Domingo, 20 de agosto de 2006

En el hotel donde nos encontramos, entre Rota y Chipiona, hemos coincidido con JLM y su mujer Ana. JL es, además de médico y conocido escritor teatral, un hombre culto y agradable, que tiene una conversación interesante y sencilla. Con él he tenido a lo largo de los últimos años una cierta relación profesional y ha sido una auténtica casualidad encontrármelo por esta zona de España, que es, por cierto, la suya, aunque reside en Madrid. Según nos cuenta está preparando una adaptación de una obra de Tenesse Williams que se estrenará el año próximo, y que le ha sido encargada por un conocido productor madrileño. Los cuatro cenamos en un restaurante situado a las afueras de Chipiona que Ana ha seleccionado dejándose aconsejar por una de las guías turísticas que le sirven de orientación y de las que dice fiarse siempre. La velada termina siendo muy agradable y se prolonga hasta las tres de la mañana. Ana está relacionada con el mundo de la moda y ambos forman una pareja educada y divertida.
Ayer estuve con mi primo Roberto, su mujer, su hermano Rafa, su hijo Currito y a otros familiares andaluces. Hablé con mis tíos sevillanos por teléfono y, de alguna manera se me abrieron las heridas recientes. Mis tíos son de la edad de mi madre, es decir, una generación que en el caso de mi familia se va extinguiendo a chorros. Ojalá mis tíos vivan sanos y felices muchos años, por ellos mismos y por la felicidad de mis primos. Esa proximidad me reconforta, saber que estoy con gente de mi sangre que también quieren a los de su sangre. Pasamos el día en Sanlúcar de Barrameda. Comemos en la plaza deliciosos platos de marisco, de pulpo, de arroz marinero y paseamos después por el casco hasta la playa en donde se celebran las populares carreras de caballos. La tarde se fue pasando entre sonrisas y recuerdos, y el cansancio hizo mella en Isabel, que pasó una mala noche anterior. Nos retiramos al hotel bastante pronto, un poco cansados, y a mí me costó bastante dormirme pensando en los bruscos cambios de mi vida, en la alegría que ha representado volver a verlos. Mi querido primo me ha prometido acercarse a Zaragoza, pero yo no me lo creo...
Me dejé el cargador del ordenador en mi ciudad, y, a través de una empresa de transporte rápido, y desembolsando 72 euros del ala, he conseguido solucionar el asunto en apenas unas horas, gracias a la eficaz intervención de Janeth, la señora colombiana que nos hace la limpieza doméstica, y que es la única persona que puede entrar en mi casa. Desde entonces estoy conectado a internet, y compruebo que bitácoras ha vuelto a las andadas y no funciona en absoluto. Qué coñazo. A través de la red me entero de algunas cosas (como que el nuevo Real Zaragoza de Pablito Aimar ha empatado con la Roma y que los incendios forestales en Galicia siguen sin apagarse todavía). Sin embargo, la utilidad del cargador es básicamente la de permitirnos ver películas por la noche, algo que se ha convertido para nosotros en una agradable rutina diaria. Ayer vimos “La última tentación de Cristo”, de Martín Scorsese, inspirada en la novela de Nikos Kazantzakis, que todavía me interesó más que cuando se estrenó a finales de los ochenta. Harvey Keitel y Willem Dafoe y el resto de actores creo que están soberbios, y la película me parece un derroche de talento, precisión y elegancia.
Desde el balcón de nuestra habitación vemos el mar a lo lejos, y, en primer plano, un magnífico campo de golf, verde, cuidado, salpicado de palmeras. Un paisaje bello y relajante, en el que se me pierde la mirada y los pensamientos se expanden en libertad absoluta. Huele a sal y siempre hay un vientecito que impide que el calor sea excesivo. Por las noches el cielo permite ver las estrellas y apenas hay ruidos molestos. Isabel estudia y yo pienso en nosotros, en mi hijo y en su futuro, en mis muertos, en mi propia vida que discurre con una placidez inusitada. Nunca estuve así. Entiendo que haya familias que se pasen once meses anhelando que llegue este momento del año en que podrán organizar su tiempo y gastar su dinero en estar aquí, sin hacer nada, en una especie de mundo irreal. Yo en apenas tres días regresaré al stress del trabajo, a levantarme temprano y, en definitiva, a la feliz rutina de todos los días. No me disgusta el panorama.
Eso es lo que me diferencia de los demás: cuando acaben estas vacaciones comenzarán otras que durarán todo el año.
Por: Roberto Zucco | Como la vida misma. | Comentarios (3) | Referencias (0)
Los momentos más placenteros están en las veladas. Cuando se prolongan y finalmente el sueño llega. O a veces dan ganas de seguir conversando y conversando: son instantes de puro disfrute, aún si se debate algo, porque entre amigos amigos, la aviesa intención está fuera de lugar.
Ver a los familiares: vaya, que son numerosos...queridos, muy queridos, se nota y me alegra saberlo.
El párrafo que cierra tu post me conmueve: está separado de la autocomplacencia. Es evidente, ya que se te conoce a lo largo de la lectura de tus posts y hay coherencia con lo que se sabe de ti. Al final, el bólido tiempo no te destroza.
Salutes invernales desde mi ciudad nocturna.
Rain | 21-08-2006 06:59:40
Y qué diferencia, Roberto, qué diferencia. Sanamente, te envidio (no conozco, gracias a Dios, el otro tipo de envidia, lo digo en voz alta y sin avergonzarme). Aquí el que ahora te escribe deberá de nuevo en pocos días ganarse las informáticas lentejas y sacar tiempo de donde no lo hay para atender a la familia, el blog, la lectura y el cuidado personal. Mientras el ánimo y la salud aguanten...
Un abrazo. En Andalucía siempre se te hacen sentir como en casa.
rythmduel | 21-08-2006 16:55:54
Zucco, la vida te sonríe. Si ello sirve para que de vez en cuando pueda leer las cosas que escribes tan bien, me alegro por tí y por mí.
Un abrazo
(Por cierto, mirando el listado de archivos que aparece a la derecha del blog, se puede comprobar que hay un descenso progesivo y lento en el número de entradas, desde feberero de 2005 hasta nuestros días)
Ambrose Chapel | 23-08-2006 13:33:51
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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