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Roberto Zucco

Miércoles, 16 de agosto de 2006

Vacaciones (3)



-Comienzo este post en el tren que nos conduce a Barcelona. Tarde soleada, escucho a Sarah Vaugham por los auriculares del ordenador cantando versiones de canciones de los Beatles. Acabamos de comer en el AVE: nunca creo haberlo dicho, pero me encanta comer en trenes y aviones. Hay mucha gente que se queja de esa comida plastificada y de nave espacial. A mí me encanta comer y ver cosas y paisajes o nubes por la ventanilla, aunque más placentero fue cenar en ese vagón restaurante del tren hotel que hace unos días nos traía de Galicia en mitad de un paisaje devastado por los incendios. Vestigios de un mundo aristocrático y clasista que ya no existe y que nuevamente me recuerdan a los ambientes en los que Chejov sitúa a sus personajes emblemáticos. Isabel y yo cenamos solos ahí bien servidos por un camarero decimonónico.

-Sobre la marcha decido que nos apearemos en la estación de Francia y no en la de Sants, como hacemos habitualmente. En parte por verla después de la reforma a la que ha sido sometida, y en parte también porque en la de Sants, que también está de reformas, es cada vez más complicado coger un taxi en la puerta. Creo que en esta ocasión no veremos a nadie, por falta de tiempo principalmente, y porque el poco del que vamos a disponer lo debemos dedicar a diversos papeleos. Pronto comprobamos que esa decisión fue un error: ni había taxis en la puerta, ni la consigna pudo albergar nuestras maletas. Además, paradójicamente, nuestro hotel estaba al lado de la estación que desprecié tan absurdamente.

-Días en Barcelona. Gestiones burocráticas diversas. Juan nos conduce por diversos lugares que parece conocer como la palma de su mano. Nunca he hablado de Juan, pero realmente es un personaje que parece extraído de una novela picaresca. Juan fue campeón de motociclismo allá por la década de los setenta, y su vida ha dado muchas vueltas y demasiadas piruetas. Hace varios lustros se marchó a un país caribeño con su mujer y allí perdió todo, incluida su mujer, a cambio de una vida relajada y llena de placeres. Allí se casó unas seis veces, se gastó su fortuna y tuvo multitud de hijos de todos esos matrimonios. En la actualidad planea regresar nuevamente para casarse otra vez con una chica que ahora tiene diecisiete años. A sus sesenta años malvive ahora recogiendo desperdicios en la gran ciudad que él mismo recicla o vende a terceros. Nos lleva con gran destreza por las calles de Barcelona en su coche, sucio y destartalado, a una velocidad de piloto de carreras. Cuando llegamos a algún sitio y necesita aparcar ese montón de chatarra, abre el capó simulando una avería para que no se lo lleve la grúa.

-Y otra vez esta Barcelona llena de turistas en calzoncillos que últimamente me exaspera un poco. No he visto a ninguno de mis amigos a pesar de que había prometido llamarles. Isabel y yo comimos muy bien en un restaurante al lado del puerto y cenamos muy mal en el Restaurante Flor, cerca de la plaza Urquinaona, uno de los lugares que más me gustan de toda la ciudad. Verdaderamente la cena fue decepcionante desde el punto de vista gastronómico y cuando salimos caminamos por las calles mojadas puesto que había caído una auténtica tromba de agua en pocos minutos.

-Isabel se ha quedado alucinada con los edificios diseñados por Gaudí en el Paseo de Gracia y en particular con La Pedrera. Aunque ya los había visto en anteriores viajes ha sido en éste en el que verdaderamente ha reparado en la belleza insólita de esas formas curvilíneas y de ese peculiar colorido. Otro edificio nos impactó sobremanera a los dos: el de Jean Nouvel al lado del puerto, del que un taxista nos dijo que tenía ya más de diez motes, casi todos ellos derivados de su aspecto evidentemente fálico. Un atasco en las inmediaciones nos hizo comprobar desde una cercanía privilegiada sus efectos luminosos. Una maravilla.

-Escribo desde el tren de vuelta, mientras escucho al guitarrista de jazz Kenny Burrell. Isabel duerme a mi izquierda. Un tipo detrás de nosotros no cesa de pedirle a la azafata pequeñas botellas de whisky que están perfumando el ambiente de un olor bastante lamentable. Pienso en Andalucía, en mi primo Roberto, y en mi familia andaluza. Estaremos descansando apenas unas horas en Zaragoza y mañana muy temprano emprenderemos un largo viaje que nos dejará en las playas de Rota en donde estaremos seis días. Será emotivo verles después de la reciente muerte de mi madre. Siempre es emotivo reencontrarme con una parte de mi.

Por: Roberto Zucco | Como la vida misma. | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

No he podido darte la bienvenida, pero me alegro que en general la estancia en Barcelona haya sido agradable, a pesar de la burocracia.

Lo tuyo son vacaciones aprovechadas y lo demás tonterías, feliz reencuentro con los tuyos, siempre es agradable y especialmente emotivo en tu caso, como bien dices.

Un fuerte abrazo.

reina | 17-08-2006 11:15:17

Los puertos tiene cada uno, su belleza. Te he imaginado con tu bella compañera, contemplando las construcciones artísticas de Gaudí: la foto capta su espléndida vista.

De veras que es grato comer en los aviones y en los trenes. Lo que recuerdo de esos trayectos, comiendo, me encanta :)

Tan sólo el punto de los incendios es ensombrecedor, y que no lo pases por alto, expresa tu mirada, esa manera de interiorizar lo que ves...

Continúo tu travesía.

Rain | 21-08-2006 06:45:55

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