Brigada Mixta, localizado en ese momento en Preixens, en la provincia de Lérida. A pesar de esto vivió la guerra en toda su intensidad y toda su crudeza. Participó en la batalla del Ebro, una de las páginas más importantes y emblemáticas de la contienda. El ejército iba entrando en las casas que los habitantes de los pueblos iban abandonando, dejando con las prisas de la situación las luces encendidas. Allí vio morir a jóvenes compañeros, presenció el horrible espectáculo del dolor y la mutilación, participó del terror que debe sentirse cuando encima de la cabeza de uno sobrevuelan los aviones enemigos con su carga mortífera en el interior de la bodega. Se acostumbró, en suma, a una manera de vivir inimaginable para todos aquellos que no hemos conocido personalmente ninguno de esos horrores.
Pero el resultado de la guerra empezaba a ser adverso y, de una manera caótica e inconexa, el ejército republicano comenzó a retroceder y a desmembrarse en mil pedazos. Mi padre atravesó la frontera francesa tras recorrer Mollerusa, Igualada, Manresa, y otras poblaciones de Cataluña, y estuvo durante un tiempo, junto a más de siete mil soldados españoles, en un campo francés de refugiados situado en Arles sur Tech. De allí se escaparía al poco tiempo para regresar nuevamente a España y refugiarse posteriormente en Ateca, gracias a la intervención de su hermano César, oficial del ejercito franquista, que pudo sacarlo de una manera bastante rocambolesca de un campo de prisioneros en Tarragona.
Durante todos estos años había perdido la relación con su familia. Sus padres debieron vivir un auténtico calvario, desconocedores durante más de tres años de noticias sobre su paradero y su estado de salud. Finalmente, ya en su pueblo, y tras una temporada en la que debió vivir con una cierta discreción ante el temor de cualquier delación o represalia por haber participado en el bando perdedor, comenzó a trabajar en una empresa de la ciudad y posteriormente en el Banco de Bilbao de Madrid en 1947.
Regresó a petición propia a la sucursal que el Banco tenía en Zaragoza y, antes de traerse a mi abuela a vivir con él, residió durante algo más de un año en la Pensión Zaragoza. Precisamente allí es donde iba a conocer a la que poco después sería mi madre, recién llegada de Andalucía con sus dos hermanos y sus padres.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (20) | Referencias (0)
amanda | 21-06-2006 21:52:46
pau | 21-06-2006 22:01:34
¡Mierda!. (Lo siento, amigo, pero esa es la única palabra que quiere acudir, todo el rato, a mi mente en blanco, conmocionada).
Me duelen las mandíbulas, tras media hora de apretar los dientes, mudo. Leo con emoción la semblanza que has escrito. Me decido a balbucear estas líneas. Como te decía Amanda, querido , tú ya lo sabes...
Otro día, otro, escribiré acerca de Gregorio López Raimundo (a quien tuve el honor de conocer hace muchos años, cuando yo militaba en el PCE). Están por rendirse los reconocimientos debidos a quienes como él, como tu padre, mantuvieron la llama encendida en tiempos tan oscuros. Y habrá que darse prisa (se nos están yendo). Memoria.
Un abrazo fuerte, hermano. Un largo, silencioso, conmovido, expresivo abrazo.
Ernesto | 22-06-2006 01:57:11
Fatima | 22-06-2006 03:19:15
Sin duda un gran hombre. No puedo decirte mucho más, querido Zucco. Es una penina que se nos vayan yendo poquito a poco estos pedacitos de historia viviente. Allá donde esté (seguro bien al lado de tu madre) un beso bien fuerte.
Ya sabes que aquí estoy, para lo que sea. Otro beso para ti. C.
Calamity | 22-06-2006 10:24:36
Lo siento mucho... Y lo digo de corazón. Ya sé que no me conoces y no te conozco... Pero siempre es triste que alguien te cuente que ha muerto su padre o su madre. Yo estoy pasando un mal momento familiar por una enfermedad de mi abuelo y supongo que es por eso que estoy más susceptible a todo y en especial al dolor... Espero que te lleves las cosas más positivas y bonitas de tu padre y que lo recuerdes con cariño, guarda como un tesoro todos los valores que te enseñó y también los consejos... Un fuerte abrazo.
