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Roberto Zucco

Jueves, 28 de septiembre de 2006

Mi patria es mi infancia (4) La Universidad


Verano azul



Así las cosas, duré poco como alumno en aquella Escuela a donde, paradójicamente iba a regresar años más tarde como profesor. Y, en mi corta trayectoria escolar, recuerdo precisamente con especial claridad el último día.

Yo solía compartir uno de los últimos bancos verdes con un tipo de mediana edad que me confesó que asistía a clases de teatro para al menos no beber durante tres horas al día… El teatro era una terapia que alejaba a aquel pobre hombre, padre de varios hijos, de la botella de cognac y del vaso de tinto. El profesor de Interpretación nos había pedido, como primer ejercicio de curso, que preparáramos lo que él llamaba una “improvisación” y que venía a consistir en que cada cual hiciera durante un rato lo que le diese la gana.

Todos los compañeros fueron pasando por riguroso orden hasta que quedamos aquel pobre alcohólico y yo. Antes de salir él al escenario me dijo algo así como: “prepárate que esto va a ser tremendo”. Y, efectivamente, fue tremendo…

Se puso delante de todos nosotros y, con una aplomo digno de los más experimentados actores, vino a decir, más o menos, lo siguiente:

“Compañeros, este es mi último día entre vosotros. He tomado la decisión de marcharme de esta Escuela en donde nada estoy aprendiendo y que ha frustrado por completo mis expectativas. Pero antes de irme quiero dirigirme especialmente al profesor de esta asignatura…”.

Supongo que en ese momento por aquel pobre diablo encorbatado debió cruzar un rayo de fuego que le atravesaría sus vísceras.

Mi compañero siguió hablando imperturbable:

“De entre todas las lamentables clases que recibimos, la peor es la suya. Usted no conoce el teatro, y, por tanto, ignora las técnicas para enseñarlo correctamente. Por eso, especialmente por su culpa, me voy de aquí ahora mismo”.

Y dicho esto, mi compañero de la retaguardia abrió su cartera y sacó un papel blanco de la misma. A todas luces era el carnet que lo acreditaba como alumno y que nos habían entregado al poco de matricularnos. Mostrándolo de manera ostensible, lo rompió en mil pedazos, y, mirándonos con una tristeza infinita, hizo un gesto de despedida y se marchó por la puerta con una lentitud teatral francamente estudiada. Estaba muy sobrio para la ocasión, de eso no había ninguna duda.

Silencio. Pausa tensa, como se dice en algunos dramones…

A los pocos segundos hubo varias compañeras que siguieron sus pasos en esa actitud solidaria, hermosa y un poco estúpida, que tantas veces se despierta entre los alumnos. Pero casi no pudieron llegar a la puerta porque ese pobre hombre volvió a entrar mostrando ahora una abierta sonrisa y enarbolando victoriosamente el verdadero carnet. Todo había sido una broma, o lo que es lo mismo, una magnífica representación teatral. El aplauso duró unos minutos.

Al día siguiente no volví ya a aquella Escuela. Allí se quedaron las señoritas desocupadas, el director con pistola, el profesor de interpretación con corbata, y mi amigo el alcohólico con una sonrisa burlona entre los labios.

Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (4) | Referencias (0)

Comentarios

jejje me pregunto qué cara habrán puesto las compañeras solidarias. Uff, qué dolor.
Por cierto, también me pregunto por qué al entrar en tu página me sale un índice con las diferentes entradas y no la última entrada, como es lógico.
Un besazo

Lau | 28-09-2006 17:40:24

Magistral: un aficionado puede convertirse en un gran actor y guardar esos momentos como un notable suceso de su vida.
Y un escritor lo cuenta para suerte nuestra.

Gran salute.

Rain | 29-09-2006 19:20:37

He disfrutado mucho leyendo estos últimos post.
No sé como actuarás, pero si sé cómo escribes.
Un saludo

Olvido | 29-09-2006 22:19:59

Ya ocurre ya con los alcohólicos, cuando tienen un punto de lucidez son magistrales en lo suyo y en lo que no lo es.
¿Y las compañeras?
¿Vaya palo, no?

pau | 30-09-2006 22:09:28

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