Domingo, 24 de septiembre de 2006

Crónicas de un pueblo
El día 21 de Diciembre de 1971 se me comunicó, a través de una carta firmada por Don José J.A., que había sido admitido para cursar Primer Curso en la Escuela de Arte Dramático de Zaragoza.
Para entrar, había tenido que superar unas pruebas de las que me acuerdo relativamente. Una tarde nos citaron a todos los aspirantes y nos dividieron en grupos. Posteriormente nos hicieron leer por orden alfabético el fragmento de un libro. Nos preguntaron, por último, que cuál era nuestro interés artístico fundamental. Cuando yo le manifesté al responsable de la institución en persona que me interesaba de manera especial ser director de escena, él me corrigió muy serio y convencido de mi error de apreciación: yo iba inevitablemente para actor. Era la segunda vez que leer correctamente me abría aparentemente las puertas de algo.
Haber intentado entrar en ese lugar era la consecuencia lógica de esa creciente afición por el teatro que seguía manifestándose en la asistencia a la mayoría de las representaciones del Teatro Principal y, por supuesto, a las experiencias vividas con mis compañeros de la compañía de aficionados. Dio la casualidad que el Ayuntamiento de Zaragoza decidió abrir una pequeña Escuela, destinando para ello un exiguo presupuesto y unas instalaciones que abarcaban apenas dos salones del piso superior del Teatro Principal, hasta donde se ascendía por una escalera cuya entrada estaba situada en la fachada posterior del edificio, justo donde ahora se puede leer en un rótulo “entrada de artistas”.
Todo allí era pintoresco: la falta real de espacio, el tipo tan heterogéneo de personas que conseguimos superar aquellas pruebas, y, de manera especial, el pintoresco profesorado que J. J. A. había podido reclutar para poner en marcha su iniciativa. Además, todo ese conjunto de anacronismos estaba presidido por un inconfundible aroma franquista, que provenía, no sólo de la ideología personal de este hombre -y supongo que de sus acompañantes-, sino de la pistola que las malas lenguas aseguraban que llevaba en la cintura la mayor parte de los días.
Más tarde supe que J. J. A. era una especie de erudito local, vinculado a un grupo de amantes del arte escénico que se reunían de vez en cuando y formaban una especie de grupo de opinión en Zaragoza con el que lograron cierto reconocimiento público, incluso a nivel nacional. Escribió varios libros sobre aspectos teóricos e históricos del teatro, vinculándolo la mayor parte de las veces a fenómenos religiosos, y sus admiradores, entre los que destacaron algunos de sus alumnos, estuvieron siempre convencidos de su sabiduría. A mí no me dio tiempo para comprobarlo, aunque la vida caprichosamente iba cruzar nuestros caminos unos años más tarde.
La asignatura de Interpretación nos la impartía un perfecto inútil cuyos conocimientos eran algo menos que rudimentarios. De la de Voz se ocupaba Doña L. LL., una mujer que escribía en el periódico y que nos enseñaba a “declamar” en un estilo que ya por aquel entonces me parecía engolado, inaplicable a la escena y artificial. Y, por último, J. J. A. nos adentraba en los misterios insondables de la teoría teatral. Ese conjunto escasamente estimulante de profesores se complementaba con un alumnado compuesto por niños supuestamente geniales, ancianos de incomprobables trayectorias teatrales y muchísima afición, y, sobre todo, muchas señoritas desocupadas que habían depositado en la actividad escénica la esperanza de no aburrirse demasiado en la vida.
Pronto comprendí que el único interés que aquella escuela tenía era precisamente el de las señoritas desocupadas.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (4) | Referencias (0)
Se comprende, en tu lugar a mí me hubieran interesado los señoritos desocupados. A esa edad y con las ilusiones elásticas, ni hablar :)
Qué personajes tan propios de un cómic, como los de Carlos Giménez en "Paracuellos", sólo que en el ámbito del teatro y sin las terriríficas
intervenciones de los profesores. Todo, expresión del fascismo, de por sí tan rancio´, en esa época franquista.
Todo tiempo tiene sus intersticios, cierto encanto, eh. El que viviste, llega a nosotros nítidamente y dan ganas de adentrarse en el de uno...
Abraxo
uno, dos vía vientos de la blogósfera, mi querido Roberto Zucco.
Rain | 24-09-2006 21:12:36
Sigue, admirado amigo, no pares... Estoy imprimiendo los post de esta serie y me los llevo para leer de camino al trabajo o de regreso a casa. Una lectura relajada, emocionante.
rythmduel | 25-09-2006 21:20:29
Días y días y días sin tener acceso a tu blog me han dado la oportunidad, ¡qué suerte! de leer esta serie sin interrupciones.
Como rythmduel, creo que voy a imprimirla. Así, cuando la máquina no me permita el acceso, podré seguir leyendo. Cuando quiera. Pasar por aquí se está convirtiendo en algo muy complicado.
Tú sigue, mi Zucco, que yo continúo intentándolo.
Un beso.
amanda | 25-09-2006 23:29:07
Mi querido amigo...
No he tenido tiempo de leeer, pero lo haré en estos días. Te mando un fuerte abrazo y todo mi cariño. Gracias por cada visita tuya al blog, que me alegra el corazón.
Un beso tu amiga
Con Sal en los Labios | 27-09-2006 03:33:14
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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