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Roberto Zucco

Miércoles, 04 de octubre de 2006

República Dominicana

Escribo desde la República Dominicana. Llegué antes de ayer a lomos de un avión de Iberia, desnudo como los hijos de la mar… Metáforas aparte, lo que quiero decir es que en Madrid se debió quedar mi maleta, llena de ropa y de regalos para la familia de Isabel. Una verdadera putada, la cuarta vez que esto me ha ocurrido. De las anteriores solo una vez pude recuperar mis enseres.




Llegar a un sitio hundido en el despojo es una sensación curiosa. No tienes nada, excepto lo que llevas puesto, con lo cual los únicos pantalones que llevas no pueden mancharse con el caldo de unas gambas a la plancha. Valoras lo que tienes encima. Esta circunstancia te devuelve al mundo de la fragilidad al que pertenecemos sin reconocerlo jamás.

Los señores de Iberia ya sabían esta penosa circunstancia puesto que éramos más de cien personas las víctimas del despiste y podían haber previsto soluciones de emergencia, algo, yo que sé. Son embargo, tres pobres dominicanos atendieron nuestras reclamaciones y el trámite fue penoso, largo y extremadamente molesto. Como siempre me pasa, me puse en la fila equivocada y estuve más de una hora de pie hasta que una chica muy simpática y profundamente abrumada me tomó los datos y me dio un papel que me acredita como víctima de la cosa. Hoy he llamado y parece ser que la maleta aparecerá mañana en el hotel donde me alojo. No me lo creo demasiado.

No había estado jamás en este país. Isabel me ha contado muchas cosas, y vivir con ella es toda una enciclopedia para desenvolverse aquí. Sus ojos me han ido guiando en la distancia estas primeras cuarenta y ocho horas, a modo de manual de supervivencia. Y, aunque no quisiera caer en los topicazos al uso, debo confesar que “esto es otro mundo”, pero añado: para bien y para mal.

Para bien: la playa es el paraíso terrenal, mejorando el sofá de mi casa, que tampoco está nada mal. La playa del pueblo en donde estoy es la viva imagen de esa postal que todos llevamos dentro: aguas cristalinas, palmeras, cocoteros y arena suave a lo largo de kilómetros y kilómetros. Calor sofocante al que te acostumbras, sin embargo, muy pronto. Sudas mucho, pero bebes mucho también, en mi caso litros de la emblemática cerveza "Presidente", que es la que todo el mundo bebe en botellas que me recuerdan las de gaseosa “La Casera” de mis tiempos juveniles. Gente amable, y precios de risa.

Para mal: el país no funciona y a nadie parece importarle esta circunstancia. Comprar una aspirina puede ser tan complicado como hacer un puente sobre un río de aguas turbulentas. La sociedad civil está desestructurada para algunas cosas y cojonudamente estructurada para otras: especialmente para sustituir mal al estado en las cosas importantes. El estado como que se inhibe, como que le importa un huevo todo. Es mejor conocer al guardia urbano que al alcalde. El segundo se detendrá en disquisiciones políticas y no te arreglará nada, en una espiral de retórica y de impostura intelectual que supera con creces a las de nuestros representantes en España. El primero te quitará la multa, previo pago de unos chelitos, y punto.

La sociedad, como digo, pasa del estado y se dedica a vivir con lo que tiene. Casi nadie tiene algo, y pocos tienen todo. Eso sí: muchas motos, mucho ron, mucha bachata y muchas niñas de trece años haciendo de putas por las calles. La vieja Europa está representada aquí por unos carcamales enriquecidos, que han decidido sacar a esas niñas de las calles para llevárselas a vivir a Alemania o quedarse a vivir con ellas. Me he acordado mucho de una frase de Stendhal: “la prostitución legal del matrimonio...”

Estoy en un hotel increíble. Las habitaciones son maravillosas cabañas que rodean una piscina en la que ya me he bañado un par de veces. Uno de los dueños es de San Sebastián, y parece que se alegró mucho de que un señor de Zaragoza apareciera por aquí bromeando sobre lo mal que va en la liga la Real Sociedad. No sé porqué, puesto que en la habitación han cambiado las banderas de España por una especie de ikurriña rara, mientras que las banderas de Alemania, Francia e Italia son las que son para anunciar que las mujeres no tiren compresas al water. A mí estas cosas me importan poco, pero me siguen llamando la atención.

Antes de llegar aquí pasé una noche en un hotel de la capital, al que volveré pasado mañana si todo va bien. Allí me compré ropa, un cepillo de dientes y un peine. De esta sobreviviré. Creo.

Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (4) | Referencias (0)

Comentarios

Lo mejor, no salir del hotel. También lo más triste.

Un abrazo compadre. Pásalo bien.

Ambrose Chapel | 04-10-2006 08:38:09

mmmhhh.......
lo de las maletas suele suceder, una verdadera lata. Pero el paseo es genial... yo también vengo llegando y me quiero devolver...
un besote

elisa de cremona | 06-10-2006 00:20:12

Me sabe mal pero no sé si sabes que en Santo Domingo, en algunos barrios los desagües se atascan por la cantidad de fetos que hay.
Yo conzco este Santo Domingo con su miseria y su encanto "humano"
Un abrazo.

pau | 06-10-2006 21:57:10

¡Sobrevivirás, claro que sí! A estas y a las que se pudieran presentar. Abrazos!!!

maty | 08-10-2006 22:49:53

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