Comella | 22-06-2006 15:41:24
Mi más sentido pésame, Roberto, los yayos se nos han de ir, es ley de vida, lo que nos queda es recordarlos, y tu lo haces de una manera fantástica, lo tendré en cuenta cuando me llegue el momento, si por ley de vida, ellos se van antes que yo.
Besos y abrazos.
reina | 22-06-2006 20:45:53
¿Cómo no quererte? Cuidate mucho, muchísimo.
Sabes que estoy aquí, ahí en tu corazón, siempre.
Millones de besos.
Iris | 22-06-2006 21:44:32
maray | 23-06-2006 17:13:50
Hoy toca darte el pésame otra vez en tan poco tiempo, produce mucha ternura verte contar su historia que es la de muchos españoles de bien que tuvieron que sufrir y sin embargo no se dejaron abatir por los acontecimientos.
Un saludo muy cordial
Chusbg | 23-06-2006 22:22:54
Me ha emocionado especialmente leer la semblanza de su padre y ver la foto de su despacho. También mi padre militó en el ejército de la República y estuvo retenido en Francia, hasta lograr su liberación y regreso a su país de origen (Chile) en forma casi increíble.
Aunque fue con todos una persona distante, el ejemplo de su actuar me estimuló siempre a sobreponerme a los diversos problemas que encontré.
Gracias por sus escritos.
Con afecto
Laura | 24-06-2006 06:02:52
Mis condolencias. Soy un visitante esporádico y silencioso, pero fiel desde hace más de un año, de tu blog. Mi abuelo también perteneció a la UGT de la época de la guerra, y estuvo entre los fundadores del PSUC y en la batalla del Ebro. Quién sabe, quizás hasta conoció a tu padre, aunque su camino después de la contienda fue bien distinto, y para su desgracia no pudo disfrutar el fin de la dictadura porque el cáncer se lo llevó con apenas 60 años... pero esa es una historia que no toca hoy.
Repito: lo siento de veras. Ante este tipo de noticias, poco más que el silencio -o la página en blanco- es lo que cabe.
Un saludo afectuoso.
Ramón Soliva D. | 25-06-2006 21:25:44
Sólido ser humano fue tu padre. Oh, querido Roberto, ese 'fue' es desolador, lo sé...
Perdona mi carencia de palabras cálidas, el no poder explayarme: solamente estoy aquí, a tu lado, desde la lejanía.
Abrazo inmenso.
Vir& | 26-06-2006 08:09:28
Teno 53 años, como tú, mi vida es casi la tuya. Mi padre murió hace cuatro años por estas fechas. Sé lo que sientes.
Un abrazo
Chema | 26-06-2006 21:14:12
Amigo, tus palabras son su mayor homenaje. Recogen la vida de alguien honesto, que luchó por sus creencias y se ganó la vida honradamente. Y debió de hacer las cosas bastante bien, porque hoy podemos gozar de su hijo y de la calidad humana que destila. Relatos como el tuyo te reconcilian con la vida.
Un fuerte abrazo.
Te ha dejado un silencio como de isla
y un sabor de paz enjaulada,
pero en una orilla que no existe
esperarás siempre para oír
el latido
del corazón de un hombre verdadero.
rythmduel | 26-06-2006 21:30:58
linda. | 26-06-2006 21:35:29
Pienso en lo absurdamente jóvenes que eran cuando llegó la guerra, y sólo pienso:¡pobres criaturas, pobrecicos míos, qué miedo, qué espanto tuvieron que pasar! Y tengo la sensación de que todos fueron siempre, en el fondo, aquellos chiquillos que aguantaron el miedo, el hambre, la crueldad, el dolor, y no hay manera de que para mí sean viejos con un ciclo cumplido, porque les robaron tantos años que no les devolvió la vida...
Te llevaré mi abrazo solidario en cuanto pueda, maestro Z.
l'agüela | 26-06-2006 23:48:22
He leido un poco tarde tu blog.
El oceano virtual
arrasa sin permiso la antigua, lenta sombra del cariño.
un saludo, lo siento
juan re
juan re | 18-07-2006 10:43:46
Exagerada | 01-08-2006 13:39:40
Alex Lopez de Atxer | 12-11-2007 18:50:25
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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