Viernes, 22 de septiembre de 2006

Marc Spitz
La vida siguió, también en el terreno de lo afectivo, en el cual yo iba haciendo progresos. Antes de la segunda aparición en mi vida de María Angeles -esta vez para quedarse-, entre Mayo y Junio de 1971, viví una corta relación con una chica llamada Irene E., alumna del Sagrado Corazón, el colegio contiguo al mío. Fue realmente una pequeña historia de amor que apenas duró unas semanas.
Irene era morena y delgada, y de ella me gustaban su estilo, su elegancia, su fragilidad y una vivacidad en la mirada que era la prueba exterior más evidente de una inteligencia despierta y sensible.
Todo empezó en una declaración de amor en “Imperia”, en donde por unas razones o por otras me pasaba media vida. Delante de una reproducción de un famoso cuadro de Wateau, que presidía un lateral del piso superior de aquella cafetería tan querida, le dije que estaba “absolutamente enamorado” de ella. Siempre me ha gustado exagerar un poco y al declarar mis amores he solido emplear adjetivos que no dejaban lugar a dudas a mis interlocutoras.
“Te confesé mi cariño y bajaste la cara,
el rubor de tus mejillas me quemó el corazón”.
A partir de entonces se puede considerar que fuimos durante un tiempo un poco novios, aunque la verdad sea dicha, no recuerdo haberle dado ni un solo beso o haber andado por las calles cogidos de la mano. En fin…, a las pocas semanas, Irene me dijo que le parecía “que no me quería lo suficiente…” , lo cual contrastaba con mi desmesurado afecto y mis ganas de agarrarle por la cintura. Por tanto, nuestra corta, aunque tierna y emotiva historia de amor, fue en realidad un paréntesis entre la poesía anterior y otra, de lejana inspiración lorquiana, que empezaba así:
“Como nació nuestro amor,
así se marchó en primavera…”
En cualquier caso, y como ha sido la tónica en mis relaciones con muchas mujeres, el recuerdo y la simpatía se han mantenido a lo largo de los años. Incluso en algún caso, con el paso del tiempo, nuestra relación fue mejorando, una vez que las supuestas obligaciones amorosas cedieron ante una más desahogada y libre relación amistosa.
Y, por fin, reapareció María Angeles, aquella maravillosa chica rubita que tiempo atrás me había fascinado cuando recorríamos el “maricódromo” una y otra vez y nos saludábamos con una cierta timidez. Al cabo de los años regresaba flamantemente morena, es decir, que en realidad había sido “rubia de bote” y ya no se echaba tinte en el pelo o se lo había dejado de aclarar con agua oxigenada, un procedimiento que por aquellos años se utilizaba mucho. Nos habíamos seguido viendo con una cierta regularidad, ya que vivíamos a escasos veinte metros en la misma calle y, aunque ya no sentía por ella el mismo arrebato de los primeros acercamientos, lo cierto es que seguía siendo un chica guapa, simpática y apetecible.
Las cosas son así. Tal vez para olvidar el desengaño amoroso de Irene, o simplemente por ese cansancio que produce a veces la soledad, viendo además como algunos de mis amigos paseaban a sus novias con una cierta petulancia por las calles, decidí enredarme en una relación que, a la postre, resultó ser una de las más largas de mi vida.
María Angeles y yo vivimos un verdadero noviazgo cuyo horizonte natural hubiera sido, sin duda, el matrimonio. Fuimos “novios formales”, es decir, de los que se presentan a los padres, de los que todo el mundo comienza a asociar de una manera mecánica y un poco abrumadora, al menos para mí. Nuestras costumbres se convirtieron pronto en rutinarias: nos veíamos a la salida de su colegio diariamente y los fines de semana solíamos pasarlos hablando de cosas de novios, con las manos entrelazadas y todo eso, en cafeterías burguesas en donde otras parejas de novios hacían cosas más o menos similares. En el verano, cuando yo me iba a Torredembarra con mis padres, nos escribíamos cartas en las que nos decíamos lo mucho que nos echábamos de menos, lo cual era cierto en parte, y lo maravillosa que sería nuestra vida el día –¡ay!- en que pudiéramos vivir juntos definitivamente. Todo muy convencional, previsible y –ya entonces me lo parecía- un poco aburrido.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (3) | Referencias (0)
Querido amigo, si perserveras por este camino, acabarás íntima y indefinidamente instalado en la vecindad de nuestros corazones. ¿Estás escribiendo el principio de tus memorias?
Un enorme, sentido abrazo.
rythmduel | 22-09-2006 18:11:11
como cambian las coyunturas mientras se mantienen los sentimientos. Esto lo podría haber escrito una persona de cualquier edad, de cualquier generación, de cualquier rincón del mundo....
besos zucco.
linda | 23-09-2006 14:39:44
Ah, yo y la malicia: así que usted exageraba con sus musas, al declararles su amor :)
bien, parece que a musas, aún no llegaban, en tu imaginario, mi querido Roberto.
Lo que sí, no es aburrido, es leer cada post tuyo.
Bueno, me animo y sigo leyendo.
Rain | 24-09-2006 20:54:14
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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