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Roberto Zucco

Martes, 05 de diciembre de 2006

Qatar (3)



Dormí toda la noche y gran parte de la mañana. Cuando abrí las cortinas de mi habitación y me asomé a la cristalera de cinco metros (ver lo que veo desde ella en la foto) puede apreciar que el cielo estaba encapotado y que el viento y la lluvia azotaban las palmeras que tengo justo delante. Aquí hay muy pocas tormentas al cabo del año, y ha sido precisamente hoy, el día de la gran ceremonia, cuando se ha puesto a llover a cántaros, poniendo en peligro la posibilidad del éxito internacional que las autoridades y todo el mundo persigue.

Pero no. Llovió a lo largo del día, hizo fresco, pero fuimos trasladados en un autobús hasta el estadio atravesando avenidas y carreteras secundarias. Antes de salir y viendo que la mayoría de los hombres llevaban corbata y yo no, me compré una preciosa, verde clarita, en una de las tiendas del propio hotel. La dependienta me ayudó gentilmente a hacerme el nudo, me puso un espejo delante, y estuvimos sonriéndonos cinco minutos ante la imposibilidad de entendernos en otro idioma.

Comenzó la ceremonia que ahora mismo veo en diferido por la televisión, y que me parece otra. Curiosa relación entre la realidad y la realidad televisada, mucho más cuando la primera está pensada desde el primer momento para convertirse en la segunda. Grande, mediática, con una parte artística bien trabada, un poco plomo, en donde se nos cuenta la historia de las civilizaciones y de la cultura asiática en particular. Momentos brillantes, y enorme utilización de efectos técnicos y de recursos humanos. Todo ya visto, naturalmente, fiel hija de un genero agotado e inagotable al mismo tiempo, a expensas siempre de los últimos adelantos de la técnica. Aquí la novedad principal es la conjunción entre lo que ocurre en directo y una inmensa pantalla que sirve de marco, de información, de cielo, de todo. En realidad la novedad es sólo el tamaño de esa pantalla.

Nada nuevo, como digo, y nada nuevo tampoco en la tediosa aparición de los atletas, abrumadoramente masculinos, país por país, con grandes aplausos para los representantes de los países amigos y vecinos, como Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes, y algún discreto abucheo o la indiferencia para los otros: Japón, China, Corea, etc. Cuando salen los atletas de Qatar las grandes pantallas presentan al Emir, un tipo gordo y con bigotazos, al lado de su señora que parece un clon de Leticia Ortiz, nuestra princesita. (Luego me entero que es mucho mayor) El Emir sonríe emocionado y pensando que después de esto nadie le puede discutir nada. Antes tampoco.



Al final viene lo mejor. Llega la antorcha, como siempre transportada por los mejores atletas de la tierra, y se la entregan a un jinete subido a su caballo. El animal, después una pausa sabiamente pensada y que acrecienta la expectación general, se entrega a una calculada carrera inicial en dirección hacia una de la tribunas. Y ante la sorpresa de las ochenta mil personas comienza a subir al trote por las escaleras que conducen al lugar más alto de todo el recinto superando momentos de gran dificultad, sobre todo en el último tramo. Pienso por un momento que esa dificultad es fingida, pero compruebo por la televisión ahora que no, que el caballo se cansa de subir por esas escaleras, y hasta está a punto de tropezar y caer. ¿Qué hubiera pasado? Al llegar a lo alto, de detrás del estadio emerge un gigantesco pebetero y la gran llama olímpica deslumbra finalmente a todos. Yo me sigo fijando en el caballo, que humildemente se retira y pierde por completo el protagonismo. En Barcelona fue al arquero y aquí el caballo quienes representaron lo más emocionante y probablemente la única imagen que recordaremos siempre de ambas ceremonias. Otra curiosa repetición: es el riesgo de que algo pueda salir mal de verdad, asociado a la vida real (humana o animal) la que convierte lo anodino en interesante y recordable. La frialdad tecnológica, sin apenas riesgos, que ha asegurado la totalidad de este espectáculo a pesar del viento y la lluvia que no han dejado de estar presentes, no puede competir con el azar y la contingencia. Cuando pienso en esto, no sé porqué exactamente, me alegro.

El atasco nos deja en el hotel casi dos horas después de terminado todo. Sus cinco restaurantes están cerrados, y por primera vez en mi vida me sirvo de la bandeja semivacía que otro cliente ha dejado abandonada a la puerta de una habitación cercana a la mía. El cabrón se ha puesto las botas. No queda mucho, pero lo que veo parece apetitoso e intacto. Me sabe bueno y lo acompaño con un par de cervezas de mi mueble bar.

Mañana me voy. Antes quieren llevarme a conocer el desierto. Iré resignadamente para no caer en brazos de la melancolía. Hoy hablé con Isa un cuarto de hora.



Por: Roberto Zucco | Ciudades de mi vida. | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

La alegría que te da esto de la cuestión de la contingencia y el azar, ambas con las que la frialdad tecnológica no puede competir... a mí me pasa lo mismito.

La melancolía ha hecho presa de tí, trabajo nada difícil con un alma como la tuya.

maty | 06-12-2006 05:51:56

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