Domingo, 08 de octubre de 2006

Paso mis últimas horas en Santo Domingo antes de partir hacia España en un vuelo de Iberia. Estoy alojado en el Hotel Meliá, que es enorme y un poco anticuado. A las habitaciones se les nota el paso del tiempo, y a las paredes les hace falta esa mano de pintura a la que se refiere Serrat en una canción fabulosa. Contrato al taxista que la casualidad ha vuelto a poner a mi servicio. Fue el que el lamentable primer día en que llegué sin nada me acompañó a un centro comercial para comprar ropa y cosas de supervivencia. Ahora estaba en la fila de taxis del hotel esperando ser llamado por uno de los negrazos que el hotel tiene para estos menesteres en la gran puerta que da al mar. Le pido que me de una vuelta por la zona colonial mientras yo hago fotos y videos. Le parece estupendo y pone su cacharro de gasoil a funcionar. Este cacharro estuvo a punto de hacerme perder la avioneta que me llevó a Las Terrenas, y cualquier paseo en él tiene un punto de aventura imprevisible, no exenta de ciertos riesgos.
Bajamos por el malecón y hacemos paradas en los lugares donde la panorámica es estupenda. Suena el móvil varias veces. Una de ellas es Isabel, emocionada por esta especie de jugada del destino que me tiene a mí aquí y a ella allí, exactamente de manera contraria a como siempre la habíamos imaginado juntos. Le cuento lo que veo, las olas rompiendo contra las rocas, el cielo azul intenso, el horizonte lejano y sugerente, y me imagino una de esas lágrimas que parecen despeñarse como un riachuelo que conoce la dirección precisa y camina a una velocidad calculada por los ángulos de esa cara luminosa en su oscuridad que tanto me gusta. Ay, amor, tu país es un lío...
Llegamos a la zona colonial. Es una maravilla y el taxista me espera en un sitio pactado mientras yo paseo, deteniéndome en algunos edificios bellísimos, fotografiándolos o resguardándome bajo la sombra de los árboles. Ahí están la bellísima catedral de Santa María de la Encarnación, la estatua de Fray Antón de Montesinos, los museos, y especialmente el Alcázar de Colón, construido entre 1510 y 1514, de estilo gótico mudéjar, en el centro de una explanada inmensa en done caía un sol de justicia. Todos estos edificios siguen siendo testigos de piedra de un pasado en donde España tuvo un protagonismo indiscutible, no exento de luces y de sombras. Aquí empezó algo que todavía está muy vigente. Resulta que el taxista es un hombre razonablemente culto y me ha ido dando su opinión sobre el pasado y el presente de la ciudad y del país. No está de acuerdo, por ejemplo, con que el gobierno de este país esté invirtiendo enormes sumas de dinero en la construcción de un metro que va a enlazar de lado a lado la capital siendo que, en su opinión, hay otras prioridades descuidadas, como la sanidad o la educación.
Hace un intenso calor, un calor húmedo y penetrante que me ha hecho sudar y sudar desde el primer minuto. Me siento en un bar y pido una “Presidente” que está deliciosa, hago fotos y pienso en lo poco que me queda. Me quiero ir porque el viaje ha resultado infructuoso en buena parte. Tal vez no. Tal vez este viaje haya sido el principio del fin de los problemas que he venido a solucionar.
A lo largo de estos días he comido muy bien. Me encanta la cocina dominicana, de la que desconocía todo hasta que conocí a Isa. En casa de su familia su madre uno de estos días atrás me había preparado un magnífico sancocho, y en el hotel, sin duda, lo mejor era la comida, deliciosa y variada, muy bien cocinada. Así se lo hice saber al jefe de cocina que me lo agradeció con una franca sonrisa. Esta es, sin duda, la parte buena de este lado del mundo: la amabilidad, el agradecimiento sincero cuando descubren en ti precisamente eso: sinceridad.
Entro en el restaurante del Hotel Sofitel. Para empezar el edificio es auténticamente una maravilla. Se trata de una mansión colonial del siglo XVI al lado de los monumentos más importantes de la zona. Me ofrecen el interior refrigerado o una mesa en el patio repleto de mesas vacías y bellamente organizadas. Opto por la segunda posibilidad que me aporta la posibilidad de contemplar el trasiego de la calle. Elijo una ensalada de aguacates y un filete a la plancha de dorado, que están sencillamente deliciosos. En una mesa cercana comía un español que me saludó amablemente cuando se marchó anunciándome que se marchaba a Costa Rica para hacer unos negocios. Me quedé solo y, como yo no hago negocios, empecé a acordarme de las personas a las que quiero.
Cuando mi taxista me llevaba al hotel Meliá para recoger las maletas, el coche se estropeó definitivamente. Pobre hombre: no paraba de pedir agua en todos los bares por los que pasábamos para introducirla en las tripas de aquel montón de chatarra con ruedas y en todos le atendieron con diligencia. Finalmente otro compañero me llevó en un flamante coche recién comprado.
Lo nuevo y lo viejo, lo que funciona y lo que no: la República Dominicana.
Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (4) | Referencias (0)
Queridísimo Zucco, casi podría decirte por algunas cosas (no por todas gracias a Dios) que si no te leía el nombre del lugar te hubiese dicho que has venido a mi pequeña tierra, a mi país, rico en gente sencilla y amable, y pobre en alta tecnología, pero siempre, siempre lleno de cariño y sinceridad.
El otro día traté de dejarte un mensaje en tu antiguo post, porque esa foto que has publicado de la playa y las palmeras es absolutamente igual a un lugar de mi país, de hecho te voy a mandar la foto para que veas...
Espero que hayas disfrutado de manera maravillosa este paseo, y que sigas visitando el caribe, que es sin ahondar en cosas y casas, y todo lo último modelo, pero basándose en lo bello y tranquilo, lo mejor!!!
Un fuerte y gran abrazo amigo mío.
Con Sal en los Labios | 08-10-2006 22:11:38
¿Infructuoso? ¡A que no tanto! Encuentro cosas buenas -y varias eh?- dentro de todo. Sabrás verlas, no me queda la menor duda.
Un besito
maty | 08-10-2006 22:59:20
elisa de cremona | 10-10-2006 00:13:49
Querido Roberto,
en los dos primeros posts de tu viaje, he notado que casi rezumabas indignación, pero creo ver en éste último , y me alegra, que justo al final has logrado sentirte bien en ese "paraíso"(paraíso, a parte de cierta envidia es lo que me inspiran las fotos que nos regalas).Sé por comentarios de otra gente, no he tenido la suerte de descubrirlo por mi misma, que todo lo que dices es cierto y que uno no puede dejar de sentirse impotente ante ese tipo de situaciones. Pero como en todo, ya sabes que debes quedarte con lo bueno.
Un abrazo
Scarlett | 10-10-2006 15:48:43
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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