Viernes, 17 de noviembre de 2006

Ayer, mientras esperaba a Isabel en una cafetería, unos jovenzanos se divertían en la mesa de al lado probando las sintonías de sus teléfonos móviles. No eran peligrosos delincuentes ni parecían las últimas víctimas de un consumo de drogas duras o blandas, sino la imagen misma de la vaciedad, de la pérdida de tiempo. Mi ex portera diría que es mejor que los chicos dediquen su tiempo a perderlo que a drogarse, algo que no sé si suscribo al cien por cien. Estos, desde luego, lo llenaban de estúpidas conversaciones, de risitas absurdas, de… Supongo que hacían las mismas cosas que las que yo hacía a su edad, aunque fuera sin mvil, y seguramente también alguien en la mesa de al lado de “La Maravilla”, la cafetería a la que solíamos ir, les parecíamos tan estúpidos como estos últimos a mí me lo parecieron. Qué cosas.
Sin embargo, creo que esto de los teléfonos móviles se ha converido en el mejor exponente de un cierto “estado de la cuestión”. ¿Son realmente necesarios los téléfonos móviles? Pregunta con trampa, naturalmente. ¿Qué es, en el fondo, una necesidad? ¿Necesito yo tener libros y discos en mi casa? Gabriele D´Anunzzio venía a decir que los que nos distingue a los seres humanos es la necesidad de lo superfluo. Probablemente no necesito tener las obras completas de Shakespeare, si por necesidad entendemos actividades como comer o respirar, pongamos por caso, pero vivo mejor sabiendo que están, bien encuadernadas y esperándome, en la estantería del pasillo. Yo creo que el noventa por ciento de los que tienen un móvil podrían prescindir perfectamente de él. Estos chicos no parece que necesiten utilizarlo nada más que para quedar en esta misma cafetería a una hora determinada, precisamente para probar las sintonías de sus propios teléfonos móviles.
Es lo que yo haré, sin vacilar un instante, cuando se acabe mi actual periodo laboral y cambie de oficio, allá por Septiembre de 2008. Entonces lo tiraré ritualmente al río Ebro, en una noche en la que invitaré primero a cenar a mis mejores amigos. En esa cena les comunicaré que para localizarme deberán emplear cualquier método menos marcar el 620 90…
Los que me leen saben mi opinión sobre los coches: son armas mortales, instrumentos para suicidarse y matar a los demás. Además de eso también sirven para desplazarse por carreteras y calles contaminando todo a su paso. Siguiendo con el tema de las drogas: si hablamos de víctimas, más producen cualquier fin de semana los coches que estas sustancias. No hay más que mirar las necrológicas de los lunes para comprobar que las carreteras son más peligrosas que las jeringuillas.
No me cabe ninguna duda de que el señor que lo inventó tenía buenas intenciones: que los seres humanos tuviéramos más libertades, de desplazamiento especialmente. Al cabo de los años la libertad se ha convertido en esclavitud en todas las esferas. En la privada: todo por el coche: el crédito, el sueldo, incluso el trazado de las propias viviendas está realizada a partir del garaje, imprescindible ya y símbolo de poderío social. Una casa sin garaje es peor que una casa sin salón de estar o cocina. “¿Ah, pero no tiene garaje esta casa?” es la pregunta que de una forma recurrente escucha la persona que está intentando vender el piso en el que vivieron mis padres hasta hace unos meses y que yo me quiero quitar de encima cuanto antes.
Y esclavitud pública: ciudades trazadas para que el coche funcione y vaya deprisita y los peatones nos jodamos. Aquí ya pasa esto, pero siempre que voy a Estados Unidos la paradoja se acrecienta hasta el absurdo.
Lo mismo que los teléfonos. Yo no dudo de que Alexander Graham Bell fuera un buen tipo, pero ha conseguido que todos llevemos un cacharro sonoro en el bolsillo que nos ata, localiza y mortifica como las bolas de los presos que aparecían en los tebeos de mi infancia.
Hablando del Rey de Roma: Isabel, que está en la peluquería, me acaba de poner un SMS en el móvil diciéndome que está a punto de acabar y que dónde comemos. Siempre sale tan guapa como hambrienta... Tengo que terminar aquí un post malhumorado que no sé muy bien porqué lo he escrito en esta mañana en la que no paran de sonar los teléfonos al mi alrededor. Será por eso.
Por: Roberto Zucco | Como la vida misma. | Comentarios (7) | Referencias (0)
Yo estoy del móvil hasta las pelotas. Creo que es un gran invento que utilizamos fatal y que, al menos en mi caso, me conduce a extremos de mucha irritación. Ya van dos (desde 1994) etampados contra la pared. Pero es la llave de mi trabajo y me tengo que xoder.
Tengo un amigo, que después de tantos años, aun sigue sin él. Cree que es un lujo innecesario. Al contrario, el lujo es poder vivir sin él.
No se te ocurra tirar el móvil al Ebro, animal, que la batería contamina un pegote. ;-)
Ambrose Chapel | 17-11-2006 13:47:56
Yo no tengo movil. Pero me siento así como si fuera una especie en extincion. Aqui las cosas andan tan surrealistas que muchos hacen propaganda de moviles diciendo da posibilidad de salvacion de un secuestro gracias a el. Y lo peor es que es verdad! Que pais tenemos! Que tiempos! Imagino que daqui a unos miles de anos, cuando algun antropologo estudiar el hombre contemporaneo, va a descubrir en su tumulo un..movil! Como las cremas de Nefertiti!
maray | 17-11-2006 14:18:34
...como Mafalda sin televisor...o sea, un principio, un valor.
Quizás el "problema" es que siempre nos han dicho que los adultos han perdido su niño interior y el cinismo llegó en forma de juguete telefónico
salud
caravaggio | 17-11-2006 15:58:41
Pues ya ves. A mí el movil me ha dado una alegría hoy, con tu sms (que no he respondido, por cierto). Reconozco que lo uso mucho. Que estoy pendiente de llamar a mis hijos, de que me llamen. Igual en el momento en que los hijos son mayores, y ya viven fuera y eso, el móvil se hace más imprescindible.
Besos, Zucco.
albanta | 17-11-2006 16:55:31
Tienes toda la razón. Buscaré otro sitio. Aunque conservaré la parte ritual en el río, pero sin tirar nada. A lo mejor me tiro yo.
Roberto a Ambrose Chapel | 17-11-2006 18:04:08
Supongo que lo que debemos hacer es saber utilizar la tecnología y nuevos inventos para nuestro provecho, que no sea ella la que nos utilice.
Mi padre es uno de los lectores más grandes que he conocido jamás, curiosamente apenas posee libros, va a la biblioteca municipal o me los coge "prestados".
Un abrazo.
pau | 17-11-2006 23:02:46
En otros lares, se les llama "celulares" :)
Nos han sacado de apuros a mí niño y a mí, en situaciones cruciales, con ellos hemos precisado citas importantes, o hemos avisado que estamos en camino a un Torneo de Ajedrez. etc.
Y la voz de alguien lejano he oído, en medio de una calle, inesperadamente, a través del "móvil"...
Rain | 28-11-2006 06:34:22
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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