Miércoles, 13 de diciembre de 2006
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El día que entré en aquel aula de la Facultad de Filosofía y Letras se me calló el mundo a los pies. Era una más del llamado Edificio Interfacultades de la Universidad de Zaragoza, y su estilo era absolutamente diferente al de las de la vetusta pero al fin y al cabo elegante Facultad de Derecho que acababa de abandonar. Enorme, destartalada, funcional y pintada de blanco, la bauticé como “la fábrica de harinas”.
Yo había tomado precauciones antes. Confieso que estaba francamente preocupado con mi futuro y estaba imbuido de una asfixiante presión conmigo mismo. Lo de abandonar Derecho lo interpretaba como un fracaso absoluto, y, entre pitos y flautas, consideraba que ya había perdido un par de años de mi vida si sumábamos el anterior el que me dedicaba a examinarme una y otra vez de aquellas malditas asignaturas de Preu. Lo que era seguro es que los que habían sido amigos y compañeros de colegio estaban empezando ya tercer curso y que yo, sin embargo, me disponía a empezar una nueva carrera universitaria. Estaba perdiendo puestos en la carrera ciclista de la vida y decidí tomar precauciones.
Uno de mis principales enemigos ha sido la dificultad que siempre he tenido para madrugar. Sigo teniéndola todavía, y estoy convencido de que ese factor ha marcado en alguna que otra ocasión mi propia existencia en aspectos laborales y personales de enorme importancia. Levantarme a golpe de despertador ha supuesto siempre uno de mis problemas más constantes.
Consciente de esa carencia, tenía que inventar necesariamente un sistema que me predispusiera y facilitara levantarme temprano con una motivación añadida para luego acudir a la nueva Facultad, y, de esta manera, no perder clases. Y la posible solución la encontré inscribiéndome en un gimnasio para recibir clases de karate. Tal vez esto sea una de las cosas más pintorescas que he hecho a lo largo de toda mi vida, y desde luego, puedo asegurar que el remedio funcionó bien al menos durante algunos meses.
Yo, ciertamente, no puedo considerarme como una persona que haya practicado demasiado deporte, a diferencia de mi propio padre. Sin embargo, creo haber tenido un cuerpo dotado de una notable flexibilidad y reflejos, que si hubiera sido entrenado de manera conveniente, me hubiera permitido ciertas posibilidades, incluso las que hubieran tenido un ámbito de expresión en el propio teatro. Siempre he sospechado que si hubiera nacido en Italia, por ejemplo, podría haberme especializado en encarnar el personaje de “Pantalone”, de la Comedia dell´arte, o que, si hubiera tenido más perseverancia, hubiera podido llegar a ser un buen jugador de tenis de mesa. (Aunque esto último sí que lo fui, en unos términos relativos).
El karate me atraía por dos razones. La primera porque podía ser una buena manera de asegurar mi propia integridad, lo cual desde luego no era ninguna bobada atendiendo a mi estatura y a mi falta de fortaleza física. Y la segunda, porque lo oriental, un poco en abstracto, tenía entonces para mí un cierto interés. De hecho ya me había comprado algún que otro libro divulgativo sobre el tema, y durante los veraneos en Torredembarra aprovechaba el tiempo para aporrear una columna de la terraza de nuestro pequeño apartamento familiar que había revestido previamente con un almohadilla de pajas y que tenía un nombre técnico que se me ha olvidado por completo, con la esperanza de endurecer mis nudillos.
Me matriculé en un gimnasio cerca de nuestra casa y me compré el correspondiente kimono. Todas las mañanas acudía con puntualidad a aquel lugar, me vestía ritualmente, y me adentraba en un mundo que desconocía por completo y que estaba constituido por una grandes dosis de competitividad masculina y un persistente olor a axila. Pero aguanté un tiempo. Justo hasta el día en que nuestro profesor decidió enfrenarnos en parejas. La persona que me tocó en suerte decidió no atender a mis deseos, y comenzó a propinarme una catarata de patadas y tortazos que sirvieron para hacerme cambiar inmediatamente de expectativas.
Aquí se acabó mi prometedora carrera de karateca.
Por: Roberto Zucco | Mi patria es mi infancia. | Comentarios (0) | Referencias (0)
Cuando era un niño soñaba tener una casa muy grande, llena de libros y de discos. Lo he conseguido. Como pronosticaba D´Annunzio, "he sido devorado por lo superfluo". Ya entonces me horripilaban los abusos del poder, e incluso el poder mismo.
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