Viernes, 03 de noviembre de 2006

El inconsciente colectivo
Tuve un compañero en jesuitas empeñado en sacar relaciones entre las cosas. Era un pelmazo que nos amargaba los recreos porque cuando nos comprábamos, por ejemplo, unos enormes bocadillos de berberechos en la cantina del colegio, siempre los relacionaba con no recuerdo qué extrañas y poderosas causas de la supuesta tradición cultural de los países mediterráneos. Y así siempre. Esa es la razón por la que dejé de hablarle, primero, y de comer bocadillos de berberechos, después. Ese chico, muy leído y de apellido Mantecón, me dejó a los dieciséis añitos un libro del filósofo suizo Carl Jung del que, en resumen, puedo decir que no entendí nada en absoluto. Releí el libro años más tarde y seguí sin entender nada. Paralelamente a todo esto y durante toda mi tardoadolescencia, mi padre solía llamarme “inconsciente” con bastante frecuencia… “Eres un inconsciente, Roberto”, solía reprocharme durante la cena, más o menos a los postres y poco antes de ver “Un millón para el mejor” en televisión española. Un pensamiento me llevó al otro, hasta que un día del pasado mes de Agosto decidí contactar a través de la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de Zaragoza con el “inconsciente colectivo”, para saber si yo me parecía a él como entidad subjetiva, como parecía sugerir la recriminación paterna, o si se parecía más a la tuna de la Facultad de Veterinaria.
El “inconsciente colectivo” llegó sólo (primera sorpresa) y tarde, y me pareció intuir también que un poco borracho a pesar de que apenas eran las diez de la mañana. Es más: para centrar su atención tuve que invitarle a unas copas porque se había dejado la cartera en casa. No sé porqué pero farfulló que era de Pamplona y que corría los sanfermines en primera línea. Presentaba un aspecto sencillamente grotesco: rechoncho, moreno, pelo sucio y con boina, desarrapado, con la bragueta entreabierta y con un insoportable punto de arrogancia, seguramente inflado por el alcohol. Por lo que parece, llevaba toda la noche de farra, a pesar de que su edad la situé en torno a los cincuenta años. Durante nuestro encuentro resbaló dos veces de la silla, se tiró un cubalibre en el pantalón, y no dejó de piropear a las señoras de las mesas vecinas, circunstancia que nos ocasionó un serio altercado con el novio de una de ellas que le pegó una bofetada y estuvo a punto varias veces de partirnos la crisma a ambos. Cuando terminamos la conversación sentí un alivio inmenso, le vi cruzar la calle sin mirar, y pude apreciar a través de los grandes ventanales de la cafetería en donde nos citamos, que casi lo atropella un autobús urbano de la línea 33 porque seguía mirando a las señoras sin prestar atención a los vehículos.
-Cuántos cigarros se fuma usted entre polvo y polvo.
Ja, ja, ja… (A voz en grito) Con la rubia de al lado en casa no tendría tiempo de fumarme ninguno…Oye, rubia… ¿Cómo te llamas, mi vida? ¿Marilyn? ¿Qué me preguntaba, Zucco?
-Ultimo libro, último disco, última película.
No sé exactamente la razón pero no paro de leer los libros de Freud, que, sin embargo, me aburren soberanamente. Es como una maldición. Me los sé de memoria. Le puedo recitar capítulos enteros de “Totem y tabú” y de“La interpretación de los sueños”. A mí realmente el texto de Freud que más me interesa es su “Contribuciones para un debate sobre el onanismo”, de 1912, por razones obvias, ja, ja, ja... De cine, nada de nada, y de música me quedé en la yenka. ¿Se acuerda usted de la yenka? Rubia, ¿quieres bailar conmigo la yenka? (Dirigiéndose al novio de la rubia) A ti no te hablo, mamón. (En este momento la entrevista se detiene porque el novio se acerca, lo coge de la solapa, lo zarandea y me veo en la obligación de separarlos).
-Virtud y defecto que le definen.
¿Ha visto este imbécil? ¡Imbécil, que eres un imbécil! ¡Tú lo que no tienes es cojones, arquetipo de la mierda…! ¿Porqué no lees “Psicología y religión”, escrito en 1937, gilipollas, reconocerás a tu madre debajo de la barrera de los sueños y te enterarás de lo que vale un peine? (Este es el momento en que el joven regresa y le pega un tortazo que resuena en todo el establecimiento).
-¿Un pesimista es un optimista informado?
(Desde el suelo) ¿Ha visto, Zucco, como está la juventud? No saben soportar una broma (limpiándose la cara con el cubalibre).
-Lo que más le gusta de las mujeres.
Toooooodo. Y de esa rubia, también, menos el novio, claro. Ja, ja, ja… Guapa: ¿No sabes que una mujer poseída por el “animus” está siempre en peligro de perder su feminidad? ¡Ven para acá, rubiaza, que me están haciendo una entrevista para el periódico! ¿O para qué es esto, Zucco?
-Lo que más le gusta de los hombres.
Nada, quiero decir de hombres como este “primo de zumosol” de aquí al lado, que proyecta sus carencias afectivas en una pantalla que podríamos denominarla “de cosificación de la libido y estructuración de la coraza”, en la jerga nauseabunda de Wilhelm Reich. ¡Payaso, que eres un payaso! ¡Mamarracho, hijo de puta! (El novio hace un amago de acercarse otra vez, pero es detenido por la rubia y un camarero. Se monta un cirio de mil pares de cojones).
-¿Ha pensado alguna vez en el suicidio?
¡Vah…! Mientras el cuerpo aguante, no. Y de momento aguanta, qué narices. (Al camarero de la barra que está hablando con el encargado). ¡Chico, otro cubata, que este se me ha caído!. Suicidio, suicidio, no. A veces he pensado que un día me darán un par de hostias, pero eso no me da miedo. ¡Al revés: me da mucha marcha! De verdad, tío, el peligro me pone cachondo, te lo juro. (Se cae estrepitosamente de la silla).
-Su ideal de felicidad personal.
(Desde el suelo). Mandar el móvil a tomar por el culo. Así de claro. Porque el móvil es el síntoma y el paradigma de todas las neurosis que nos tienen jodido a ti y a mí. Lee “Sobre la energética del alma” y te quedarás acojonado. Hazme caso, mándalo a la mierda, pero ya.
-Su opinión sobre el siglo XX.
Un cachondeo, verdaderamente un cachondeo. (Levantándose mirando hacia la puerta y viendo que la rubia y el novio han desaparecido). ¡Me cago en la leche puta, que se me ha escapado la rubia! Pero mira, Zucco, esa morenita de la minifalda… (A voz en grito) ¡Chist, chist, te apetece un cubata, guapa! ¿Estudias o trabajas, chavalita?
Intento hacerle la última pregunta, pero en ese instante el camarero y el encargado se personan en nuestra mesa y amablemente le invitan a salir del local. El, completamente borracho, se cae de la silla por última vez. Vasos y ceniceros le acompañan con un ruido estrepitoso. Se levanta con bastante dificultad y le da un par de pases toreros al segundo que no parece darle demasiada importancia al asunto. El “inconsciente colectivo” se marcha bebiéndose el gin tonic de un señor calvo que está apoyado en la barra. Me saluda desde la puerta haciéndome el signo de la victoria. Cuando me quedo solo todo el mundo parece como si me estuviera haciendo un psicoanálisis.
Por: Roberto Zucco | Personajes que me inquietan | Comentarios (2) | Referencias (0)
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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